jueves, 5 de julio de 2007

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6 horas de lectura Autor: José Gómez Muñoz. Temática: Cuentos. Género: Narrativa N° de páginas: 185 Tamaño: 15x21

Por eso tú, camina siempre por la vida muy atenta. La gran verdad y la dicha que el alma necesita, puede estar agazapada en cualquier pliegue del viento. En la limpia luz de la mañana, en el perfume de la verde hierba, en la tarde relajada, en la lluvia de una nube aislada, en los copos de nieve que desde las nubes descienden, en la sábana inmaculada que la noche extiende por los prados…


Índice:
1- Ella lo llamaba abuelo
2- Mi deseo
3/13- de junio: ¿Qué harás en el futuro con los
idiomas que estás estudiando?
4- Tarde del día trece de junio
5/14- de junio: ¡Lo siento!
6- Tarde del día catorce de junio
7/15- de junio: Estés donde estés escribe
siempre poesía y mira al cielo
8- Tarde del día quince de junio
9- Compartiendo con ella las primeras páginas del cuaderno
10/16- de junio: Me gusta tu rebeldía
11- Tarde del día dieciséis de junio
Las tres rosas
12- Frente al silencio sentado
13/17- de junio: ¿por qué me asusto?
14- Algunos de los recuerdos que de ti me quedan
15- Te marchas el día ocho de julio
16- Recuérdanos cuando estés en tu tierra
17- Por el Paseo del Darro y Plaza Nueva, contigo ausente
18/18- de junio: Todos queremos, de la vida y de los amigos, lo mejor
19- Ver con los ojos del corazón es importante
20/19 de junio: Aquí te cuento el por qué estoy triste desde aquella tarde
21- Tarde del martes: para ti todo mi respeto
22- Una carta de aquellos primeros días
23- Te regalo, mi paseo en solitario por calle Elvira, antes de que te vayas
24/20- de junio: de ti me quedan muchos recuerdos
25- Una reflexión por si te sirve para algo
26- Cada día espero una señal tuya
27/21- de junio: ¿Qué es lo que estos días piensas y sueñas?
28- Tu bicicleta, mi regalo, cuando te vayas
29/22- de junio: primer día de verano
30-Carta pidiendo perdón
31/23- junio: El color blanco es tu preferido
32/24- junio: Me han dicho que ya te has ido
33/25- de junio: Y creo que es cierto que te has ido
34/26- de junio: Todos estamos desamparado
35- Me voy quedando sin fuerzas
36/27- de junio: ¿Estará todavía ahí tu bicicleta?
37/28- de junio: Cuando tú te marchas otras chicas vuelven
38/29- de junio: Los cerezos que conoces
39/30- de junio: Lo esencial lo tenemos junto a nosotros
40/1- de julio: Espero un milagro
Junto al río de las cumbres de Sierra Nevada
41- Tarde del penúltimo domingo antes de tu marcha
42/2- de julio: como si no tuvieras rostros
aunque estés vestida de lino blanco
43/3- de julio: ¿Cómo será la despedida?
44/4- de julio: Otro de tus prometidos regalos
45/5- de julio: Te he visto esta noche en un sueño
46/6- de julio: ¿Me regalas por fin tu bicicleta?
47/7- de julio: ¿Es este el último de mis sueños?
48-Yo nunca te he hablado de Dios
49/8- de julio: Hoy ya es tu marcha
50- Al florecer los almendros

Ella lo llamaba abuelo

Se lo dijo el primer día que la conoció. Cuando la llevó de paseo por los paisajes de las montañas que guarda en su corazón. Recorrían el camino que sube por el río y ella le dijo:
- Tú me tratas como si fueras mi abuelo.
Y él hizo como si no le doliera.

Y, pasado el tiempo, unos días antes de que se marchara de Ñapas a su lejano país, una tarde ella le dijo:
- Cuando fui a mi casa en Navidad, mi novio Eduardo, me recibió en la estación del tren. Nos dimos un abrazo que duró más de media hora. La nieve caía y todo estaba solitario. Fue muy romántico aquel cuadro.
Y él dijo, aclarando antes que se trataba de una broma:
- Que voy a tener celos de tu novio.
Rio ella largamente y luego comentó:
- Si le digo yo a Eduardo que un abuelo como tú me ha dicho lo que he oído…

Ella lo llamaba abuelo y él, aunque le dolía, lo callaba. Tenía ella veintiún año y él sesenta. Había venido a Ñapas, desde a estudiar español. Y, cuando la conoció, solo le quedaban tres meses para regresar a su país. Él la trataba como a una hermana, hija, nieta…, personas que faltaban en su vida, y la abrigaba en su corazón. ¿Llegó a enamorarse de ella? ¿La necesitaba porque en ella encontraba la juventud que le faltaba? ¿La quería porque se encontraba aislado y le pesaba la soledad? Ni siquiera, a lo largo de tiempo que la trató, rozó sus manos. Ni siquiera la tocó en ningún momento. Ni siquiera compartió con ella una palabra que no fuera respeto, agradecimiento y admiración. Y, para no perderla del todo cuando por fin se fuera, veintiséis días antes de su marcha, escribió en su cuaderno lo que sigue a continuación.

1- Mi deseo
Amiga mía, preciosa,
por dentro y por fuera, guapa,
no me gusta a mi pensarlo,
pero sé que te marchas,
dentro de unos días,
de Ñapas.
Por eso me pregunto
cada mañana:
¿Por qué te vas de nosotros
si eres nuestra hermana,
nuestra princesa más bella,
nuestra reina?

Yo sé que no puedes
hacer nada
pero quiero que sepas
que del alma
contigo te llevas la vida
al irte de Ñapas.

Quédate tú conmigo,
amiga preciosa y guapa,
que en lo mejor del corazón
ya tienes una casa
que tú misma has llenado
de rosas blancas.

No te vayas, por favor,
de Ñapas,
no dejes solo al corazón
ni abandones en él tu casa
que será honda la tristeza
y la soledad en el alma.

¡Amiga hermosa,
no te vayas!


Cuando acaba de cumplirse dos meses del primer día, la primera vez que te vi, ya te marchas. Dos meses cortos y, ahora ya, te recuerdo con cariño y pienso en ti mucho. Casi en todas las horas del día y siempre me pregunto que quién eres y qué hay en ti que con tanta fuerza agarras.

Cuando acaba de cumplirse dos meses de aquel primer día me descubro sorprendido, cada mañana, contando las horas que faltan. Quedan solo veintiséis días para tu marcha. Te vas a tu país lejano. Al de las nieves blancas y horizontes repletos de sueños. Se te acaba el tiempo aquí en Ñapas y yo lo siento. Porque hace solo dos meses que te he conocido y ahora ya no quiero que te vayas. Me entristece pensar en tu pérdida y me entristece pensar en la soledad que por aquí vas a dejar. Y todo ha sido tan rápido que ni siquiera he tenido tiempo de pensarlo.

Por eso, todavía y en el poco tiempo que aun te queda, quiero escribirte estas letras. Para regalártelas antes de que te vayas y que puedas leerlas. Quiero que sepas y que no se te olvide nunca lo importante que fue para mí aquel primer día. Lo importante que para mí ha sido el haberte conocido y haber oído de ti todo lo que me has contado. Quiero darte las gracias por lo que, en estos dos meses, me has enseñado. Y por la belleza que, de tu corazón, me has regalado. Y, quiero dejarte por escrito, algunas preguntas y reflexiones que a veces me hago. Para que te sirvan en el futuro y para que a mí me quede el mejor recuerdo.

Y si, en algún momento sin pretenderlo, me sale algún consejo, sermón o frase más menos acertada o pesada, no lo tomes a mal. No lo pretendo. Porque nunca he sido partidario de estas cosas. Tú tampoco me los has pedido si no que, cuando lo has necesitado, has hablado y nada más. Como si pensaras que, los consejos, las bellas palabras, las frases hechas, no sirvieran para mucho. He aprendido de ti que la vida hay que vivirla, procurando ajustarse a la conciencia, al corazón y a la cabeza y, coger de los consejos, solo algo. Pero en fin, las personas somos así. En cuanto alguna casa no nos gusta en los demás o vemos que los hechos no son los que quisiéramos, ya estamos indicando, corrigiendo y modelando. Sin embargo, también como tú, pienso que hay que respetar, estar ahí, acompañar, no pedir nada, escuchar y dar siempre gracias. Siempre hay que dar infinitas gracias por todo.

Inmensas gracias es solo lo que tengo en mi corazón para ti. Me alimento cada día de ello y las lanzo al aire a todas horas para que suban al cielo. Por lo tanto y, antes de seguir, perdona lo que a partir de este momento diga. Puede que algo no te guste o no esté bien dicho. Y también puedo herirte. No es mi intención si no lo contrario. Pero voy a dejar hablar al corazón procurando que las palabras sean las correctas. Míralas con ojos limpios y, si encuentras en ellas algo que puede servirte, cógelo y no me juzgue nunca. No olvides que siempre quise darte lo mejor, que tuviste siempre mi mayor respeto y que, lo único que te pedí, es que me ayudaras a subir al cielo, a ser mejor. Es lo que también quise y deseo para ti.


3/13- de junio: ¿Qué harás en el futuro con los
idiomas que estás estudiando?

En estos días, los últimos de tu estancia en Ñapas y Danag, preparas también tu último examen. De italiano. Me decías ayer:
- Con lo que he aprendido, ya puedo ir a Italia y tener conversaciones básicas.
Aprendes los idiomas muy rápido. Te gusta conocer y hablar lenguas. Por eso, con el italiano, ya sabes cuatro. El ruso, tu lengua natal, el inglés, el español y ahora el italiano. Eres inteligente y luchas con energía para alcanzar lo que te gusta. Desde el primer día que te conocí siempre me he preguntado. ¿Qué harás, en el futuro y en tu vida, con tantos idiomas y cultura?

Sé bien que, en tu corazón, llevas un gran sueño. Y sé que este sueño debe encajar, en el futuro, con los estudios que ahora haces. Quieres ser traductora y quieres escribir libros. Las dos cosas son buenas. Sueñas con tener un sueldo con el que alimentarte y esperas escribir bellos libros para mejorar y ayudar a las personas y al mundo. Es bueno esto y es sincero. Y me gusta que luches por aquello que crees. Seguro que en el futuro consigues lo que ahora esperas. Pero a mí me gustaría verlo y me gustaría verte. ¿Sabes por qué? Primero, porque ya eres mi amiga. Y segundo, para comprobar hasta dónde y de qué modo logras realizar el sueño por el que luchas. Porque ¿sabes qué? En la vida, todos al final alcanzamos las metas por las que hemos combatido. Pero solo esto no es suficiente.

Y te digo esto porque, bien lo sabes, en la edad joven todas las personas tenemos bellos sueños en el corazón. Siempre aspiramos a lo más grande, a lo más bello, a lo más justo… Empujados por la necesidad de inmortalidad y felicidad que todos llevamos en el alma. Y en ti ahora arde este deseo. Por eso luchas y por eso entregas tu vida y libertad. Y esto es bueno.

Pero también sabes que, al llegar a la vejez, muchas personas nos sentimos fracasados, con las manos vacías, con las ruinas de nuestra vida junto a nosotros, con el corazón destrozado y sin haber conseguido realizar los sueños que nos urgían en la juventud. Tú sabes que esto nos sucede, con bastante frecuencia, a los humanos. Sin embargo ¿sabes qué pienso? Que ya es suficiente, en la vida y a tu edad, hacer lo que haces. Luchar, soñar, gastar el tiempo en conquistar aquello que ambicionas. Ya solo esto es gran cosa para una persona como tú. Que los resultados, al final de la vida, no debe ser lo verdaderamente importante.

Hazle caso siempre al corazón. Lucha por lo que sueñas y haz cada día lo mejor y ama mucho. Quizá no consigas lo que quieres, como a tantos nos pasa, y hasta puede que se te rompa mil veces el corazón. Pero hacer lo que haces tú es lo que importa. Ya es mucho afrontar la lucha de cada día y tener, en cada momento, una ilusión en el corazón.


4- Tarde del día trece de junio

Yo poco puedo hacer por ti. Y creo que también, dentro de nada, tendré poco para contar. Pero esta tarde, todavía estás cerca y, solo pensarlo, me anima. Como el que se anima esperando a alguien que ama aunque sepa que nunca llegará. Pero solo pensar que puede presentarse alimenta la ilusión. Porque, en el fondo, espero algo que creo nunca será real. Te lo explicaré más adelante. Porque, esta tarde y según me dijiste, preparas tu último examen, en este curso y en Ñapas. Y, a partir de mañana, ya te queda un día menos.

Y tengo en mi corazón como mucha urgencia. Como si intuyera que vas a morir dentro de pocos días y necesitara, antes de ese momento, hablarte y decirte lo que pienso y siento. Quizás porque, de estas palabras mías, depende tu existencia. Pero no. Tú estás contenta porque, dentro de pocos días, vuelves a tu país, con los tuyos, a tus tierras… Aunque guardas silencio en este crucial momento de la tarde. Como si no existieras. Y, sin embargo sé, porque me lo has dicho, que has pensado cambiar de carrera. El otro día te encontrabas triste y me comentaste que no te satisfacía la carrera que haces ahora. Me dijiste que eres filóloga. Te escuché y quise darte una opinión pero noté que en tu corazón hay razones que yo no comprendo. Solo unos días después me has dicho:
- Creo que voy a pasarme a la carrera de relaciones internacionales. Lo he meditado y me parece que es lo apropiado para lo que, en el futuro, sueño.

Y luego me dijiste que, en el futuro, piensas escribir libros. De esto ya hemos hablado y siempre te animo. A ti te inquieta mucho lo que ves en tu país y en su gente y por eso crees que, un día, estarás en disposición para escribir buenos libros. Para orientar a las personas y para que las cosas cambien algo. No te gusta el mundo que te ha tocado vivir ni te gustan las acciones de los que gobiernan tu país. Y yo, más de una vez te he dicho, que es muy interesante la inquietud que llevas dentro. Pero también tengo claro que no puedo hacer mucho para ayudarte a realizar tu sueño. Y menos podré sino me lo permites. Y ¿sabes lo que he llegado a pensar esta tarde? Que a lo mejor tienes planeado, al decidirme lo del cambio de carrera, volver a Ñapas el próximo año. Nada de esto me has dicho. Solo por mi cuenta lo he pensado. Y creo que sería una buena decisión, seguro muy interesante para ti.

¿Que por qué quisiera que no te fueras de Ñapas, al menos en unos años? No lo sé pero lo pienso y me gustaría que fuera así. Si te marchas, y será dentro de pocos días, creo que vas a morir para siempre aunque sigas viva en tu país blanco, con los tuyos y en tus tierras. Si te quedas, quizá sufras mucho y pierdas cosas pero será para ti una gran experiencia. ¿Qué decidirás? Puede que no lo sepas pero yo, esta tarde, sí sé que en poco más de veinte días te perderé. ¿Morirás al partir del momento en que te vayas? Te explicaré como más detalle este pensamiento. Porque ahora mismo, aunque sé que tu muerte no será física, sí mi corazón se llena de tristeza. Intuyo, adivino en ti algo muy grande que morirá irreversiblemente en cuanto te marches de Ñapas.


5/14 de junio: ¡Lo siento!


No quisiera que te enfades por lo que a continuación voy a decirte pero, desde aquel primer día he querido compartir contigo lo que, para mí, es muy importante: los verdes de las montañas, los azules del cielo, los cantos de los pájaros, las flores de los campos, los silencios de las cumbres y la sinfonía de las cascadas de los ríos que surcan estas montañas. Para que los conocieras y gustaras la belleza y los misterios de la verdad que más llena y salva. ¿Por qué no fuimos por estas montañas a sentir, contemplar y oír los latidos de la tierra?

Muchas veces, desde aquel primer día, también yo quise enseñarte un nuevo sendero. El que es importante entre todos y no conoces a fondo. ¿Sabes de qué te hablo? Del alma, del corazón, del cielo. Por eso, en ocasiones, te he dicho:
- Lo importante, por encima de todo, es ver las cosas siempre desde dentro. Escuchar los deseos del alma y hacer en todo momento lo bueno. Ninguna otra cosa tiene tanto valor en este suelo.
Y siempre me escuchabas con interés y en silencio y esto me gustaba. Enseñarte el camino del cielo, lo que lleva a la verdad, al amor, a la libertad, a lo excelso, a lo que será eternidad después de irnos de este suelo, ha sido y es mi gran deseo.

Sin embargo ¿qué es lo que ahora puedo decir? Que con hoy te queda un día menos entre nosotros, en Ñapas, en Danag y sin querer hago resumen. Y encuentro que sí he intentado darte lo mejor, lo más puro y bello pero, por tu parte ¿qué ha sido lo que has hecho? En tu país lejano, el extenso y casi siempre vestido de blanco, no tienes las montañas que por aquí he querido mostrarte. Aunque sí tienes bosques y ríos y flores y silencios. Sin embargo, yo he sabido que para ti y por aquí, hay mucho distinto y nuevo. Por eso deseaba mostrártelo. Para que lo conocieras y aprendieras caminos y misterios nuevos.

No quiero ni debo reprocharte nada. Has sido fiel a tus principios, siempre prudente, educada, inteligente, entregando tu ternura y respetando. Y yo nunca fui amante de reprochar a nadie nada. Sé que cada persona es un mundo, un centro del universo, obra perfecta y libre en el conjunto de la creación. Siempre he pensado que, lo inteligente, es dialogar y buscar la verdad, procurar que del corazón fluya la sinceridad. Pero tengo que decirte que, al irte ahora de Ñapas, no te llevas el corazón lleno. No, al menos, de aquello que a mí me habría gustado. Algo ha fallado. Y digo esto porque creo que sí has cogido pequeños trozos de muchas cosas y no has dejado que entre en tu alma un trozo grande de lo mejor. Quizá porque no he sabido hablarte con el lenguaje tuyo, el apropiado. Al fin y al cabo eres del otro lado del mundo, hablas varios idiomas, en ti hay mucha inteligencia y tu corazón es joven. Tu realidad es distinta a la mía y tienes otras experiencias. Quizá yo he sido torpe y te he mostrado las cosas a mi manera. Y tú necesitas verlas y entenderlas desde tu lado. Quizá algo de esto haya pasado.

Sin embargo, sé que el lenguaje del corazón no tiene fronteras. ¿Por qué aquí los dos hemos fallado? Ya que esta es la sensación que tengo a pocos días de tu marcha. Te pido perdón y te animo para que, en el futuro, corrija esto. Porque es una pena no aprovechar las cosas, la vida, las experiencias, en el mismo momento en que la vida nos las presenta. Todo existe en un instante, después desaparece y no vuelve nunca más. Y, lamentarse después de que haya pasado la oportunidad, no sirve de nada. Por eso te pido perdón. Creo que no he sabido mostrarte el camino que lleva a lo bueno, a lo bello, al verde de las montañas, los ríos que la surcan, a los colores del cielo… No he sabido mostrarte el camino que atraviesa el viento y lleva a la eternidad, a Dios. Lo siento. ¿Sabes tú qué ha sido lo que ha pasado?

6- Tarde del día catorce de junio

Hoy por la mañana has tenido tu examen de italiano. Y lo has aprobado. Según tú misma, estás contenta porque has respondido a todas las preguntas.
- Y ahora ya no me queda nada más que hacer en Ñapas. Solo el viernes próximo, pasar un pequeño examen oral, también de italiano y después cerrar las maletas y salir volando.

Como si estuvieras muy satisfecha y celebraras, al mismo nivel, las dos cosas. Los resultados de tus estudios universitarios y la marcha a tu tierra. Te marchas y ya no vuelves. Nunca más volverás a Ñapas.
- Terminaré mis estudios en mi país, haré la carrera de Relaciones Internacionales, me casaré con Eduardo, tendré hijos y escribiré los libros que te he dicho.
Esto es lo que hoy me has comentado.
- ¡Qué bien ser joven y tener en las manos los estudios y proyectos que tienes tú! Seguro que todo te saldrá como lo sueñas. Y, de ello, no puedo decir otra cosa sino que me alegro. Que espero que tengas suerte y toda tu vida se realice según deseas. Desde la distancia y las tierras que por aquí dejas, no puedo ni esperar ni hacer otra cosa por ti y tu proyecto.

Pero creo que imaginaré que en tu tierra y con los tuyos, todo te irá bien y serás feliz y, el amor que llevas en el corazón, dará sus frutos. Aunque también pienso que tu país, tu ciudad, tu pueblo, tu casa, quedan muy lejos de donde vivo y ahora te escribo. Tan lejos queda para mí y tú por allí tan pequeña y perdida que hasta me parece verte ya desvanecida en la distancia y en el tiempo. Como si no fueras nada. Como si no existieras, como si solo fueras un pensamiento que se volatiliza en el vacío y el viento.

Y así será y así creo que es, no solo para ti sino también para los millones de personas en esta tierra. Como si no fueran nada aunque ocupen un lugar y respiren el aire de este planeta. Por eso, esta tarde pienso, que es necesario el amor, la fe, la esperanza en Dios y creer en otra vida después de ésta. Para que, aunque te vayas a tres mil kilómetros y allí te escondas en el rincón más pequeño de la tierra, no desaparezcas nunca del Universo. Debes seguir, tienes que seguir existiendo aunque mis ojos nunca más te vean en este suelo. Y esto es el milagro más grande que todo lo que tú estudies y hagas a lo largo de la vida. El milagro del amor, elevado a la categoría de eternidad, más allá de donde Dios da forma a las estrellas. A ese lugar es a donde creo que ahora te vas y no de Ñapas a Tu país, tu tierra. Al menos yo necesito creerlo así para pensar que, aunque te marchas al otro lado del planeta, vives ya en la eternidad y es allí donde tienes instalada tu residencia.

Esta tarde, pensando en ti y meditando tu cercana marcha, necesito creer en la existencia de Dios. Para ponerte en Él y que te guarde con el mismo amor que yo lo hiciera, si pudiera. Porque necesito tener una cierta seguridad de que no vas a desaparecer nunca, nunca, nunca, aunque mueras en esta tierra. No puedes desaparecer, y lo digo tal como lo siento. Y solo en Dios es donde encuentro la seguridad para guardar y, que viva eterno, todo lo que eres y en ti llevas. Así que lo repito: tiene que existir Dios porque tú eres algo más, mucho más, que carne, polvo, materia.

Resbala la tarde
sobre el silencio
y besa el aire
mudo y quieto.
Aun todavía
no estás lejos
pero eres con la tarde
solo pensamiento.
Sin que lo sepas
por ti rezo
y miro a las nubes,
miro al cielo
y quiero irme y quedarme
y buscarte en la tarde
entre el silencio.
Se lleva la tarde
mi corazón viejo
cansado de amar,
hambriento de besos
y miro a las nubes,
oigo el silencio
y ahí estás,
lejanía y centro.


7/15 de junio: Estés donde estés escribe
siempre poesía y mira al cielo


Hoy, ya se abre el día y miro por mi ventana. Allá a lo lejos y al fondo veo las montañas que nunca recorrimos. Y, sobre ellas, las nubes cubren espesas. Hoy se abre el día lleno de densas nubes negras. Como si fuera un día cualquiera de invierno. No hace mucho frío ni tampoco viento pero sí parece que, en cualquier momento, puede empezar a llover. Como sucede en casi todos los días del año allá en tu país lejano. ¿Que si me gusta a mí la lluvia? Ahora te cuento.

Porque en este momento, cuando se abre el día cerrado en densas nubes negras, te imagino cerca. Todavía a dos pasos del corazón, del jardín de las rosas y en el centro del reino que ya tienes en Danag, Ñapas. ¿Duermes a estas horas tempranas de la mañana? Seguro que sí y por eso aun no sabes que el día de hoy parece invierno. Como si te acurrucaras en tu invisible nido de silencio, con las maletas ya preparadas, esperando el momento. ¿Has soñado esta noche con tu país blanco? ¿Con el amor de tu corazón? ¿Cuántas son las ganas que tienes de volver y verlos? Todo en tu corazón lo guardas, con el billete de avión en las manos y las maletas preparadas.

También hoy allí, en tu país y tierra, amanece un día parecido al de aquí. Cubierto de nubes negras, con algo más de frío, no sé si calmado el viento y todo suspendido. De alguna manera, por allí saben que regresas dentro de nada. ¿Lloverá hoy en tu tierra y lloverá hoy aquí en Danag? Me gustaría que lo hiciera. Porque, aunque nunca te lo he dicho, te lo digo ahora: yo soy amante de la lluvia, de la tierra mojada y del olor que la tierra, con la lluvia, exhala. Pero tú nunca me los has dicho. No sé si te gusta la lluvia. Tampoco sé si te gusta el olor de la tierra mojada cuando la lluvia cae. Me gustaría saberlo.

Porque la lluvia, cuando cae mansa, siempre la imagino como dulces besos que regalan vida. Para que la vida de la tierra no se extinga y para que en el alma se despierte la poesía. Sí, la poesía, los sentimientos, los sueños… Y a esto es a lo que quería llegar. A comentar y compartir contigo la poesía que en el corazón tienes dormida. Porque recuerdo que me dijiste un día:
- De pequeña y ahora ya de mayor, algunas veces escribo poesía.
Y te dije:
- ¡Qué hermoso! Y además sueñas en escribir bellos libros para liberar a los que, en tu país, sufren y a tu país mismo. Me gustaría que, algún día, me regalaras algunas de tus poesías.
- Es que las escribo todas en ruso. Y si las traduzco al español, no será lo mismo.
Y te pedí perdón. A veces, sin darme cuenta, me he olvidado que eres de otro país y que aun todavía no dominas bien el español.
- Mi corazón siente en ruso y mi mente sueña en la misma lengua. Hablo otros idiomas pero yo soy de mi tierra.
Es lo que también me has dicho muchas veces.

Claro que no será lo mismo, pensar en ruso y escribir en español. Pero lo importante es que te guste la poesía. Por eso hoy, mientras miro por mi ventana y observo como se levanta el día, todo cubierto de nubes negras, me digo: “Ojalá lloviera aunque fuera un poco y mansamente y sin viento. Para que se riegue la tierra y en el corazón se despierte la poesía. Mientras la recuerdo a ella, en su nido acurrucada y ya con las maletas hechas”.

Y sí que me gustaría que lloviera hoy. Y también me gustaría preguntarte, antes de que te marches, si a ti te gusta la lluvia. Porque me alegro que te guste la poesía y por eso ahora te digo, que escribas. Siempre que puedas y tengas ganas, escribe poesía y dejas en los versos las cosas de tu corazón, tus sueños, tus pensamientos, tus anhelos, tu dolor y tus penas. Porque ¿qué sería del mundo y de los humanos si nadie nunca hubiera escrito poesía? ¿Y qué sería de Tu país y de tus sueños si no escribes bellos versos y grandes libros? Lo mismo que sería del Planeta Tierra si la lluvia nunca cayera. Así de necesaria es la poesía para la vida de los humanos en este mundo.

Por lo tanto, yo te animo, amiga mía, a que escribas siempre tus sueños y regales al mundo mucha poesía. Aunque te marches de Ñapas dentro de unos días, contempla la lluvia cuando caiga, mira al cielo y escribe bellos libros y sinceros versos. Es el modo más correcto y noble de mejorar a las personas y al mundo y de abrir un camino nuevo hacia el corazón de lo eterno.


8- Tarde del día quince de junio

Tampoco yo esta tarde tengo claro qué cosa decirte que fuera la apropiada para lo que en estos momentos necesito. Porque esta mañana te han visto mis ojos y he oído tus palabras. Y mis ojos te han visto triste. ¿Qué te pasaba o que te pasa? No te lo he preguntado por respeto a tu persona, a tus sentimientos, a tu corazón. Tienes derecho a estar triste y, si no quieres o no tienes ganas de compartirlo, también tienes derecho a ser respetada. Todas las personas somos sagradas en lo más esencial del cada uno. Y, en ese sagrado rincón, nadie ni nada debe entrar sin permiso. Es nuestro mundo propio y solo a nosotros nos pertenece y a Dios. Pero se te notaba triste. Ni siquiera las palabras te salían con la alegría y fuerza que otras veces. Tampoco te has reído, cosa que en ti, es como una seña de identidad. Pero sí me has dicho:
- No quiero que me hables de mi despedida de Ñapas ni que cuentes los días. No quiero oír cosas tristes.

Te he comprendido pero no del todo. Tampoco te he preguntado pero para mí me he dicho: “En el fondo, creo que no quiere irse aunque sí lo está deseando. Le duele dejar aquí todo lo que ha conocido y también a los amigos”. Y claro que yo no puedo saber lo que en estos días y momentos hay en tu corazón ni cuantos son los sentimientos que ahí se ovillan. Pero pienso que quizá sean muchos y diferentes y por eso para ti no resulte fáciles estos días. ¡Intento comprenderlo! Y comprendo también lo que por tu boca ha salido, vestido de una cierta melancolía y reproche:
- Tú dices que conmigo has aprendido cosas interesantes de Rusia pero yo te digo que allí la juventud está toda desorientada. Las chicas, sino todas, la mayoría, parecen que solo aspiran a ser putas. Y los chicos, madre mía qué pena… Las cosas allí son muy diferentes a como las he visto en Ñapas.

Y te he dejado que hables todo lo que has tenido ganas de esto y otras cosas parecidas. Es lo que te inquieta y sé que con mucha fuerza. Y es algo muy valioso en una chica joven y bella como tú. Y lo he comprendido más cuando me has dicho:
- Y yo quiero hacer cosas por este país mío y estas personas. Pero ¿qué hago?
¿Y qué te digo yo que puedes hacer? Solo desearlo sé que es más que nada. No será suficiente ni lo que necesita la juventud de tu país, pero tu deseo de que las cosas sean mejores, ya es algo.


Compartiendo con ella las primeras páginas -9


Y este mismo día, viernes por la tarde, él compartió con ella las páginas que ya atrás han quedado escritas. Al dárselas le dijo:
- Es lo que escribo ahora en mi cuaderno para que, antes de que te marches, me quede de ti un recuerdo.
Cogió ella los folios y despacio y con calma leyó en silencio. Él la miraba y, como sabía que leía perfectamente el español, esperó. Cuando terminó de leer le preguntó:
- ¿Qué opinas?
- Que me encuentro un poco desconcertada. No me esperaba que contaras de mí lo que he visto por ti escrito.
También él se desconcertó. Creía que lo que había escrito solo era una sencilla oración de agradecimiento, respeto y puro amor. Le dijo:
- Solo pretendo que nunca nos borre el tiempo.

Hablaron durante un rato y luego quedaron para el día siguiente, sábado. Él la invitó a dar un paseo por el barrio viejo de Danag y ella aceptó. Se despidieron, se fue la tarde, él la soñó y la imaginó, una vez más, recorriendo los sitios de los lugares que ama.


10/16- de junio: Me gusta tu rebeldía

Ya falta un día menos para tu marcha. Y, aunque a ti no te guste que te hable de esto, la realidad es la que es. Tampoco a mí me gusta que te vayas y no tienes más remedio. Pero hoy creo que puede ser para ti un día bello.

Amanece, como ayer, nublado el cielo, con bajas temperaturas, sin viento y todo como esperando. Un bonito día para recorrer el rincón que hoy tienes previsto por los sitios de Danag. Vas a ver el museo del Sacromonte, las antiguas cuevas, la abadía y parte del barrio del Albaicín. Sé que te gusta este lugar. Y, aunque te marches ya mismo, aun te quedan ganas por aprender cosas de Danag. Por eso pienso que, quizá sin pretenderlo, puede ser hoy un bonito día para ti.

El corazón que te quiere lo sueña bello. Porque va a tener la oportunidad de oír tu voz, de ver tu rostro, de saber algo más de tus sueños y de estar a tu lado mucho tiempo. ¿Y sabes? Cuando ayer me hablabas de las cosas que no te gustan en tu país, me agradó que dijeras:
- Me gustaría hacer algo para que la juventud de mi tierra despierte y se rebele. ¿Pero qué hago y cómo?
- Te digo que ya solo con que en tu corazón haya rebeldía y no conformismo, es mucho. Me gusta tu rebeldía. Es lo más necesario en esta vida y más en una chica joven como tú y culta. Sin hacer nada ya estás cambiando al mundo desde tu corazón.

Y sí que es cierto esto. El que en tu corazón estés rebelada contra las injusticias y apatía de la juventud de tu país, es muy bueno para ti. Indica que no estás conforme como son allí las cosas y piensas que es necesario cambiarlas. ¡Bien por ti, mujer valiente! Aunque tú no lo sepas ni te lo haya dicho antes yo también soy del grupo de lo rebeldes. Desde que era pequeño y fíjate los años que tengo ya. Y, aunque lo he querido como tú, no he logrado cambiar nada ni en el mundo ni en las personas. Pero nunca he aceptado ni la verdad ni el mundo que aquí me he encontrado. Todo es bueno y todos son buenos pero todo debe avanzar y mejorar. Así que, felicitarte porque pienses y seas como eres y por no aceptar las cosas tal como otros te las han mostrado. En ti anida lo rebelde, el inconformismo, la valentía… Fuerza necesaria para luchar por la verdad y enfrentarse a las miserias de este mundo y los que nos rodean.

Así que tú no te preocupes si, por ahora, todavía no sabes, qué hacer ni cómo para mejorar a las personas y al mundo. Lo importante es que quieras y que lo desees en tu corazón. Irás, poco a poco, orientando y modelando tu persona y vida hacia la inquietud que hay en tu interior. Y te animo a que lo hagas. Ya sabes que, el mundo, las personas y el futuro de la humanidad, necesitamos de ti. Todos necesitamos de ti. Y el que más te necesita es Dios. Él te ha creado, como a mí y a otros, para la libertad y el gozo pero también para que hagas algo al fin de que otros puedan ser mejores. Solo los humanos tenemos la capacidad de hacer lo bueno o lo malo. Y tú estás comenzando la lucha en la construcción de un mundo distinto. ¡Qué gran mujer eres y cuanta belleza hay en tu corazón! Quiero que seas rebelde. Me gusta tu rebeldía.

11- Tarde del día dieciséis de junio
Las tres rosas


Y, yo lo sé mejor que tú: las personas, siempre estamos descontentos con los otros. Siempre encontramos algo que reprochar a los que tenemos cerca o a los que queremos. Siempre los otros, hacen o dicen algo que nos dejan insatisfechos, dolidos, tristes y hasta heridos. Y por eso, todos, todos en la vida, caemos, muchas veces, en el mismo error. En cuanto alguien no se comporta como habíamos esperado o no cumple lo que había prometido, lo criticamos, le reprochamos su proceder, lo despreciamos. ¿No te ha pasado a ti más de una vez esto? Entre vosotros los jóvenes es algo muy frecuente. Y es curioso porque vosotros los jóvenes sois lo que más odiáis que os reprochen cosas. Por eso, con tanta frecuencia, exclamáis:
- Estoy harta de que me traten así, de que no me den libertad, de tener la culpa de todo. Estoy harta de que me digan a todas horas lo que tengo que hacer y cómo debo comportarme. ¡Quiero que me dejen en paz!

Los jóvenes odiáis que os reprochen cosas y, creo que en el fondo, tenéis mucha razón. Nadie en este mundo está legitimado nunca para reprochar al otro ni acusar de nada. Por eso yo, en estas letras que voy trazando para ti para regalártelas el último día de tu estancia en Ñapas, no quiero mostrarte ni un pequeño reproche. Eres como eres y tienes derecho a ser respetada. Cosa que, ya te he dicho, defiendo por encima de todo. Pero también quiero que sapas las cosas, desde mi mayor respeto, por si te pueden servir para algo. Y quiero que sapas lo que han significado o han sido las cosas para mí. No con pretensión de reproche sino para que descubras mis puntos de vista y mis sentimientos. Y ya sé que la sinceridad también muchas veces hace daño pero, cuando no hay intención de herir sino de mostrar, la sinceridad es necesaria para iluminar. Desde esta realidad es desde donde te cuento un pequeño relato escrito especialmente para ti. Como en forma de sencilla historia para que extraiga de él una enseñanza. Mira lo que sucedió:

Del jardín que ella amaba cogió él por la tarde tres rosas. Rojas como la sangre y frescas como la juventud que, en su rostro, ella mostraba. Aun sin abrir del todo, con algunas hojas verdes del rosal donde crecían y con un buen trozo de tallo. Para que las pudieras llevar en sus manos mientras recorría las calles de la ciudad al día siguiente por la mañana. Y las sujetó con un lazo, también rojo como la sangre, y las puso en agua. Para que mantuviera su lozanía hasta el momento necesario.

Y, mientras preparaba las rosas, la soñaba. Y soñaba en el paseo, al día siguiente, por las calles, últimos días ya de su estancia en Ñapas. Sencillo paseo sin más, para charlar, pasar el tiempo, compartir algún sueño y dejar un recuerdo por estos sitios, antes de que se marchara. Por la tarde, antes de cortar las rosas, se habían dicho:
- A las once te espero mañana.
- A las once en punto y gracias.

Y, por la noche, ya con las tres rosas sobre la mesa y, con el pensamiento puesto en ella, preparó la comida. Porque también la tarde anterior se habían dicho:
- ¿Comemos en algún sitio o me llevo las comida de casa?
- Podemos hacer las dos cosas. Te llevas la mochila y comemos un poco en algún sitio.
Y por eso, en la tarde del viernes, junto a las rosas, ya la mochila estaba preparada. Con la comida recién hecha y con la cámara de fotos y en el corazón ilusionada la esperanza.

Al caer la tarde del viernes recibió una llamada.
- Voy ahora mismo, con un amigo, a correos. Ya estoy mandando cosas a mi tierra porque se acerca mi marcha. Pero no te preocupes que mañana nos vemos.
Le volvió a dar las gracias y, al caer la noche, miraba a las rosas y la recordaba. Durmió tranquilo toda la noche. Soñándola y esperando el momento para llevarla de paseo por las calles que a ella le gustaban.

Amaneció y lo primero que hizo fue, mirar el tiempo y hacer una copia para dárselo en cuanto la viera. Para que supiera como estaban las cosas en su país lejano. Después de esto, repasó la mochila, la comida, las rosas, la cámara… “Está todo. Ya son las diez de la mañana. Solo queda una hora para verla. ¡Qué día más bello y cuanto debo agradecer que lo comparta conmigo!”.

A las diez en punto, soné el teléfono. Enseguida la llamó y, al instante oyó su voz, apagada y como en otro mundo, que dijo:
- Lo siento pero yo no tengo ganas de ir hoy a ningún sitio.
- ¿Qué ha pasado?
- Nada. Solo que anoche volví tarde y ahora me apetece dormir. ¡Perdona!
- No te preocupes y descansa. Ya habrá otra oportunidad. Pero ¿y esta tarde?
- Yo te llamo luego.
Y no hubo más palabras.

Colgó él y miró a las rosas. Las tres frescas y rojas como si estuvieran en sus ramas y sobre la mesa esperando. Las acarició despacio y las dejó que reposaran. En su silencio y en el agua que las mantenía vivas. Luego se sentó, frente a la ventana, y miró al cielo. Estaba nublado y era muy hermosa la mañana. Una de las últimas mañanas de su presencia en la ciudad antes de irse de Ñapas.

Hasta aquí este sencillo relato. Solo para que conozca lo que sucedió y, si quieres, medites y saques alguna enseñanza. No hay ningún otro deseo y menos oculto reproche. Vuelvo a decirte lo mismo. Cada persona tiene derecho a ser respetada en su proceder aunque no le guste a los otros. Nadie está obligado a cumplir nada, si no es esa su voluntad y si no le sale del corazón, por amor. Creo que, iluminando, perdonando, mostrando delicadamente, a veces, se hace más por el mundo y las personas que de ninguna otra manera. Así que mi respeto y mi sincero perdón.


12- Frente al silencio sentado

¿Sabes? Quizá tú también lo has experimentado alguna vez en tu vida. La soledad, el sentimiento de pérdida de la persona amada, la tristeza pensando en qué puede haber pasado… En estos casos casi siempre se piensa que el otro es el malo, el que no cumple como debiera, el que falla. Por si quieres leerlo cuando estés lejos de Ñapas y puedes sacar alguna enseñanza, te cuento otro sencillo relato.

Caía la tarde del sábado. En el cielo que, por la mañana sí había estado muy nublado, solo algunas nubes sueltas se veían ahora. Sentado tras la venta, frente a los árboles del jardín, lo vi callado. Fijo y quieto como si estuviera rezando y esperando. Me acerqué y le pregunté:
- ¿A quién esperas?
- A nadie, solo medito mis sentimientos y pienso en ella.
- ¿Quién es ella?

Y me dijo que era joven, guapa como la misma luz del alba, alegre y que su cara tenía y tiene el color de la primavera. Y le volví a preguntar:
- ¿Seguro que estará enamorada?
- Sí, pero no de mí.
Lo miré fijo y me di cuenta que, en su rostro, las arrugan proclamaba el paso de los años. Era un viejo. Más de sesenta años aparentaba. Le volví a preguntar:
- ¿De quién estará enamorada una chica joven como ella?
- De alguien que la merezca.

Y allí a su lado me quedé sentado. Dejé que pasara la tarde sin pronunciar palabra y nadie ni nada enturbió el silencio. Parecía que rezaba. Sus pelos eran blancos y su alma parecía cansada.
- ¿Esperas que venga o que te llame y diga algo?
- La estoy pensando.
- ¿Qué necesitas de ella?
No respondió. Le pregunté de nuevo:
- ¿A caso tu corazón la ama?

Y siguió mudo en su silencio. La tarde se iba y solo, por entre las flores del jardín, unos gorriones revoloteaban. Sentí cierta pena y quise hacer por él algo. No sabía qué pero sí ya había descubierto lo que necesitaba. Él me estaba diciendo algo con su silencio y nadie lo escuchaba. Solo miraba al cielo y parecía que rezaba. En su pensamiento ella revoloteaba. De eso estaba seguro.

No sé si, cuando leas esto, encontrarás el mensaje que hay dentro. Yo sí lo he visto y por esto aquí lo he puesto. ¿Qué para qué te lo he contado? No te preocupes. Se va la tarde de este día casi nublado y, como sé que ya hoy tienes un día menos en Ñapas, quería compartir contigo lo que tengo más a mano. ¿Que si en la vida ocurren cosas parecidas a las que narra este relato? Pueden ocurrir y quizá ni tú ni yo lo sepamos. Y si fueran ciertas creo que ninguno de los dos podríamos hacer nada para remediarlo. Y no sé si tendrá algún sentido que estas cosas ocurran. No lo sé. ¡Son tan distintas a lo que, por todas partes, la vida nos presenta!


13/17- de junio: ¿por qué me asusto?

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No puedo olvidar que solo veintidós días faltan para que te vayas. Y no puedo olvidar que, desde ayer sábado y hoy domingo, nada sé de ti. Parece como si no quisieras hablarme pero creo que es lo que yo imagino. ¿Y sabes? No sé por qué, a mis años y a estas alturas, mi corazón se asusta. A cualquiera que se lo cuente diría que no ha motivos. Que lo que me pasa es una tontería. Porque, en el fondo, no ha pasado ni sucede nada. Pero las cosas en la vida ya sabes tú que siempre son relativas.

El viernes por la tarde me dijiste que íbamos a ir a dar un paseo por las cuevas del Sacromonte. Algo normal que encaja en el deseo de conocer cosas y, ahora, de irte despidiendo de estos sitios. Pero ayer mismo me dijiste que no tenías ganas y que no irías a donde habíamos hablado. También normal y con todo tu derecho. Ninguna obligación tienes para con nadie y menos aquí en Ñapas.

Pero luego, ayer también y a lo largo de todo el día, guardaste silencio. Un nuevo derecho que te asiste y todos debemos respetarlo. Sin embargo, corrió el día y te mantuviste en este silencio. Y, no sé por qué, el corazón se me puso triste. Temiendo que este signo tuyo fuera síntoma de algo que desconozco y por eso quizá sin fundamento. Y mi corazón se puso triste y pensé en el día siguiente, hoy domingo. Me preguntaba: “¿También en este día vas a guardar silencio?” Sigues siendo silencio.

Pero he aquí que, al caer la tarde del sábado, he sentido como si el mundo se hubiera acabado. ¿Qué ha pasado para que me ocurra esto? Ni lo sé y me sorprendo a mí mismo. Y más me sorprendo cuando me pregunto por las razones de mi desconcierto. También, sin poderlo evitar, me pregunto por las razones que tienes tú. Aunque aquí no me asiste ningún derecho. Porque sé bien que no tienes ninguna obligación para conmigo y por eso a ti sí te asisten todos los derechos. Si tú no quieres, a nadie tienes por qué dar explicaciones y menos a mí. Esto es así de cierto. Así que perdón y, para ti, todo mi respeto. Pero necesitaba que supieras que, de pronto, mi corazón se ha asustado.


14- Algunos de los recuerdos que de ti me quedan

El viernes por la tarde, mientras leías las primeras hojas que, en mi cuaderno tengo de tus últimos días en Ñapas, te regalé la Biblia. Te dije:
- Para que te quede de mí un recuerdo y para que la tengas escrita en español.
Llena de interés y, creo que con aprecio, la cogiste de mis manos, la hojeaste, no leíste nada, me miraste y comentaste:
- Para mí es interesante como cultura. Yo no soy cristiana y solo un poco creo.

Luego me la alargaste rogándome:
- Escribe algo para que el recuerdo sea más completo.
Y me mostrabas la primera página en blanco. Pensé un momento y luego escribí. No recuerdo ahora qué exactamente pero escribí mucho. Llené toda la página y creo que te deseé suerte en tu vida, valor para luchar por lo que sueñas y que no olvides la necesidad que, de ti, tus amigos y el mundo, tenemos. Lo firmé y luego, en la otra página y debajo del título del libro, sí recuerdo que escribí: “Cuídala Tú, Dios mío y dale siempre tu beso”. Te alargué la Biblia y leíste despacio. Meditando cada palabra y escribiendo en un papel a parte, lo que yo había dejado escrito en el libro. No entiendes mucho mi letra y por eso lo copiaste escrito por ti. ¡Me alegro!

Seguiste luego leyendo las páginas que, de mi cuaderno, te había dejado y esperaba a que terminaras. Y, en estos momentos, por mi mente, pasaron los recuerdos. Los sencillo, limpios y bellos recuerdos que de ti tengo y me quedan. Son cuatro cosas pequeñas, sin valor material, pero importantes para mí. Y por mi mente pasó, en primer lugar, las fotos personales, tu familia, tu novio y tus amigos, que me enseñaste una tarde. Fue significativo para mí aquello porque me transmitía tu franca simpatía y sincero afecto. Como cuando una hija comparte con su padre cualquier tontería, para ella importante. Por eso te lo agradecí. Por la emoción que en mi corazón despertaste y por la cercanía que me regalaste.

Otra tarde me trajiste unas brevas, un par de melocotones y una tarrina con profetiroles. Y, al dármela, me aclaraste:
- Es parte de la comida que nos dan en el comedor de la residencia.
Y también te di las gracias por tan sencillo y hermoso detalle. Para mí fue y sigue siendo muy importante. Ya lo sabes: las cosas, todas, alcanzan categorías y valores según la cantidad de amor, ternura y pureza que pongamos en ellas. Y el corazón sabe mucho de esto. Porque el corazón casi nunca mide cantidades o el brillo del oro sino el afecto. Algo que ni se puede tocar con las manos ni se ve con los ojos de la cara porque va dentro y es espíritu. Lo que llamo yo “trozos del alma”.

Y, el mejor de todos los regalos que de ti me queda, a parte de la suerte de haberte conocido, es una pequeña moneda. La sacaste del bolsillo también una tarde y me la diste diciendo:
- Es un rublo, la moneda de mi país.
La miré despacio, la guardé con cariño y luego la puse en un lugar destacado en mi cuarto. Y ahí la tengo. Siempre que la veo te recuerdo y esto sí que es para mí un gran regalo. Porque la tengo puesta justo debajo de la foto tuya, de aquel día por la montaña. ¿Lo recuerdas? Por detrás, en esta foto, dejaste escrito, primero en ruso y luego en español: “Era uno de los más felices días en mi vida. Una excursión muy bonita”. La firmaste y me la diste. Y, desde aquel día, ocupa un lugar significativo en mi habitación.

Así que por esto, mientras leías las hojas de mi cuaderno, en mi mente repasaba los recuerdos y me sentía orgulloso de tu amistad. Pero hoy sigo teniendo miedo de tu silencio, a solo veintiún días de tu marcha. Y repaso las cosas y solo encuentro agradecimiento, a ti y al cielo. Todo ha sido tan sencillo, puro y bello, que merece un libro. Y por eso yo, a mi manera y como puedo, lo sello con la Biblia y lo elevo al cielo. Es mi forma de querer conservar tu presencia en mi vida y de expresar mi agradecimiento. Aunque tú solo creas en Dios y no seas cristiana. Que no te avergüence nunca esto sino todo lo contrario: siéntete orgullosa de que tu corazón busque lo bello y de compartir, con alguien como yo, tus sueños.


15- Te marchas el día ocho de julio

Te marchas justo el día ocho de julio, domingo. A las once de la mañana tienes previsto salir de Danag. Tu avión parte de Málaga para Tu país, a las cinco de la tarde. Y, me dijiste el otro día, que te gustaría que fuera a tu despedida. Te respondí que sí y, en ese momento, exclamaste:
- ¡Qué bonito! Serás la última persona que vea en Ñapas.

Y, desde este día, viernes por la tarde cuando te regalé la Biblia, le doy vueltas en mi mente al momento de tu despedida. Con sentimientos encontrados y más ahora que, desde hace tres días, nada sé de ti. Por este motivo pienso algunas cosas que no me atrevo a escribir. Estoy asustado por el silencio que, sin más, se ha producido y tengo miedo. ¿Por qué y de qué?

En el fondo sé que, a partir del día nueve, ya estarás a más de tres mil kilómetros de este lugar. A partir de ese día el silencio será total pero no me asusta tanto. Es algo que ha de suceder sin más remedio porque debes volver a tu tierra, a los tuyos, a tu sitio. Pero el silencio de estos últimos días, cuando todavía estás en Ñapas, sí me asusta. Y me asusta todavía más cuando me sorprendo pensando que, de todos modos, qué más da que el silencio empiece el día nueve o ahora mismo. Y me digo esto a la vez que me respondo que no es lo mismo.

Porque, si el silencio de estos tres días se alarga y se junta con el que comenzará el día nueve, quiere decir que ya te he perdido. Que no te veré más ni oiré tu voz nunca. ¡Qué terrible! Y claro que tampoco quiero pensar que no pueda ir a tu despedida, tal como me lo habías dicho. ¿A que esto no sucederá? No debiera haber ninguna razón para que sucediera pero el corazón me tiembla. Porque si ocurriera, no solo lo lamentaría sino que parecerá que no somos civilizados. Que no habría en nosotros un comportamiento noble, inteligente, de acuerdo con la cultura que tenemos y los buenos deseos que en el corazón llevamos.

¿Que si me gustaría compartir contigo esto que voy dejando escrito? Sigues sumida en un mar de silencio en esta mañana de domingo. Ni sé dónde estás ni qué haces ni qué piensas. Aunque recuerdo que el otro día me dijiste que hoy irías a la playa con unos amigos, para despedirlos. Pero claro que me gustaría compartir contigo esto que dejo escrito.


Recuérdanos cuando estés en tu tierra -16

El día va transcurriendo como si no pasara. Silencioso, quieto, el cielo azul por el lado de las montañas y muchas nubes blancas esturreadas. Como si quisieran darme compañía o como si me saludaran.

Al otro lado de mi ventana, estoy sentado y miro sin prisa. No voy a ir, esta tarde, a ningún lado. Quizá solo salga al jardincillo de las rosas para recorrerlo. Ya sabes que por ahí te quedas, cuando te vayas. ¿Recuerdas este jardincillo de las rosas que tanto te ha gustado? Siempre cogías algunas y siempre, con ellas en tus manos, hablabas o te las trababas en el pelo. ¿No lo recuerdas? Y también a las ranas y a las ardillas y a los mirlos. Quizá ellos no te echen de menos o, en todo caso, no lo escribirán en el cuaderno como yo.

¿Sabes? Cuando ya no estés, si alguna vez y desde aquellas tierras tuyas piensas en este jardín, siéntelo siempre tuyo. Ya te pertenece por lo mucho que te gusta y la de veces que, al ir por él, reías. Y considera tuya para siempre el agua clara de la fuente donde lavabas tus manos y cara, el airecillo de la tarde que te acariciaba y los azules limpios que por aquí cubren. Poca cosa para lo que mereces y tienes en tu país pero es lo que el corazón puede darte, a parte del recuerdo y el hondo silencio que, antes de irte, dejas.

Y cuando estés en tu tierra, con los tuyos, en tu casa de campo, en tus clases, con tu novio y amigos ¿qué le dirás a unos y a otros de mí y de estas tierras? Sé que tu experiencia por aquí ha sido rica. No la conozco. Pero una chica joven como tú, a lo largo de un año fuera de su país y casa, es normal que viva y conozca muchas cosas. De todo ello hablarás en tu país. Pero de mí, de este jardincillo, de mis cosas, de lo que hemos compartido ¿qué les dirás a unos y a otros? Tampoco es que me importe mucho pero ya sabes que el corazón casi siempre se alimenta de pequeñas detalles. Cosas que no tienen valor para otros pero que sí son las más valiosas, en momentos como este.

Por eso, mientras termina el día de hoy tan lleno de silencio, me pregunto: ¿te echará de menos la playa donde ahora mismo, según me dijiste, debes jugar con tus amigos? ¿O no estás, en estos momentos del día, en la playa? ¿Quizá te acurruques cerca del corazón, junto al jardincillo? No importa. Estés donde estés, en estos momentos del día, todavía te encuentras en Ñapas. Con tus cosas, con tus amigos, con lo que te gusta… ¡Qué bien que seas tan libre y que, a pesar de todo, cultives tantas cosas bellas en el alma! Por eso eres tan importante y derramas tanta gracia y todos se quedan enamorados. Todo te añora cuando faltas.

En fin, que sepas, aunque no estés y solo Dios sabe por dónde andas, que la tarde no te olvida. Ni el viento ni el azul del cielo ni los gorriones que revolotean. Todo se ha reunido en mi corazón para compartir tu recuerdo, en esta ausencia, preámbulo de la gran distancia. Te queremos porque nos haces buenos con solo vivir en el pensamiento. La tierra entera se alegra con nosotros y da gracias, por ti, al cielo. Llenas dulcemente y por eso te necesitamos.


Por el Paseo del Darro y Plaza Nueva, contigo ausente -17

Y, sin embargo, en esta tarde de domingo, a las cuatro, he salido por las calles de Danag. Para dar un paseo y recordarte. Solo dos veces, dos, he ido contigo por las calles de esta ciudad. Por eso no las conozco ahora cuando las recorro aunque ellas sí deben conocerte a ti.

Estoy sentado en el viejo puente que atraviesa el río Darro para dar paso al camino que lleva a la Fuente del Avellano y a la Cuesta de los Chinos. ¿Sabes qué es esta cuesta? Es un viejo camino que, en tiempos antiguos, lo utilizaron para subir a la Alhambra. Está empedrado el camino, con piedras del río y creo que por eso le llaman de los chinos. Era este el camino por donde acarreaban todo lo que hacía falta para los que vivían en el castillo de la cumbre. El camino de la servidumbre. Tampoco tú lo conoces. Creo que no has subido nunca por aquí. Al menos, no me lo has dicho. Pero hay muchas cosas en tu vida, en el trozo de tu vida que se queda por estas tierras cuando dentro de unos días te vayas, que nunca me las dijiste.

Estoy sentado en el trozo de pared que precede al puente y encajona al río y miro al frente. Por ahí mismo comienza la Cuesta de Chapiz, una de las calles principales que lleva al corazón del barrio del Albaicín. En la pared de la casa que gira veo un letrero que dice: “Museo del Sacromonte”. Y, al leerlo, recuerdo que es donde el sábado pasado querías ir. Hubiéramos bajado por esta cuesta que sube y, en la pequeña plaza que tengo a mi derecha, nos habríamos parado. Creo que te habría gustado.

No hay mucha gente. Pero de vez en cuando, algunas personas pasan y al verme, me miran. Se preguntan algo pero no me lo dicen ni yo lo adivino. ¿Sabes? El árbol, a cuya sombra estoy sentado, se llama almez. Es un árbol protegido en Ñapas y en Tu país es desconocido. Tampoco tú lo conoces. Te lo habría enseñado y, de él, también te habría contado algunas cosas curiosas. Para que sepas algo más de estas tierras.

Desde el surco del río, por donde discurre un buen chorro de agua, suben pequeñas ráfagas de aire fresco. También olas de perfume a flores nuevas y a higueras ya con sus higos un poco gordos. La ladera que remonta hacia la Alhambra, la tengo a mis espaldas, la veo toda tupida de verde. En lo más alto corona Torre Bermeja, la Torre de la Vela y algunos trozos de muralla. Muchas personas se asoman a los miradores. Surcando la ladera, ya más cerca del río, se ve un camino. Por él suben un par de parejas jóvenes. Otras juegan con las aguas del río y, algunos más, como yo, están sentando en la pared que encauza al río. A sus pies y cerca de mí, el airecillo, mece a las florecillas de las adelfas. ¿Te acuerdas tú de la flor de la adelfa?

La otra tarde, del jardincillo de las rosas, cogiste un ramillete de flores moradas. Te la pusiste en el pelo y, a verlo, te dije:
- Ten cuidado que las adelfas son tóxicas.
Y entonces me dijiste:
- Pues ahora recuerdo que el otro día cogí unas flores de estas y las puse en mi habitación. Por la noche tuve un sueño raro. Una pesadilla muy extraña.
Y me contaste el sueño. Luego me dijiste que, cuando te levantaste, te dolía mucho la cabeza. Te dije:
- Pues, a partir de ahora ya lo sabes: las flores de las adelfas y la planta toda, son tóxicas.

Del río sube una chica con su guitarra. Hace un momento jugaba con el agua y ahora ya se ha venido. La tarde cae. Hace fresco. El aire que corre acaricia y, aunque el sol parece como el de los días de verano, en este rincón, la tarde es muy agradable. Yo creo, por lo que me dijiste, que a estas horas, tú estás en la playa. Voy a levantarme y voy a caminar despacio, calle abajo siguiendo el curso del río, hasta Plaza Nueva y calle Elvira. Subiré luego hasta el rincón que conoces. Y voy a ir contándotelo para que lo recuerdes cuando ya estés lejos de Ñapas.

Son ahora mismo, las seis menos diez de la tarde. Esta plaza pequeñita, recogida junto al río y al abrigo de la Alhambra, en estos momentos se encuentra casi solitaria. Hay muy pocas personas en ella. Es una plaza recogida, bonita. A este rincón acuden mucho los turistas. Es uno de los rincones de Danag que más les gusta. Por la parte del río tiene un ensanche, todo empedrado, con bancos y en ellos sentadas algunas chicas. Son extranjeras. Leen y escuchan. En una de las esquinas leo: “Paseo de los Tristes”. Es el nombre de la calle. Las mesas están solitarias. De la fuente cae el agua. Los gorriones revolotean y saltan.

Claro que, sin querer, me atrevo a preguntarte: ¿Conoces tú este rincón? ¿Conoces la fuente de los cuatro caños y el pilar que rebosa? ¿Conoces la corriente del río que por aquí va? No lo sé. Me vengo ahora siguiendo la pared y me asomo al río. En el agua siguen jugando unos jóvenes. Cantan unos pajarillos y el aire mece las ramas de los álamos. Las adelfas muestran ramos de las flores que te decía. El viento sube desde el corazón de la ciudad. Es fresquito.

Segundo puente del río. En otros tiempos por aquí ponían burros para que los turistas lo alquilaran. Ya no hay. Pero sí en la pared de este puente unas chicas extranjeras tomando el sol. Entro a la calle que se llama Carrera del Darro. Es estrecha, empedrada y baja siguiendo al río hasta Plaza Nueva. Por aquí tampoco hay mucha gente. Pero algunos suben y bajan y, al cruzármelo, oigo sus palabras. También son extranjeros. Árabes, ingleses, franceses, italianos… No sé si algunos de tu país.

El museo arqueológico lo encuentro cerrado. Tampoco vine nunca por aquí contigo. Te lo pedí alguna vez pero no pudo ser. ¡Qué bonita, desde este rincón y arriba, la Torre de la Vela con las banderas ondeadas por el aire! Son dos las banderas, Andalucía y la de Ñapas. Se recortan en el azul del cielo que tiene también nubes blancas. Se ven muchas personas asomadas a los balcones de este viejo castillo. Tú estuviste alguna vez en ese lugar pero no te vi.

¿Sabes? En este río, desde el museo que te he dicho hasta Plaza Nueva, en otros tiempos había muchos gatos y también algunos patos. Ahora me asomo y no veo ninguno. ¿Qué ha pasado? Y me acuerdo de tu gata. Y de las veces que me has dicho que te gusta mucho y, que con ella, juegas cuando estás en tu casa. Que tienes muchas ganas de verla y que por eso también te urge volver. Estas son algunas de las muchas cosas que tienes en tu corazón de aquellas tierras tuyas.

En la calle, una chica tocando el violón. Para escucharlo disimuladamente me paro y me asomo al río. Miro para ver si encuentro a los gatos y no hay ninguno. Solo la corriente del agua surcando la tarde. Crece la hierba, fresca y verde, a los lados de la corriente. Las zarzas ya muestran sus ramilletes de florecillas blancas. Unas mariposas que revolotean. Blancas y amarillas. Algunos arbustos de saúco. Y las parras. Parras silvestres. Y viene a mi mente lo que me dijiste de tu padre. Allá en Tu país, en tu casa de campo, tu padre cultiva parras y a la gente le sorprende. Porque no es normal que en tu nación se den las parras. También un día me dijiste que, cuando te fueras de Ñapas, querías llevarte una parra de estas tierras. Para reproducirla allí y comprobar los resultados.

El tercer puente del río. Lo cruzo y al otro lado una pequeña plaza donde vende artesanía. Me paro y miro. Entre la hierba del río veo un gato. Es negro y se acicala. A menos de cincuenta metros se levanta el cuarto puente en el río. También es de piedra y, al cruzarlo, al otro lado, un nuevo rincón con venta de artesanía y mesas para que tomen cerveza los turistas.

Y ya, el último puente, se encuentra justo al entrar a Plaza Nueva. Donde el río se pierde para atravesar Danag. En el viejo arco de ladrillos puedo leer una fecha, 1880. Pocas personas también por aquí. Al llegar a Plaza Nueva, por la izquierda, la iglesia de Santa Ana. Y ya Plaza Nueva. Casi solitarias están las mesas de las terrazas pero la fuente, chorrea su agua y en el pilar, una niña juega. Lavas sus manos y me mira. Te veo y pienso que eres tú cuando pequeña. Porque ¿sabes? A veces te sueño por aquellas tus tierras, tan lejos y desconocidas para mí, y te veo cuando jugabas de pequeña. Serías, seguro, como esta niña que lava sus manos en el agua de la fuente de Plaza Nueva.

Solo turistas, muchas chicas, todos extranjeros, algunos sentados tomando cerveza y otros caminando. ¿Cuántas veces, a lo largo del año, has venido a este rincón de Danag? ¿Te la llevas ahora, en tu corazón, para recordarla allá a lo lejos?

No debería decírtelo, pero estoy triste esta tarde mientras recorro las calles de la ciudad. Y no quiero decirte de donde me mana la tristeza pero sé que es por algo que ocurrió la otra tarde. La última que estuviste por el jardín de las rosas. No fue nada importante pero te enfadaste y, desde entonces, yo no sé qué hacer. No debería decírtelo pero aquí te lo recuerdo. Y esta tarde, esta tristeza tuya, es la que llevo conmigo mientras paseo por las calles. Mientras te recuerdo y te añoro por aquí antes de irte. ¿Qué por qué te enfadaste y ahora yo estoy triste, a solo unos días antes de irte? Quiero contártelo un poco más adelante, aunque me salgan amargos estos escritos. Lo contrario de lo que, al comenzar, había pretendido.


18 de junio: Todos queremos, de la vida y de los amigos, lo mejor -18

Y, sin pretenderlo, me planteo en algún momento, darte algún consejo. No sé para qué porque nunca he sido partidario de ellos. Ya te lo he dicho. Tú tampoco me los has pedido nunca si no que, cuando lo has necesitado, has hablado y nada más. Como si pensaras que, los consejos, las bellas palabras, las frases hechas, no sirven, en el fondo para nada. La vida hay que vivirla, procurando ajustarse a la conciencia, al corazón y a la cabeza y, aprenderla de los otros, solo algo. Pero en fin, por si en algún momento necesitas ayudarte, aquí tienes algunas reflexiones propias.

En algunas ocasiones pienso que, muchas veces, en la vida, lo difícil es saber qué dar y como proceder cuando se presentan los problemas. Y, sobre todo, en las relaciones con los demás. Cuanto más estrecha es la amistad, cuanto más se comparte con la otra persona, más cuesta encontrar la forma correcta de proceder. Tú sabes mucho de esto, a pesar de tu juventud.

Tú sabes que tienes necesidad de cariño, de apoyo y de ternura de los otros. Es común en todas las personas. Por eso buscamos amigos y esperamos de ellos reconocimiento y respeto. Y tú sabes que siempre hay que dar para que la otra persona nos aprecie. Siempre tenemos que dar de nosotros y, a veces, hasta nuestra forma de ser, nuestros gustos, nuestra personalidad… Pero aquí es donde empieza lo difícil. Casi nunca estamos dispuestos a dar hasta el punto de perder personalidad. Tú siempre quieres ser tú y tener tu propia libertad, carácter, personalidad. Y el conflicto de las relaciones con los otros, a veces, llega por aquí. No queremos, no podemos dejar de ser nosotros mismos pero sí necesitamos el cariño y la amistad del otro. Por eso el equilibrio es difícil.

Ya tienes hechas las maletas para salir volando y, al mismo tiempo, no quieres irte de Ñapas. Pero ya ha llegado el momento de poner punto y final a tu año en el extranjero. ¿Cuánto has aprendido por aquí en este tiempo? ¿Cuánto en tu facultad, en tus estudios, con el idioma español, con el italiano? ¿Cuántos amigos has hecho y cuanto de verdad le has dado amistad? ¿A cuantos les has gustado tú hasta el punto de meterte hondo en su corazón? ¿Cuánto dejas por aquí bien hecho y cimentado en la sinceridad para que resista el tiempo? Y te hago estas preguntas para decirte que, si las cosas se han quedado a medias, no son valiosas.

Seguro que habrás ganado, como tantas veces en este mundo. Y seguro que habrás vivido experiencias gratas. Y, aunque todo esto importa para crecer como persona, no es suficiente. Si las cosas se quedan a medias no son buenas aunque valgan algo. ¿Sabes? Muchos hechos en la vida nunca perduran. Tus días, tus experiencias, tus estudios, tus amigos aquí en Ñapas ya han llegado a su fin. Lo que fue es y así quedarán para siempre. Nada podremos cambiar ni para un lado ni otro, nunca. Y, aunque no quieras reconocerlo porque no te guste o porque no sea satisfactorio, ahí quedan para siempre.

Por eso pretendo decirte que, la amistad, la convivencia, los amigos, aunque son necesarias, es lo más difícil. Y, para conseguir hay que dar siempre, pedir poco, perder siempre mucho, ser sinceros y respetar al máximo. Y yo sé que para ti, por ser de otro país, de otra cultura y hablar lenguas distintas, las cosas no han sido fáciles. Pero si analizas seguro que encuentras que, en más de un momento has tenido junto a ti, oportunidades interesantes y se te han ido. A lo mejor te has dicho que no la necesitabas o que no tienes interés. Muchas personas, a veces, dicen y hacen esto. Pero entonces ¿qué es lo que buscas? ¿Qué es lo que quieres de los demás, del mundo donde vives?

No es inteligente esto ni es bueno para hacer mejores a los otros. Y yo sé que tú has querido, has luchado, has puesto de tu parte para llevarte llenas las manos. Pero ya, dentro de unos días, es punto y final. Llega el momento, aunque lo rehúyas, de meditarlo.


Ver con los ojos del corazón es importante -19

¿Sabes? Yo también podría decir, como muchas veces sucede en estos casos, que tú no me has tratado bien. Porque, como a tantos, cuando no nos sentimos satisfechos, podría expresar que he sido mal pagado por ti. Y, decir esto, sería lo más cómodo para quedar libre y tú culpable. Pero sé que no es ni lo más inteligente ni lo más correcto para mejorar las cosas. Para iluminar y que así, las personas, podamos ver a fin de corregir y proceder mejor en el futuro.

Porque tú no has tenido, para conmigo, ninguna obligación. Ni siquiera una palabra con la que te sintiera en responsabilidad conmigo. Tampoco me has pedido nada, en ningún momento. Lo que yo te he dado, respeto, cariño, apoyo, ha sido por voluntad propia. Porque he querido y nada más. Así es como tú lo has visto y así es como lo has aceptado. Y has sido, en todo momento, agradecida. Más de lo que estabas obligada. Y, a la vez, también has sido generosa, muy generosa. Por eso, en este sentido, sé que tu comportamiento ha sido ejemplar, humano, inteligente, puro, sincero. Así lo he visto, te lo digo y te lo agradezco. Eres valiosa y una gran mujer. Nunca pondré esto en duda.

Cosas corrientes, vulgaridades y comportamientos vacíos, ya hay muchos en esta vida. Y no es necesario salir a buscarlos a sitios especiales. Es lo más abundante en todos los humanos. Y por ellos y estos comportamientos nos dejamos arrastrar de la manera más cómoda. Como en una corriente sin hacer nada por salir de ella aunque sepamos que vamos a lo que ni da la felicidad ni llena. Y todos llevamos dentro el deseo de ser distintos.

Pues lo distinto tú lo tienes en ti. Y, a tu lado, a lo largo de los tres últimos meses, ha estado lo singular. Y creo que no lo has visto. Aunque sí me has dicho muchas veces que ni te gustan las personas sin valores ni te gusta el mundo que acoge a estas personas. Algo que, al oírlo en ti, siempre me ha confortado. Sin embargo, y me gustaría que interpretaras correctamente lo que voy a decirte, creo que podrías haber sacado más fruto de la oportunidad que en tus manos has tenido. Porque conmigo, a ti te ha faltado un comportamiento más inteligente. No has visto ni has valorado bien lo que he querido mostrarte. Solo con el deseo de ayudarte a que seas mejor persona y a que tu mente descubra los valores que ni te enseñan en la universidad ni en la vida de todos los días.

Por eso te pido que, en el futuro, tengas los ojos bien abiertos para ver cuando se te presentan las cosas que merecen ser abrazadas sin reserva. Para que nunca seas como el común de las chicas. Ya que en tu corazón existe un gran deseo de ser buena y de mejorar mucho de lo que te rodea. En los últimos tres meses, por tu vida ha pasado una gran oportunidad y no has cogido de ella casi nada. Mala suerte. No volverá esta oportunidad nunca más. Pero ayúdate a ti misma y vigila para que, cuando otra vez lo distinto te roce, sepas verlo enseguida y coger. Solo de esta manera te harás más persona cada día y tu corazón crecerá en cosas buenas.

Yo no me he sentido bien tratado por ti. Pero que esto no te preocupe. Aunque lo necesito, como tú y todo el mundo, lo que importa es que lo sepas para que, en el futuro, estés alerta. Todos cometemos errores en la vida. Aprende de esta experiencia y, cuando las personas se te acerquen ofreciéndote lo mejor de si, compórtate con inteligencia, con amor sincero, con respeto, con entrega, con dignidad… Y, si no puedes o no sabes, háblalo y deja que te ayuden. Solo de esta manera lograrás ser cada día superior y harás buenos a los que te rodean. Los mayores, casi siempre, queremos de vosotros los jóvenes, cosas buenas. Por eso, si una persona mayor te trata con respeto y honestidad y valora tu derecho a ser libre, considerándote única, abre el alma y aprender de ella. Te enseñará a que veas las cosas con el corazón. A que te sientas importante y descubras que eres necesaria y haces falta en la lucha por lo excelente.


19 de junio: Aquí te cuento el por qué estoy triste desde aquella tarde -20

Cuando hace solo unos días empecé a escribir en mi cuaderno estas letras para tu despedida, pretendía que fueran alegres. Y te dije, en los primero renglones, que no quería verter aquí ningún reproche ni queja ni consejo. Y sinceramente que, en mi interior había esta disposición. Porque, criticar los comportamientos de las personas casi siempre es lo más cómodo, lo que más nos gusta aunque no tengamos permiso ni nos asistan derechos. Pero ha sucedido algo que me tiene desorientado y duele.

La misma tarde que te regalé la Biblia, mientras yo escribía en ella una oración al cielo para que Dios siempre te de su beso, tú tenías en las manos las primeras páginas de mi cuaderno. Donde escribo estas letras de despedida. Te las di para que leyeras lo que ya, hasta ese momento, tenía escrito. Desde el capítulo uno hasta el siete. El que dedico a reflexionar contigo la lluvia y la poesía y acaba pidiéndote que escribas siempre versos y hagas que tu vida sea poesía. ¿Lo recuerdas?

Y, mientras escribía en la Biblia, te miraba y me daba cuanta que leías con interés. Terminaste y, sobre el asiento, dejaste las hojas que habías leído. Te miré y pregunté:
- ¿Qué opinas?
Dudaste un poco y, secamente, me dijiste:
- Estoy desorientada.
- ¿Por qué?
- No me esperaba esto. Es triste y no entiendo por qué me dices que voy a “morir”.
- ¡Que no, mujer! Que yo no lo siento triste ni la palabra “morir”, está escrita con ese sentido.
Guardaste silencio y al rato me preguntaste:
- ¿Qué significa “desvanecida”?
Entendí que, como aun no dominas correctamente el español, desconoces muchas palabras. Te la expliqué. Luego me preguntaste:
- Y “volatilizada” ¿qué significado tiene?
De nuevo te lo expliqué y luego guardaste silencio.

Un poco más hablamos de lo que para ti había dejado escrito en la Biblia y luego nos despedimos. Ya habíamos quedado para ir el sábado por la mañana al museo del Sacromonte. A las once. Pero a las diez de la mañana del sábado recibí una llamada y me dijiste:
- Yo no tengo ganas de ir hoy a ningún sitio.
Tu voz sonaba ronca, triste, como apagada, sin fuerzas y como si lloraras. Te pregunté:
- ¿Es que te pasa algo?
- Nada. Solo que anoche regresé tarde y ahora no me apetece otras cosas sino dormir.
Sin queja y, procurando animarte, te pedí que durmieras y que no te preocuparas del paseo que habíamos acordado. Que si a ti no te apetecía o no tenías ánimo, lo importante eras tú y no el paseo.
- Ya iremos otro día y, si no puede ser antes de que te marches, no pasa nada. Ahora, no te preocupes por nada y descansa.
Pero, al colgar, me sentí mal. A nadie dije una palabra. Ni siquiera lo escribí en mi cuaderno. Me resultaba extraño lo ocurrido y me quedé preocupado.

A las tres de la tarde te puse un mensaje: “Si estás despierta y te apetece ¿puedo llamarte para saludarte?” Esperé toda la tarde y no tuve ninguna respuesta. Ya por la noche te puse otro mensaje: “Te saludo y te deseo buenas noches”. No respondiste. Al día siguiente domingo guardé silencio. El último día me habías dicho que, con los amigos, ibas a ir a la playa. Pero por la noche otra vez te saludé. Lo mismo el lunes por la mañana y al mediodía te puse el siguiente mensaje: “Estoy preocupado ¿Te pasa algo?” No respondiste. Al caer la noche te imaginé en tu silencio y de nuevo te pedí permiso para llamarte. Tampoco dijiste nada.

Hoy ya es martes diecinueve de junio. Solo diecinueve días quedan para que te vayas y me encuentro triste. Escribo en mi cuaderno y no quisiera que fuera esto. Porque no me gustaría culparte de nada. Y menos criticar tu comportamiento. Tendrás tus razones y ni siquiera yo tengo el más mínimo derecho ni a pedirte explicación ni a que me las digas. Siento mucho que te haya hecho daño lo que, en las páginas de mi cuaderno, leíste. Y no me justifico. Pero estoy preocupado y me duele que, en tus últimos días en Ñapas, te suceda esto.


Tarde del martes: para ti todo mi respeto -21

Por el honor a tu persona y por el respeto que mereces ¿sabes lo que haré? No molestarte más. Esperaré a que pasen los días, teniendo presente en todo momento el último de tu marcha, y me mantendré alejado de ti y en silencio. Te pensaré a todas horas y rezaré para que no te sean muy duros los últimos momentos que por aquí vivas. No lo mereces sino lo contrario. Tú querías venir a Ñapas desde Nakab, tu ciudad en, para aprender el idioma y conocer personas y cultura. Sé que, porque en los días bellos me lo dijiste, venías muy ilusionada.
- Trabajé mucho y estudié con interés el español para ganarme el primer puesto. Y cuando, en mi universidad me dijeron que era la primera, no me lo creía. Conseguí la ilusión más grande de mi vida. Venir a Ñapas con una beca para practicar el español, enriquecerme con esta cultura y conocer gente. Todo aquí en Ñapas es muy distinto a lo de mi país. Y hasta las personas sois diferente. Y lo que más me gusta es la educación que por aquí, unos y otros, mostráis.

Por cualquier cosa, siempre pedís perdón y, a los ancianos, los tratáis con respeto. Allí en Tu país las cosas no son así. Las personas van a lo suyo y, en lugar de ayudar y respetar, si pueden, te insultan y maltratan. A los ancianos ni se les trata con educación ni se les tiene ningún respeto. Por eso siempre te habla de lo mal que se vive en mi país y de la pobreza, la falta de cultura y el poco respeto que tenemos unos para con los otros. Me gusta Ñapas, casi por todas sus cosas, pero más, por esto. Por el buen trato y comportamiento que las personas mostráis unos para con los otros.

Y, al recordar estas palabras tuyas, me lamento. Siento mucho que haya sido yo, el que aquí en Ñapas, te de este disgusto. Lo siento y no sé qué hacer y por eso pienso que lo mejor es no molestarte más. Dejar que pasen los diecinueve días que faltan para tu marcha definitiva y que Dios te bendiga y me perdone a mí. Pasearé por el jardicillo de las rosas recordándote, escribiré en mi cuaderno, iré por las calles de la ciudad para verlas y regalártelas ya que no pude explicártelas, como lo soñé, miraré al cielo en las mañanas, te pensaré todavía por aquí cerca, dejaré que me acaricie el viento de estas tierras que tanto te gustan y rezaré. Creo que es lo más correcto para que, aunque tú nunca ni lo veas ni lo sepas, sí lo tenga Dios en su seno.

Tú has sido buena conmigo, muy buena desde el primer momento y por eso de ti no tengo nada más que agradecimiento. Y no quiero que por aquí se quede, de tu persona, un mal recuerdo. No te lo mereces ni es bueno que se manche de tristeza la ilusión tan limpia que traías en tu corazón cuando llegaste, en el mes de octubre del año pasado, a esta ciudad de Ñapas.


Una carta de aquellos primeros días -22

Ni siquiera sé ahora como me salió pero fue para agradecerte uno de tus muchos detalles limpios. Una tarde, me regalaste con tu presencia y, al marcharte, quise agradecértelo. Siempre te he dado las gracias por todo. Por tu presencia, por tus palabras, por tu tiempo para conmigo, por tu paciencia y deseo de aprender de mí, por las cosas buenas que en el corazón llevas, por los trozos de tu vida que has querido compartir conmigo, por los sueños que sueñas, por tus luchas para hacerte mejor persona, por el esfuerzo en tus estudios, por tus sentimientos, por tu gracia… Por todo, por todo, siempre te he dado las gracias. Al quedarme solo o te ponía una carta o un sencillo mensaje y te regalaba con mi sincero agradecimiento. Esta es la carta que, de aquel día tan especial, conservo.

En esta tarde de domingo, mientras tú visita la Alhambra con tus amigas, yo pienso en ti y te recuerdo. Y te pongo estas letras para que lo sepas. Miro por mi ventana, veo el azul del cielo con sus cuatro nubes blancas y me digo que eres la mejor persona que en mi vida he conocido. Son las siete de la tarde. ¿Dónde estás ahora y qué haces?

¿Sabes? Quiero darte las gracias por tu visita del sábado por la tarde y por el regalo que me hiciste, los profiteroles con chocolate. Me dijiste que era lo que te habían dado en el comedor como postre y no te los comiste sino que los guardaste para traérmelos. Un gran detalle por tu parte que yo te agradezco mucho. Tanto como si me hubieras regalado todo el oro del mundo. Porque ¿sabes? Yo siempre he pensado que no importa el valor material que tengan las cosas sino el amor que se ponga en ellas y la sincera intención. Gracias amiga preciosa por la tarde que me regalaste, por tu sonrisa y los dulces con chocolate.

¿Y sabes qué otra cosa pienso mientras te recuerdo? Me digo que es una gran suerte haberte conocido. Porque tú, además de llenarme el corazón de belleza y despertar en mí mucha ilusión, me estás enseñando muchas cosas. Cuando me hablas de tu mundo, de sus personas, de tu familia, de tu novio Eduardo, siempre me digo que yo nunca habría sabido de esto sino te hubiera conocido. Y me gusta todo lo que me cuentas. Tu país es grandioso, son grandes tus padres y las personas que pobláis Tu país y eres grande y muy bella tú. Me siento orgulloso de haberte conocido y de que me enseñas la belleza y los sueños que llevas en tu alma y corazón y las cosas de tu tierra.

¿Y sabes qué es lo que más me gustaría? Que siguieras siendo mi amiga siempre, aquí en la tierra y allá en el cielo. Que me siguieras regalando tu sincera y limpia amistad. Me gustas como eres. Me fascina la belleza que tienes en tu corazón y alma y me llena de gozo saber que eres de tierras tan lejanas. Tienes dentro de ti un mundo maravilloso que me gusta por encima de todo. Eres preciosa y es preciso todo lo que sueñas, tu país, sus tierras y sus personas. Quisiera seguir aprendiendo de ti para conocerte mejor y conocer todo lo que es parte de tu vida y persona. Gracias a ti hoy me siento más universal, sé que el mundo es bello porque hay personas como tú y sé que tú eres necesaria en este mundo. Eres una gran mujer, bella y buena, y con muchas cosas valiosas para dar a los demás. Para hacer mejor a las personas y que sea más bello el mundo.

Gracias sinceras. Ser tu amigo creo que puede servirte para crecer en belleza y como persona y para sentirte bien. La felicidad a veces consiste solo en abrir el corazón y dejar que de él salga el amor que llevamos dentro. Amar limpiamente y dejarse amar puede que sea lo más inteligente y necesario de cuantas cosas hagamos en esta tierra. Gracias y besos.


Te regalo, mi paseo en solitario por calle Elvira, antes de que te vayas -23

Por esta calle Elvira sí has venido muchas veces. Solo dos veces la he recorrido yo contigo. El día que fuimos con tu amiga a ver las cruces de Danag y la tarde que, también con una amiga tuya, estuvimos en el barrio del Albaicín. Por calle Calderería también pasamos al volver. ¿Lo recuerdas?

Yo debiera haberte preguntado a ti, cuando aquellos días bellos, si te gusta esta calle Elvira. No sé si la recordarás cuando ya estés en Tu país. Quizá en los primeros días pero ¿cuándo pasen los años? Para mí no es una calle bella. Por ella siempre hay gente y, sobre todo, jóvenes. Hippies, extranjeros y estudiantes. Es una antigua calle que, paralela a la Gran Vía, recorre Danag por su centro. Desde Plaza Nueva hasta Puerta Elvira y se acerca a los Jardines del Triunfo. Esta tarde, contigo en mi corazón y ausente, la recorro, la miro, la gusto y te la comento.

Avanzo por ella y por la derecha me va quedando el barrio del Zenete. En lo más alto se recuesta el Albaicín. ¿Sabes? Cuando yo era joven y mi corazón estaba lleno de energía, me pasaba los días regalando cosas a las personas. Siempre soñaba con personas amigas que no llegué a conocer nunca. Entre ellas, estabas tú, seguro. La primera aunque nacerías muchos años después. Y, en aquel sueño mío de mi edad primera, siempre te imaginaba bella. Como revoloteando por los bosques y jugando con las limpias aguas de los ríos. Y, por eso, todo lo que me encontraba te lo iba regalando. Sin saber tu nombre aun, sin haber visto tu cara, sin haber escuchado tu voz. Pero yo era feliz regalándotelo todo porque ya te sentía amiga.

Ahora que han pasado tantos años y mi cuerpo ya no es tan joven, todavía mi corazón sigue soñando. A veces me entran ganas de romperlo todo y de irme a no sé qué país lejano. Busco amigos por todos sitios y busco quien me de una mano. Me siento solo casi siempre. Como esta tarde mientras recorro esta calle y te añoro. Y también me pregunto que ¿cómo puede ser que las personas no sepan que voy por aquí regalando cosas? Porque, a pesar de que no tengo nada, ni siquiera a ti, lo regalo todo. La vida entera me la he pasado regalando el mundo. Y me pregunto que ¿cómo puede ser que haya tantas personas que nunca regalen nada? Ni un saludo, a veces, cuando es tan poco cosa y vale tanto. Sé que tú no eres así. Aunque esta tarde solo tenga de ti soledad ¿a que tu corazón es generoso y está lleno de agradecimiento y lo regala todo? Tienes que ser así porque si no dime ¿cómo es que yo te conozco, aun antes de que hubieras nacido y siempre te lo he regalado todo?

Ahora ya te conozco y por eso esta tarde, una vez más, te regalo esta calle Elvira, todo lo que por ella ven mis ojos y todo lo que mi corazón sienta mientras la recorro. Y te lo digo para que lo sepas. Me he pasado la vida regalando la vida y el mundo. Y, ahora de ti, solo tengo ausencia. Pero no importa. Te vuelvo a regalar calle Elvira, su silencio, las cuatro personas que por ella pasan, el asfalto, las casas y el recuerdo que de ti tengo por aquí. Siempre que paso por esta calle no hago otra cosa sino mirar y soñar. Y, lo que más me sorprende son los hippies que por estos sitos hay. Jóvenes como tú pero sucios, con los pelos largos, descalzos, mal vestidos… y libres. Quizá esto es lo que más me atrae en ellos. Que hacen de la libertad su sistema de vida. Como tú y como el sueño que yo tenía en mi corazón cuando era joven. Al ver a estos jóvenes siempre me hago preguntas pero nunca les pregunto a ellos. ¿Por qué no? Tampoco yo a ti te he preguntado muchas cosas. Solo algunas, con mucho tacto para no herirte y cosas corrientes.

Antes de llegar al Arco Elvira, a la derecha, hay una tienda. Vende alimentos típicos de estas tierras y también ponen tapas. Aquí te paraste aquel día con tu amiga, la profesora de ruso y venida de tus tierras. Ella estuvo comprando algo. Te dije:
- ¿Quieres que te regale una botella de aceite de oliva virgen? Es un producto especial de estas tierras andaluzas. Y, el que venden aquí, es de gran calidad.
Me dijiste que no necesitabas que te regalara nada. No me sentí ofendido pero te lo ofrecía desde la sinceridad más pura.

Seguiste mirando. Solo miraste y no compraste nada. No sé por qué. Alguna vez he llegado a pensar que a ti te sobran muchas cosas en esta vida aunque, en el fondo y como a tantos, también te falten muchas más. Las esenciales, las que no se ven con los ojos de la cara pero si sostienen y elevan. Y, al salir de este antiguo arco, puerta de la vieja muralla, hay una pequeña plaza. Ahí te sentaste. El día que volvías con tu otra amiga del Albaicín. Ya caía la noche.

Charlamos un rato y luego, en el bar que hay cerca, estuviste tomando una cerveza con tapa de salmorejo. Me dijiste que te gustó y que era la primera vez en tu vida que lo probabas.
- Las comidas de Ñapas son muy diferentes a las de mi país pero a mí me gustan. Son ricos en productos que nosotros allí no tenemos.
Me sentí orgulloso al oír de ti estas palabras. Tú valoras mucho, mucho todas las cosas que encuentras en este país y en Danag.

El banco de la plaza, está vacío esta tarde. Nadie lo ocupa y es extraño. ¿Dónde están las personas? ¿Quizá como tú, en la playa? Un pequeño árbol arropa con su sombra al banco que, a partir de aquel día, tiene y tendrá tu nombre. Y aquí me paro. Miro para arriba, a mi derecha y a la izquierda. Todo solitario. Y tú, sin embargo, estás aunque ausente, por todos lados. Me vuelvo y al ver el arco recuerdo que quisiste hacerte una foto para el recuerdo. Ya era de noche pero salió bonita la foto. Sobre el tronco del árbol y el banco donde estuviste sentada, me apoyo y miro. Miro, escucho, quiero decir algo que condensara el momento pero no sé. Solo lo medito y dejo que me acaricie el viento. ¿Volverás algún día más, antes de irte, a sentarte en este banco?

Ahora recuerdo que, en el centro del barrio del Albaicín y junto a la iglesia del Salvador, también hay otro banco como este de Puerta Elvira. Cuando una tarde estuviste por allí, al verlo, te sentaste y le dijiste a tu amiga:
- Este sitio ya sí lo conozco.
Te pregunté:
- ¿Desde cuando y por qué?
Me dijiste:
- Cuando vine a Ñapas por primera vez, en el mes de octubre, subí al Albaicín para verlo. En aquellos días yo estaba triste, muy triste. Me acordaba mucho de nación y de mi novio. Me sentía sola. En este banco me senté y aquí estuve, conmigo y la tarde, varias horas. Meditando mis cosas y bebiendo la tristeza. Por eso ahora lo recuerdo y por eso quiero que me hagas una foto.

Y para mí me dije: “¡Qué curiosa historia y qué momento aquel cuando aun no te conocía ni sabía que existías ni que andabas por Danag!” Qué curiosa es la vida y cuantas sorpresas bellas y extrañas, tiene escondidas en cualquier repliegue de la tarde, del día, del sol, del silencio… Los cinco bancos que hay en esta plaza, frente al Arco Elvira, siguen solitarios. Y también es extraño porque, casi siempre que he pasado por aquí, Los he visto ocupados. Pero esta tarde ni siquiera el que ya te pertenece tiene dueño. Miro y, al volverme para el Arco, porque ya me voy a despedir, en la pared descubro un rótulo. Escrito en italiano leo: Grazia, Italia. La primera palabra en rojo y la segunda en verde. Y, claro que me acuerdo de ti. Tu italiano. Hace pocos días te has examinado y el viernes próximo, según me dijiste, tienes el último examen oral. Ya sabes italiano y, mira por donde, junto al banco donde aquel día estuviste sentada, alguien lo ha escrito. Sigo.

Comienzo a subir por la calle que se llama Acera de San Idelfonso. También es esta una calle extraña. Siempre me parece solitaria aunque tiene árboles. A la derecha queda un edificio que ahora es algo del ejército español. Al pasar por aquí, la tarde que estuviste sentada en el banco, pero cuando subías para ir al barrio del Albaicín, te comenté lo que en este edificio hay ahora. Te quedaste mirando como si pretendieras descubrí algo concreto. Justo ahora mismo las campanas de la iglesia suenan. En los columpios del jardín, pequeño y con cuatro naranjos pero sí con una fuente y algunos bancos, unos niños juegan. Y me viene a la menta tú cuando pequeña. Me enseñaste unas fotos aquel día ¿no te acuerdas?

No me gusta ni esta calle ni jardín ni la plazuela. Todo es feo pero es una calla más de Danag por donde has pasado muchas veces. Al final, donde comienza Real de Cartuja, queda el Hospital Real, rectorado de la Universidad de Danag. Recuerdo ahora que hace dos años, también al comienzo de curso, conocí a tres chicas de tu mismo país y ciudad. Ya te dije sus nombres. Un día, al comenzar el curso, vinieron a este edificio para solicitar trabajo. En la estación de Esquí de Sierra Nevada. No se lo dieron pero ellas sí estaban muy ilusionadas. También está hermanada, con tu ciudad nación, este rincón, este sitio de Danag.

Ya voy por el final de Real de Cartuja. Recuerdo que aquella tarde, al volver del barrio del Albaicín, tu amiga se paró y se compró un bocata. Decía que tenía hambre y que le apetecía al verlo en el escaparate. Esta tarde de domingo, este trozo de calle, también me lo encuentro solitario. Solo dos chicas bajan desde la parte alta y no las conozco. A muy pocos conozco yo en Danag. ¿Y sabes en qué estoy pensando? Que este archivo digital donde he ido recogiendo la soledad de la tarde, a lo mejor un día, en algún momento, te lo mando.

Se me acaba Danag y me aproximo a la residencia donde te refugias. Nada tengo para decirte aunque me hierve la sangre. Sé que por aquí tú has pasado casi un millón de veces a lo largo del año. Pero imagino que, en estas veces que has pasado por aquí a lo largo del año, sí habría mucha gente. En los días de clase todas estas calles parecen enjambres de tantos jóvenes. Hoy, nadie, nadie. Cruzo y me dispongo a subir la cuesta que lleva al rincón donde te refugias. Comienzo la subida. Por aquí el sol sí da con fuerza y quema. Son las siete menos cuarto de la tarde. La cruzo y la miro. Solitaria tanto o más que mi corazón. Solo un coche sube y otro baja.

Miro a la acera y, cuántas veces te veo subiendo y bajando a lo largo del curso que ya se acaba. En los días de invierno, con el frío, con la lluvia, con el viento… Luego ya después en la primavera y ahora en estos primeros días de verano. Y sin embargo, hoy la calle, solitaria por completo. Y más solitaria estará dentro de unos días cuando ya te hayas ido. ¿Que si tengo alguna pregunta que hacerte según voy subiendo la cuesta? Sí, creo que sí. No una si no un millón. Pero ni te las puedo hacer ahora ni sé si podré hacerlas algún día. Por ahora las dejo dentro de mí como tantas y tantas cosas.

Ya he subido. Aunque hace algo de fresco y ahora se ha nublado, sudo. Al frente veo la residencia. Nadie en la puerta, sí varios coches. Ya algunos se han marchado o están a punto. Y hoy, como es domingo, muchos, como tú, están fuera. Se acaba la cuesta. Como tu curso, como tus estudios de español en Danag. Se acaba y ya, a partir de aquí ¿qué es lo que queda? Indudablemente que tú quedas aunque te marchas. Y más quedarás en tu país. Pero ahora solo se oye el silencio, miro y todo se muestra solitario, como ya te he dicho. Se mueven las ramas de los árboles, el sol cae y quema. Voy sudando.


20 de junio: de ti me quedan muchos recuerdos -24


Dieciocho días solo te quedan en Ñapas. Y sigo sin saber nada de ti. Pero, cuando te vayas, de ti me quedarán muchos recuerdos. Y uno de ellos son tus palabras. Tan agradecido me he sentido y tan fascinado por todas las cosas que siempre me has contado de tu país, que un día te dije:
- Quiero que me grabes los sonidos del alfabeto cirílico.
Me preguntaste:
- ¿Es que vas a aprender el ruso?
- A mi edad ya no lo necesito. Estoy seguro de no ir nunca a Tu país pero por capricho y para que te quedes más por aquí cuando te vayas, voy a practicarlo. No llegaré a nada pero cada persona pierde el tiempo en aquello que quiere y le gusta. Yo quiero emplearlo en aprender algo de ruso, en honor tuyo.

Y, aquella tarde, sentado en el jardincillo de las rosas, recibí de ti la primera clase. Cogiste la grabadora y el papel donde estaba escrito el alfabeto cirílico y comenzaste a leer despacio. Primero las letras y después los sonidos. Cuando terminaste me diste la grabadora y me dijiste:
- Ahora ya tienes lista la primera clase. Esto es para ti. Para que practiques y pronto puedas hablar el ruso.
Me sentí satisfecho. Como el niño que tiene en sus manos el premio que siempre ha soñado. Te dije:
- Aunque nunca llegue a hablarlo me emociona y me hace mucho bien tener de ti este recuerdo. Como si fuera un sueño, esperado a lo largo de mucho tiempo y, hoy ya por fin, alcanzado.
Y de verdad que me sentí orgulloso de que, una chica como tú, hermosa y con tanta cultura, tuviera conmigo tan especial detalle. Te dije, de nuevo:
- Guardaré, mientras viva, el sonido de tus palabras y cuando muera, que alguien las ponga junto a mi cuerpo para llevármelas conmigo al cielo. Allí espero encontrarte. Estoy tan seguro. Que ya, hasta sueño el momento del encuentro para recibir de ti el notable, el aprobado o el suspenso.

Desde aquel día, ya más de mil veces te he escuchado. Todavía no he aprendido mucho, solo distingo los caracteres cuando los comparo con los el alfabeto latino, pero no me importa. Sé que tengo de ti un gran tesoro y solo esto me deja lleno, muy lleno el corazón. Pongo la grabadora, te oigo hablar, pronuncio yo también y los grabo en la misma grabadora para ir comprobando mi progreso. Y, desde aquel día y ahora mismo, me digo que, cuando ya no estés, al caer las tardes saldré al jardincillo de las rosas y me pondré a escucharte. A oír tu voz pronunciando los sonidos de tu lengua. Para que no te me olvides tú ni se me borre de la memoria tu tierra, los sueños que has compartido conmigo y todas las cosas bellas y buenas que en el corazón llevas. De este modo, te mantengo cerca, viva, fresca… Con la dignidad que mereces y crees que merecen las tierras y las personas que has conocido, en Ñapas, este año.

Porque ¿sabes? Una de las cosas que no quisiera, ni ahora ni luego, es tener en mi mente, de ti, imágenes negativas. Voy a procurar, si en algún momento acuden imágenes de estas a mi mente, apartarlas de mí enseguida. Creo que no me serviría de nada recordarte o imaginarte como algo oscuro, triste o con manchas. Esto solo dejará tristeza en mi alma y no la alegría y transparencia que, en todo momento, yo he querido darte. Porque pienso que, aunque tú no hubieras dejado dignidad por estas tierras con tu presencia, persona y comportamientos, yo sí debo poner de mi parte para que todo lo que haga o diga de ti, sea digno, excelente, bello, claro... Es lo que mereces.


Una reflexión por si te sirve para algo -25

Por el jardincillo de las rosas, esta tarde de cielo azul y nubes blancas, me he ido a dar un paseo. Contigo en mi pensamiento sabiendo que todavía estás en Ñapas pero, para mí, toda silencio. Como trazando muralla para separar la tierra de los rincones del cielo. Y, conforme he ido rozando las ramas que, en aquellas tardes, tú acariciabas, mi corazón te sentía. Sin querer, se me han caído algunas lágrimas y, también sin querer, al viento le he ido diciendo que eres necesaria.

Y luego, sin pretender hacerte daño si no engrandecerte, me he dicho que cuando en la vida no actuamos con inteligencia, muchos de nuestros comportamientos, se hermanan con la miseria. Vamos poniendo remiendos, por aquí y por allí, para seguir adelante y esto solo vale para enmascarar. Para comportarnos como ladrones, cogiendo de los otros todo lo que se nos pone al alcance de la mano. No es este proceder digno sino deshonesto y miserable. ¿Y sabes lo que pienso de esto? Que personas así hacen mucho daño el mundo y a lo bueno. ¿Qué puede aportar, a la sociedad, aquel que solo busca aprovecharse y robar?

Y yo de ti no tengo esta percepción. Y, no pretendo señalarte pero, en muchos momentos me digo que la inteligencia sin educación también genera comportamientos mezquinos. No se arregla todo en esta vida solo con la inteligencia. Hace falta, además, actuaciones dignas, llenas de educación, lo más vacío posible de amor propio y humildes. Porque nada hay más repugnante a las personas que creerse superior y aprovecharse del sencillo que nos abre su corazón. ¿Que por qué te comento estas cosas? Porque quiero que sepas que, en algún momento, no me han quedado a ti claras tus formas. O no he comprendido yo o tú no has actuado con dignidad y educación. Porque le doy vueltas, en mi mente, a tu proceder en estos últimos días en Ñapas, y no lo entiendo. No entiendo tu silencio, no dar la cara, no hablar, tu honda ausencia y marcharte de espaldas a la realidad. Porque esto es de un comportamiento fuera de la más elemental educación. Ni te mejoras a ti ni dignificas al mundo ni me ennobleces a mí.

Y cuando medito y me pregunto llego a la conclusión de que, quizá te comportas así, porque eres joven. Porque todavía te falta mucho que aprender de esta vida aunque, como tantos, digas que los inmaduros son los otros y que eres una incomprendida. Que tú estás en la verdad y los demás equivocados. En la vida ¿sabes? no se arregla todo con tener cultura y experiencias y amigos. Hay que llenar el corazón de sentimientos nobles, puros, claros y usarlo todo con inteligencia para que, el respeto a los demás, siempre sea lo primero. Para que la dignidad sea tu mejor imagen y, la sencillez y educación, tu mejor traje. Porque nada hay más bello en una chica culta y hermosa como tú que la pureza del corazón, el buen trato para con los otros y el respeto. Son las armas más importantes para cambiar a mejor este mundo y para ayudar a las personas a que sean buenas.

Te pido perdón, mujer de corazón hermoso y te pido que sepas aprovechar las cosas que te salen al camino que recorres. Es necesario bregar por lo que luchas tú pero procura, en la medida que puedas, hacerte siempre digna y hacer dignos a los que vayas conociendo y a los que quieras. Las personas, todos, tenemos corazón y alma y soñamos, a veces, con las estrellas.


Cada día espero una señal tuya - 26

Cada día, como niño que necesita del cariño de su madre, he esperado una señal tuya. Una carta, un mensaje, una respuesta, una llamada… Cada día por la tarde y por la mañana he mirado ilusionado, esperando, siempre, encontrar algo. A pesar de tu silencio, a pesar de que seguro tu corazón ya está más en Tu país que en Ñapas, no se ha apagado en mi la esperanza. No se me ha muerto la ilusión. La alegría de saber de ti no se ha ido nunca de mi alma. Siempre sabía que una simple señal me habría resucitado porque, la llama de tu luz en mi corazón, cada día se ha mantenido viva.

¿Y sabes? A pesar de no recibir nada, siempre la ilusión ha sido tanta, que daba y doy por bien vividos los momentos malos. Como si olvidara el olvido que de ti he recibido. Como si no me importara la oscuridad que recibía. Y es cierto, porque te digo que nunca he llegado a conocer los motivos que has tenido para no regalar vida. Que una chica tan fantástica como tú no sea capaz de aportar a este mundo alegría, luz, belleza, energía, no lo he podido entender ni lo entiendo.

Porque pienso que todas las mujeres tenéis una gran misión en la tierra. El más grande y digno cometido que existe. Las mujeres, todas, sois pilares del cielo, belleza del mundo, fuerza del corazón, esperanza de la vida, alimento del alma, la vida misma… Y para los poetas, escultores, escritores, pintores, para todos los que llevamos sensibilidad en el alma, las mujeres sois la poesía. El libro más bello nunca escrito. Por eso las mujeres sois tanto en este mundo.

Y a ti mis ojos te han visto admirable y, además, mujer. Hermosa, culta, sencilla, llena de sensibilidad y con grandes deseos de cosas buenas. Es justo y es digno dar por ti gracias al cielo. Y por todo esto no puedo aceptar que, a lo largo de tantos días, hayas guardado silencio. Ni un mensaje ni una carta ni una llamada ni una sencilla respuesta a mis saludos… Nada. Me has sorprendido tanto que todavía no me lo creo. No, lo entiendo. No es digno que de ti salgan estas cosas. Tú no puedes ser tan oscura, tan fea por dentro, cuando por fuera brillas tanto. No puedes ser amante de lo ingrato, de lo descortés, de lo falso, de lo triste, de lo opaco. No puedes albergar en tu corazón estas miserias. Porque ¿sabes lo que siento si en ti ocurriera esto? Que serías una mujer poco afortunada, poco feliz, poco agraciada, aun teniendo tanto.

Pero no me desanimo. Por si acaso, en los días que aun te quedan por aquí, ni me hablas ni nos vemos, me consuelo pensar que, al menos, el último día, sí nos despediremos. Necesitaría más de ti pero, aun pensando y poniéndome en lo peor, espero la llegada del día de tu marcha, ocho del mes próximo. Me levanto el ánimo imaginando que, una vez más y por último en esta vida, podré verte, oír tu voz, desearte suerte y decirte adiós. ¿Será posible? Porque también para este día, ando ahora, redactando una carta. Intento explicarte en ella lo que no he podido de palabras y te pido perdón. Para que sepas que en mí no hay hacia ti ningún rencor sino todo lo contrario. Espero, el último día, poder decirte adiós y entregarte la carta que escribo para que te lleves contigo mi respeto.


21 de junio: ¿Qué es lo que estos días piensas y sueñas? -27

Me gustaría saber lo que, por tu corazón y alma, pasa en estos días. Los últimos para ti. ¿Te entristece algo? ¿Te preocupa tu marcha? ¿Heces recuento de lo que por aquí te ha pasado? ¿Te duele perder a los amigos, conocidos? ¿Te ilusiona la vuelta a tu casa? ¿Crees que por estos lugares ya se queda para siempre un trozo de tu alma? ¿En qué piensas cuando te encuentras a solas por las noches en tu cama? Me gustaría oír de ti una respuesta a estas preguntas y a otras. Por la satisfacción de compartir y, conocer un poco mejor, tu alma. El alma de una chica rusa en tierras lejanas.

Por primera vez en mi vida, ya con tantos años, vivo una experiencia como esta tuya. Y no dejo de pensarla y de buscar la manera de conocerla algo. Que una chica tan joven y fuerte como tú se haya venido de su tierra un año entero, aun país extranjero, para mí es interesante. Has tenido que dejar a los tuyos, tus cosas, tus amigos, tu novio, tus sueños para venirte tan lejos. Para aprender y hablar otro idioma, para conocer otra ciudad, para comer otras comidas, para respirar otro aire… Pero todo esto, en ti, no me asusta. El deseo de aventura es algo normal en las personas jóvenes como tú. Sin duda que eres valiente y tienes fuerza de voluntad. Yo no lo habría hecho. Porque pienso que, por muchas ganas que tengas de conocer cosas nuevas y gente, los pies los tienes sobre la tierra. Y la tierra no es fácil vivirla, aunque seas joven y tengas fuerzas.

Por eso te repito que me gustaría mucho saber lo que, por tu alma y corazón, pasa en estos días. Porque ahora, aunque debe ilusionarte saber que vuelves a tu país, de aquí te marchas. Sabes cierto que tienes que irte dentro de unos días. Y, aunque esta tierra no es la tuya ni por aquí tengas casa, seguro que te duele dejarla. Seguro que en el alma te tiemblan los sentimientos, alocados, sin control, amontonados… gritando cada uno cosas diferentes. ¿Puedes controlarlos? ¿Sabes a cual de ellos debes hacer más caso? ¿Descubres con claridad cual es el verdadero y cual es el falso?

Todas estas preguntas y reflexiones me hago cada vez que pienso en ti. En esta tarde fría, ya pórtico del verano y todavía tú por aquí, aunque ni sepa dónde estás ni qué haces. Y te repito que me gustaría conocer a fondo la realidad de este momento. ¿Es doloroso para ti o no lo es tanto? Si me lo contaras, si pudiera oír tu voz, con interés te escucharía y lo recogería todo para escribirlo en mi cuaderno. Para que nada de lo que sientas en estos días, medites o sueñes, se quede perdido. Creo que sería interesante y tendría mucho valor para la historia tuya, para mí y para otras personas. Por eso pienso y me quejo que es una pena no poder, en estos días, ni verte ni hablar contigo. Es una pena que cosas tan valiosas, tu visión del mundo en momentos tan concretos, nadie pueda conocerla para escribirla y que no se pierda.


Tu bicicleta, mi regalo, cuando te vayas -28

Un día, sin que yo te preguntara, me dijiste:
- Cuando me vaya de Ñapas te voy a regalar mi bicicleta.
Supe, en ese momento que este año aquí en Danag, has tenido una bicicleta. Y no me sorprendió sino que me gustó. Quise preguntarte si te la habías traído de Tu país pero no me atreví. Nunca me he atrevido a preguntarte nada de tus cosas, de tu vida, de los tuyos, de tu mundo… por respeto. Pero sí pensé y, todavía pienso, que seguro tu bicicleta la habías comprado en Ñapas. Te pregunté:
- ¿Te gusta a ti montar en bicicleta?
- Mucho. Y siempre voy sola. Todas las avenidas de este campus universitario ya me las conozco de memoria. Y a ti ¿te gusta montar en bicicleta?

Te dije que ahora ya no tanto pero sí cuando pequeño. Y luego, satisfecho de tu ofrecimiento, te pedí:
- Pero cuando te vayas regálame tu bicicleta. La guardaré conmigo de recuerdo y, cuando ya no estés, me daré paseos por los mismos sitios que has recorrido tú.
- Cumpliré mi palabra.
Y me sentí bien, muy contento. Era un detalle por tu parte hermoso y bueno. Y, para mí, tener en mis manos tu bicicleta cuando ya no estés en Ñapas, significa mucho. Así te lo dije y así lo guardo conmigo desde aquel día.

Poco después, también una tarde, al pasar por la puerta de tu residencia, miraste para la entrada y me dijiste:
- Esa que hay ahí es mi bicicleta.
A la entrada, al lado izquierdo, vi unas siete u ocho bicicletas, casi todas nuevas. Para asegurarme te pregunté:
- ¿La del color verde?
- Sí, la última.
Y, desde la entrada, unos diez metros, me fijé. Me emocionó solo verla y de nuevo acaricié el momento de tenerla en mis manos el día que me la regalaras. Y, ahora que ya la había visto, me dije muy emocionado, que tu oferta era un gran regalo. Y ya pensé dónde guardarla para que se conservara bien y me durara mucho tiempo. Te adelante algo:
- Junto al jardincillo de las rosas, el que a ti te gusta tanto, ahí es donde voy a guardarla. Para que no se moje cuando llueva y para que pueda lavarla cada vez que vuelva de paseo y se me manche de barro.

Aquella tarde ya no hablamos más de tu bicicleta, mi regalo cuando te vayas. Pasó el tiempo. Un mes y medio largo y yo no olvidé ningún día que me tenías ofrecida tu bicicleta. Ningún día lo he olvidado y menos esta tarde. Ya hace siete días que nada sé de ti. Ni una palabra, ni un mensaje, ni una carta. Ahora mismo, cinco y media de la tarde, me gustaría oírte porque todavía vives cerca. Me gustaría que se rompiera este silencio que ni siquiera sé por qué es. Pero te repito, debo respetarte porque este fue mi compromiso secreto para contigo desde el primer día que te vi. Tenderte mi mano, facilitarte la vida y los momentos en este país extranjero para ti y respetarte. No solo en tu persona y como mujer si no en tus pensamientos, creencias, deseos y sueños. Porque he sabido, desde el primer día, que lo mejor que de mí podía darte eras sencillamente esto: agradecimiento, admiración y respeto. No podrás tú contar, cuando vuelvas a tu tierra, otra cosa de mí. Y de esto sí que me alegro.

¿Y esta tarde, primer día de verano y aquí en Ñapas? Te recuerdo, rezo por ti, escribo en mi cuaderno y te sigo ofreciendo mi respeto. Me está costando mucho comprender tu silencio pero te respeto. Sé que sigue siendo lo mejor que de mí puedo darte. Y me pregunto: “¿Sigues tú manteniendo tu palabra de regalarme tu bicicleta cuando te vayas?” Me gustaría que así fuera porque hoy es más valiosa para mí que aquel día.


22 de junio: primer día de verano -29

Hoy es viernes y, entre otras cosas, recuerdo que el día que te regalé la Biblia me dijiste:
- Mis profesores de italiano me han dicho que tengo que hacer otro examen. Oral y será el viernes próximo.
Y me seguiste contando que, como no te lo había comunicado antes, te enfadaste con ellos. En aquel momento me parecía todavía lejano el viernes próximo que hoy llega. No te he visto en todo este tiempo ni sé nada de ti pero sí recuerdo que ha llegado el día de tu examen. El último que tienes en aquí en Ñapas. Te deseo suerte y espero que saques, como mínimo, un notable alto. Y espero que, a partir de ahora, ya hables otro idioma. Es lo que te gusta y por eso luchas y te ilusionas.

Hoy también es primer día de verano. Y recuerdo que en otoño, mes de octubre, fue cuando llegaste el año pasado. Todavía no habían caído las primeras nieves en tu país pero tú venías ilusionada con el sol de Ñapas. Desde Tu país, vosotros veis a Ñapas como un país de ensueño y, especialmente os atrae de aquí, el sol del verano. Y a nosotros nos ocurre lo contrario: en cuanto llega el invierno, siempre estamos deseando que nieve y que se cubran de blanco las ciudades, las montañas y los campos.

Yo te vi por primera vez, no en octubre cuando llegaste, sino en marzo. Seis meses después. Justo cuando, una amiga tuya, también de tu ciudad, se marchaba. Te dije que me alegraba verte y, de verdad, que era cierto. Era aquel día ya final de marzo y comienzo de la primavera. Ni hacía frío ni hacía viento ni había nubes en el cielo. Como cuando llegaste a estas tierras en el otoño pasado. Como este primer día de verano, desde el que te recuerdo. Y, aquel día del encuentro no fuimos a la Alhambra porque, tu amiga y tú, me pedisteis que os llevara a la montaña. Así lo hice y fui feliz porque, bien sabes tú, que la montaña es mi mundo. ¿Y sabes qué fue lo que más me gustó de ti, en aquel primer día de la montaña? Verte, a cada momento, mirando y observando despacio todo lo que íbamos encontrando. Las hormigas en sus hormigueros, las abejas libando en las flores de los romeros, las arañas tejiendo sus redes, las mariposas, la corriente de los arroyuelos… Todo, todo y, ante cualquier cosa, te paraba y en ella te concentraba preguntando:
- ¿Tú sabes cómo se llama? Porque en mi nación nunca he visto ni estas flores ni estas matas ni estos insectos.
Quizá tú no lo advirtieras pero yo ese día sí descubrí en ti una condición muy buena. Tu interés por aprenderlo todo, tu deseo de conocer, tu inteligencia, la disposición de tu corazón para absorber lo nuevo y tu respeto por lo bello. En esto me gustaste mucho. Tanto, que ya desee ser tu amigo especial. Más que nada, para aprender lo que siempre he soñado y va conmigo desde pequeño. Sabes a qué me refiero.

Y, sin decirte nada, me decía a mí que llevas en tu interior un interés especial por las montañas. ¿Me equivoqué? Pero aquel día resultó muy interesante porque se despertó en mí un gran interés por ti. Descubrí tu belleza interior y me resultó cautivadora. No te lo dije pero creo que lo adivinaste. Porque, a partir de aquel día fuiste buena, muy buena conmigo. Agradable, sincera, educada, respetuosa, siempre enamorada de la libertad y del gozo de la vida y de las cosas.

Unos días después se marchó tu amiga, a tu ciudad, a tu tierra. Y, a los dos o tres días, me dijiste que ella no era buena chica. Que no era tu amiga de verdad.
- ¿Por qué no?
Te pregunté.
- Es una chica muy rara y a mí no me cae bien. Y lo que siento es que la tendré que aguantar un año más en la universidad cuando vuelva.
No te dije nada pero me quedé extrañado. Por primera vez descubría que no todo el mundo es tu amigo. Y me preocupó porque se trataba de una chica como tú, de tu misma ciudad y país y compañera de universidad.

En el mes de octubre el año pasado no te conocía y sí que me habría gustado. Te conocí al comenzar la primavera y me alegré. Hoy es primer día de verano y, a tres meses de haberte visto la vez primera, estoy sin ti. Esperando, cuando no lo quiero, que llegue el día ocho de julio. Te marcharás a tu país y, ya por aquí, solo me quedará recuerdo.

Te pido, en estos momentos, perdón, te deseo suerte en tu último examen y, que el verano que hoy comienza, te regale su sol. El sol de Ñapas que tanto te gusta y que todavía podrás disfrutar unos cuantos días.


Carta pidiendo perdón -30

Y esta tarde, primera del verano y dieciséis antes de tu marcha, me he puesto y te he escrito una carta. Lo venía pensando desde hace días y ya la he madurado. Mi deseo es solo que sepas que estoy preocupado. Que, a pesar de no querer darle vueltas a las cosas, no puedo. Y, había pensado, una vez escrita, guardarla y mandártela el último día que vivas en Ñapas. Pero he cambiado de idea. Si te la mando ese día no tendrás ninguna posibilidad de darme una respuesta. Pero si te la mando ahora, todavía dieciséis días antes de que te vayas, sí tienes tiempo de responder lo que quieras. Hagas lo que hagas, respetaré tus deseos. Estás en tu derecho. A continuación pongo el texto de esta carta.

¿Cómo estás? En estos días te recuerdo, te echo de menos y estoy preocupado. Como no sé nada de ti pienso que a lo mejor te has enfadado. ¿Te he hecho algo que no te ha gustado? ¿No me he portado bien contigo? Si ha sido así te pido perdón. Es error mío. No he tenido mala intención. Por nada del mundo quisiera ofenderte ni darte malos tratos. Sabes que te valoro mucho. Porque siempre me has tratado como a un buen amigo. No puedo obviarlo.

Desde el primer día, te has portado bien conmigo. Has sido cariñosa, transparente, respetuosa, sincera… Como si me conocieras de siempre. Y, de que hayas hecho esto conmigo, te lo agradezco. Siempre me gustó tu exquisito trato. Por eso me agradaba hablar contigo, verte, compartir cosas… Y tú siempre has correspondido con generosidad. Sé que me has dado y compartido lo mejor de ti.

Por eso tantas veces te he dicho y, no me cansaré de repetirlo, que eres preciosa. Bella en tu rostro y alma, culta, inteligente, generosa, buena… Eres una gran mujer. Te lo digo y así lo siento en lo más sincero. Y también te digo que de ti he aprendido mucho. Razón por lo que me ha gustado tu amistad. Porque has comunicado y me has enseñado cosas, para mí, muy valiosas. Y me las has transmitido con dulzura, respeto…

Te aprecio mucho. Eres sincera y te has comportado muy bien. Así que de ti solo tengo recuerdos maravillosos. Nadie ha sido tan bueno, nunca conmigo, como tú. Y por esto, estos días estoy preocupado. Al no saber de ti ni verte pienso que a lo mejor estás ofendida. Aunque puede que no porque sé que eres humana y no te enfadas por cualquier cosa. Pero yo estoy preocupado. Creo que algo no lo he hecho bien y a ti te ha molestado. ¿Ha sucedido esto?

Sí ha sido así te ruego, por favor, que me lo digas. Ha sido un error mío y por eso te pido perdón. Todos los humanos, queramos o no, un día nos equivocamos. Y yo, seguro que también no tratándote como mereces. Enséñame en qué he fallado, cual ha sido mi error, mi mal comportamiento. Indícamelo, por favor, para que me dé cuenta y lo corrija. No quiero ser mala persona. Pero como humano y aunque sea mayor que tú, he podido equivocarme. Probablemente me he equivocado, sin querer.

Pero como sé que eres bondadosa, inteligente, madura y culta, acudo a ti para pedirte que me muestres en qué fallé. Necesito saberlo para corregirme y que me perdones. No quiero caer más, en el futuro, en el mismo error. Siento por ti un gran respeto. Confío mucho en ti. Le pido a Dios todos los días para que tengas mucha suerte y seas la más feliz de las mujeres en este mundo. Te considero importante y buena..

Por eso también quiero preguntarte ¿te ha molestado algunas de las cosas que he escrito? Recuerdo que, el último día que te vi, al terminar de leer las hojas que te di, me dijiste que estabas desorientada. ¿Estás enfadada conmigo por esto? Sí es así, no te preocupes. Dime qué es lo que te molesta y lo olvidaré. No quiero que te enojes conmigo ni por esto ni por nada. Y de verdad que no lo he escrito con mala intención ni he querido agraviarte. Tú perdona, rompe las hojas, yo lo olvido todo y aquí no ha pasado nada. Tan amigos como siempre. Lo que me interesa es que te sientas bien, que tengas paz en tu alma y que no me juzgues ni me desprecies. No quiero que en ti ocurra esto.

Ni tampoco quiero que de mí te lleves un mal recuerdo. Te pido de nuevo perdón, instrúyeme en qué he cometido falta y vuelve a ser mi amiga. No me sentiré bien mientras piense que te hice algún daño o que, por mi culpa, estás sin paz. Vuelve a ser mi amiga para que siempre me quede de ti el mejor recuerdo. Te lo ruego.

Espero que me ayudes a ser mejor.
Te mando todo mi respeto.

23 junio: El color blanco es tu preferido -31

Ayer por la tarde, redacté la carta que te dije y he dejado recogida en mi cuaderno. Te la mandé y, a continuación, te puse un mensaje. Te anunciaba en el envío de esta carta y esperé. Supe que los dos textos los había recibido. Fue cayendo la tarde y, mientras seguía esperando, me puse a leer cosas de tu tierra. De mundo, tu gran país blanco y que tanto te duele y quieres tanto. De este modo, de alguna manera, me sentía como más unido a ti desde aquella lejanía a pesar de sentirme tan lejos de ti estando tan cerca. Y luego pensé que, como ya soy tan viejo, no tengo sitio ni aquí ni allí. Aunque sueñe y me esfuerce en compartir contigo lo que estos días ha pasado.

Hoy ya es sábado. Un nuevo día de verano. Antes de levantarte lo observo desde mi ventana y, allá a lo lejos, descubro las montañas que nunca pude recorrer contigo. De esto y de otras cosas me va quedando de ti un gran dolor dentro. Soñé mucho y puse de mi parte cuanto pude pero las cosas han salido de otra manera. Como la vida misma, me digo a veces, pero me cuesta aceptarlo. Porque la sensación que tengo es que has perdido una oportunidad única. Que has tenido en tus manos, cerca de ti, para conocer y gustar, lo que nunca va a darte la vida por ningún otro lado. Ni siquiera la universidad de tu tierra, donde seguirás estudiando ni la persona que amas con tanta fuerza ni las posibles riquezas materiales que él te ofrezca.

Aunque puede que hagas grandes cosas a lo largo de la vida que aun te queda sobre esta tierra. Y yo te animo a que así sea. Pero no olvides nunca que existe una mano que guía nuestros pasos. Muchos lo llaman con otro nombre pero yo lo llamo Dios. Él siempre te guiará y nos conducirá a su voluntad. Ten siempre presente esto en tu vida.

He mirado, a primera hora de esta mañana y no tengo de ti ninguna respuesta. Silencio total. Como si ya te hubieras ido a tu lejana tierra. Me compadezco porque sé que aun, y durante muchos días, no podré apartar tu imagen de mi mente. Quizá nunca ya pueda olvidarme de ti. ¿Te olvidarás tú de esta tierra, de las personas que por aquí has conocido, de las experiencias que has vivido y de las que no te han rozado? Sé que sí. Muchas cosas, en nuestras vidas, aunque no las queramos, se quedan con nosotros para siempre. Para la eternidad.

Medito y recuerdo aquella tarde cuando también me hablaste de un regalo. Tu diccionario de ruso, español. Algo que ahora traigo a mi memoria para seguir alimentando mi esperanza de verte. Aunque solo sea una vez antes de que te vayas. Creo que tengo tres posibilidades: tu bicicleta, el diccionario y la despedida que me dijiste en el aeropuerto. ¿Sigues manteniendo tu palabra? ¿Se harán real algunas de las tres cosas? No sabes cuanto se lo pido al cielo. Por eso tengo puesto en ello un rayito de esperanza. Porque si cumples alguna de estas tres cosas me darás la oportunidad de verte y despedirte como “Dios manda”. Como personas civilizadas. Para que, a pesar de lo ocurrido en los días pasados, al final nos comportemos como buenos amigos. Al fin y al cabo, nunca más nos veremos en esta vida. Aunque me hayas dicho muchas veces que vaya a tu país a conocer a los tuyos. Ni tú volverás a Ñapas ni yo iré nanción. Y aunque, ocurriera por cualquier circunstancia que yo fuera a tu país, si ahora que estamos tan cerca, no nos hablamos ¿qué pasará cuando estés a tanta distancia? ¿Qué sucedería si yo me presento allí?

Quiero dejar escrito, en las páginas de mi cuaderno, como fue el momento en el que me dijiste que me regalarías tu diccionario de ruso. Sucedió una de las últimas tardes que nos vimos. Paseabas por el jardincillo de las rosas y hacías fotos. Me aclarabas:
- Para llevarme el mejor recuerdo de este rincón tan bonito.
Me alegró esto. Y me gustó verte fotografiando las rosas rojas, las amarillas, las blancas, las moradas… Todas y las que se enredan por entre las ramas de los naranjos, las de la fuente de los nenúfares, por donde crecen los granados y las que hay por donde juegan las ardillas. Y, entre foto y foto, me decías:
- Me gusta mucho este jardincillo tan recogido, verde y misterioso.
Y me seguías llenando el corazón de gozo. Y, para no enturbiar tu limpio deleite, casi musitando te decía:
- ¡Me alegro!
Sabiendo que era bueno, muy bueno para ti, que te sintieras tan a gusto en este jardincillo de las rosas.

Por donde saltan las ranas, le hiciste fotos a las flores de los nenúfares. Me mirabas y me aclarabas:
- Para que salgan bonitas hay que poner la cámara en esta posición.
Y vi, en la pantalla de la cámara, la bonita flor que habías captado: una rosa blanca, todavía a medio abrir pero ya muy hermosa. Las demás rosas, también blancas y del mismo rosas que la de tu foto, se mecían con el vientecillo de la tarde y se reflejaban en las claras aguas del estanque. Te acercaste más a ellas y, antes de cortar ninguna, me confesaste:
- El color blanco es el que más me gusta.
Y esto, ya hacía tiempo que lo había comprobado yo. Porque siempre que has paseado por el jardincillo de las rosas, tú lo has hecho vestida de blanco. Blancos tus pantalones de lino, tu blusita lo mismo y blancos y limpios tus calcetines y zapatos. Todas las veces que por aquí has venido lo has hecho vestida de blanco. Por eso no me extrañó cuando, al acercarte a las rosas blancas, me aclaraste:
- Este es mi color preferido.

Y yo que, aunque no soy bueno, sí llevo en mi corazón un pequeño poeta, me emocioné al saber que eres una enamorada del color blanco. Te dije:
- El blanco es el color de lo puro, de lo transparente, de lo limpio…
Y en mi alma, en ese momento, te soñé, inmaculada tanto o más que las rosas que en el estanque se reflejaban. Te soñé limpia, libre, amantes solo de las flores y del aire y del verde de las montañas. Y, para mí, me dije: “¡Qué hermosa es esta mujer y qué realidad más exquisita lleva en su corazón! Una chica como ésta solo se encuentra en el mundo, una vez en la vida. ¡Cuantas gracias debo darle al cielo por haber permitido que aparezca por estas tierras!”. Me seguiste diciendo:
- Cuando vuelva a mi tierra le enseñaré a mis padres estas fotos y les contaré muchas cosas de este jardincillo de las rosas. Nunca yo había soñado que en Ñapas hubiera rincones tan bellos. Debo darle muchas gracias al cielo por haberme permitido conocerlo y por la fuente de los nenúfares y por los granados y por las rosas.

Y, aquella tarde no te lo dije pero ahora sí quiero dejarlo escrito en mi cuaderno para que lo sepas por si algún día lo lees. El color blanco que tanto te gusta, el de las rosas, el de tu traje de lino, el de la luz de Danag y el de este rinconcillo del agua, es la identidad propia de tu alma. La mirada con la que observar al mundo y los sentimientos con los que acaricias en tu corazón los libros que sueñas escribir. El color blanco que tanto te gusta es como el lago donde tu corazón se baña. Y por eso, toda tú y desde dentro, rebosas blanco. La transparencia y la luz que más falta hace en este mundo. Así que otra vez te animo a que escribas libros. El blanco que llevas dentro de ti será la esencia de tus escritos. Por eso tus libros, además de sinceros, serán bellos porque derramaran blanco y llevarán pureza a todos los que lo lean. Y esto hace falta, lo que más falta hace en este mundo, es el color blanco, la luz, la transparencia…

Me alegro y te animo a que sigas amando y cultives cada día más el color blanco de tu alma. Para que tu corazón se convierta en fuente clara y, como esta de los nenúfares, dé flores blancas, muchas flores blancas que es lo que más falta hace en este mundo y lo que más todos necesitamos. Te animo y lo dejo escrito en mi cuaderno para que lo leas algún día y para que otros lo sepan.


24 junio: Me han dicho que ya te has ido -32

Ayer fue el día más largo del año. Primero del año y por eso, por la noche se celebró, en Ñapas y otras partes del mundo, la fiesta de San Juan. Y por la noche me acordé de ti. No sé si, entre los conocidos que tienes por aquí, alguno te ha hablado de este espectáculo. Es interesante y, quizá conocerlo y verlo, te habría gustado. Para saber más de Ñapas y para divertirte un poco en estos últimos días.

Pero ayer tampoco supe nada de ti. Esperé ilusionado alguna noticia como respuesta a mi carta o mensaje pero nada. Como si te hubiera tragado la tierra. Y, sin embargo, ayer tuve la oportunidad de ver y hablar con personas que viven en tu residencia. Les pregunté y me dijeron que no te conocen mucho porque, aunque has vivido todo el año cerca de ellos, a penas habéis hablado. Pero te conocen y saben tu nombre. Y también me comentaron:
- Yo creo que ya se ha marchado porque hace tiempo que no la vemos.
La noticia me entristeció. No es que me crea que te hayas ido porque pienso lo contrario pero me quedé un poco más perdido de lo que estoy contigo. Me preocupó saber que en tu residencia apenas tienes amigos. Casi no has tenido amigos a lo largo de todo el año aquí en Ñapas. Siento un poco de pena. ¡Con lo buena persona que eres y la cultura que tienes y lo hermoso que es tu corazón!

Hoy ya es veinticuatro de junio. Si es cierto que todavía no te has ido sí creo que lo harás el ocho del mes próximo. Es lo que me dijiste. Aun todavía me quedan algunos días para seguir soñando. Pensaré que sigues viviendo en Ñapas y no lejos de mí. Aunque no sepa nada más de ti será suficiente para irme alimentando. Solo pensar que aun vives por aquí me anima algo. No te puedo decir por qué pero es bueno para mí imaginarte todavía cerca. Aunque ciertamente sé que en Ñapas ya no haces nada. Tus estudios han terminado, amigos y amigas imagino que no tienes muchos, por la ciudad sé que tampoco vas demasiado porque ni te gustan las discotecas ni el botellón ni cosas parecidas. Por eso, si todavía no te has ido me pregunto ¿qué es lo que haces en esta ciudad y en Danag?

Sé, porque también me lo dijiste, que te gusta la soledad. Estar contigo. Que te pasas los días sin salir de la habitación de tu residencia. Sin hablar con nadie de los que te rodean pero sí con tu novio. Horas enteras me has dicho también que habláis algunos días. Tu novio es rico, al menos esto es lo que también me has dicho. Con él hablas todos los días y, a veces, por la mañana, al mediodía y por la noche. Sé, por ti, que tiene más de cuarenta años y tú veintiuno. Que ya estuvo casado y que tiene un hijo de tu misma edad. Tampoco de esta realidad tuya hice nunca ningún comentario. Por precaución y por puro respeto hacia ti. No fuera a decir algo, sin darme cuenta, que te dañara o lo interpretaras de otra manera.

De este novio tuyo y de la historia de tus relaciones me hablaste un día durante mucho rato. Porque tú, casi siempre que has compartidos cosas conmigo, te has explayado. En más de una ocasión te has puesto a hablar y has estado horas y horas sin parar. Por eso ahora me extraña tanto silencio. De lo que aquel día me contaste de ti y tu novio tengo escrito casi un libro. Narras desde el primer momento que lo conociste, cuando tenías quince años, tu paso por la universidad de Nakab y llegas hasta la fecha de hoy. Y es curiosa, muy curiosa, la historia que me has contado. Me gustó nada más empezar a oírla y por eso te pedí permiso para escribirla. Me dijiste que sí y comencé. Le puse por título “Más grande que la vida”. Te lo dije y te gustó. Entusiasmado, en tan solo unos días preparé más de veinte folios. Los imprimí y te los dejé para que los leyeras. Me dijiste que te iba gustando y me alegré.

Quizá sea por esto, por haber compartido conmigo tantas cosas normales de tu vida pero especiales para ti, por lo que ahora ando desorientado. No acabo de encajar tu sinceridad y ternura, en los días pasados y ahora tanto espereza y silencio. Me falta a mí luz en la mente y mucha sabiduría para entender lo que está pasando. Porque fuiste todo un gran libro abierto conmigo y ahora pareces todo lo contrario. Ni libro ni grande ni abierto si no puro silencio y oscuridad total.

Sin embargo, el libro que empecé a escribí, después de hablarlo contigo de una forma inteligente y con calma, lo redacté así: Todos los libros del mundo empiezan por una letra y terminan también con una sola letra. Todas las obras humanas empiezan con el primer ladrillo, el primer paso… Pero entre la primera y última letra de todos los libros del mundo siempre hay una historia. A veces larga, a veces corta, interesante, divertida, novedosa, real, fantástica…Todos los libros antes de escribirse solo son un sentimiento, una idea, un pensamiento, un sueño, un deseo, un proyecto etéreo. Algo que solo existe en la mente y por eso es inmaterial. Quiero decir que todo en la vida tiene un comienzo y, al principio, solo es eso: un deseo, un sueño… En la vida siempre hay que empezar. Y merece la pena, es necesario, dar el primer paso en todo, sea lo que sea, porque solo así podremos saber si somos capaces de conseguir o no lo que soñamos. Solo si vivimos las experiencias y damos forma a los sueños del corazón podremos saber sin son valiosos y merecen la pena haber luchado, haber dado la vida por ellos.

Todos los libros, todas las cosas en esta vida, todas las historias, merecen ser escritas. Todas son importantes y es necesario que las escribamos para que existan, sean buenas o malas, y que otros puedan conocerlas. La Humanidad hoy es culta y rica porque otras personas antes, escribieron y dejaron obras que contaban cosas. Y todas las personas llevamos dentro y con nosotros un libro, un poema, una canción, un cuadro… Todos portamos una verdad suprema, a veces, bella como el Universo mismo y, a veces, más grande que la propia vida. Cada libro es un trozo de la gran verdad, un pedacito del gran cielo, una pincelada de aquello que soñamos eterno, una luz necesaria, una ventana que nos permite asomarnos al alma, al corazón, a los sueños, a la inmortalidad.

Cuando lo leíste me dijiste que te gustaba y eso me animó a seguir escribiendo. Así que fíjate si ahora tengo razones para preocuparme y entristecerme por lo que sucede. Pero en este día segundo del verano no quiero creer que ya te hayas ido de Ñapas. Voy a seguir pensando que lo harás el ocho del mes que viene. Por eso, ahora mismo creo que estás en la habitación de tu residencia. Sola en la habitación de abajo, a donde, algunas veces y por la ventana, entran las arañas que tanto miedo te dan. Aunque me dijiste en una ocasión que, de tanto verlas un día y otro, te has ido haciendo valiente. Que ya eres fuerte y no tienes tanto miedo. La vida siempre nos hace valientes según vamos superando los problemas. Lo malo es que también perdemos inocencia y el corazón se nos torna duro y amargo. Por eso me digo, en muchas ocasiones, que no es tan bueno tantas experiencias ni el que nos hagamos mayores. Crecer, avanzar, conocer, nos aporta algo y nos hace más fuertes pero ¿merece la pena lo que tenemos que pagar por ello? La inocencia primitiva, la de nuestro corazón cuando niños y la de nuestros sueños primeros ¿no es nuestra mayor riqueza?

Seguiré soñando contigo, cerca todavía, aunque seas todo silencio. Te saludo y te pido perdón y te ofrezco mi respeto.


25 de junio: Y creo que es cierto que te has ido -33

Sin embargo, hoy de nuevo creo que sí te has ido ya. Otra vez, ayer por la tarde, casi me lo confirmaron algunas de las personas que han compartido contigo la residencia.
- Desde hace varios días nadie la ha visto por ningún sitio, ni dentro ni fuera.

Pero vuelvo a pensar que, como has vivido sola todo el año, es más difícil saber si estás o te has marchado. Sigo sin recibir ninguna señal tuya a pesar de que, de vez en cuando, te pongo un mensaje o te llamo. Tu teléfono todavía está activo pero ni contestas ni dices nada. También, una de aquellas tardes que visitaste el jardincillo de las rosas, me dijiste:
- Yo tengo ahora mismo dos teléfonos. Un que es el que uso en Mi país y por eso lo llamo “el teléfono ruso” y otro que compré aquí en Ñapas. Es el que he usado todo el tiempo y, cuando me vaya, quiero venderlo. ¿En qué sitio se hace esto?
Te comenté algo y, enseguida pensé que, en cuanto te vayas de estas tierras, ya no tendremos ningún teléfono donde llamarte. El número del tuyo ruso solo lo compartes con tu novio y familia. Por eso pienso que, mientras tu teléfono español, se encuentre en activo, seguro que aun estás por aquí. Así que me voy conformando y acepto en mi mente la idea de que ya te has ido de Ñapas.

Hoy es lunes veinticinco de junio. Y, con el nuevo día, ya ves como también te recuerdo. Escribo en mi cuaderno estas letras y me siento aun más confundido. No acabo de aceptar que hayas hecho las cosas de esta manera. Porque pienso que, por muchos que sean los motivos que tengas contra mí para no hablarme, después de tanto como has compartido, no es lógico que acabes con un final triste. Ni siquiera una palabra para despedirte habiéndote ofrecido mi perdón y mi culpabilidad. ¿Qué es lo que tanto te ha asustado? ¿Qué ha resultado tan malo para ti? ¿Qué es lo que te ha hecho tanto daño?

Ahora y, con tu marcha para siempre, me va a quedar un gran remordimiento. Para toda la vida. También tú recordarás este hecho mientras vivas. Aunque vivas tan lejos de Ñapas y quieras ignorar lo que por aquí te ha sucedido, no podrás olvidarlo. Cada vez que a tu memoria vengan los recuerdos, se despertará en tu alma este final tan sin sentido. Será algo que ninguno de los dos podremos apartar jamás de nuestras mentes. Ni siquiera la distancia ni el tiempo lo borrará.

Y claro que me siento culpable. No tengo ninguna otra salida. Me siento culpable y triste en mi corazón por este final tan malo. Nunca me había ocurrido algo similar. Nunca nadie me había tratado tan mal, con tanto desprecio y humillándome de esta manera. Y fíjate, a mis años y cuando lo único que he pretendido es ser amable, estar presente por si me necesitabas y por si, en algún momento, echabas en falta el apoyo de alguna persona. No me has dado ninguna posibilidad. Ni de explicarme ni de verte y oírte. Porque seguro que tú también debes necesitar hablar. ¿Qué es lo que puedo hacer a partir de ahora? Desde luego que no puedo ni detener el tiempo ni irme de este mundo ni borrar lo sucedido. Haga lo que haga no lograré apartar de mi mente tu recuerdo ni lo sucedido en estos días. Tendré que seguir resignado, obligado por la distancia y tu silencio y vivir cada día con esta pesadumbre. Aunque sí es verdad que, mientras tenga fuerzas, rezaré al cielo por ti y por mí. Para que Dios lo sepa y, con su bondad, haga que en algún lugar del Universo tenga otro sentido.

Pero no te preocupes. En la mañana de este día, tan lleno de tu ausencia y triste, no te culpo de nada ni te desprecio. Sé que tú no quieres hacer mal a nadie y menos a mí. Te vuelvo a dar las gracias por haberte conocido y te deseo lo mejor, esté donde estés. Te ofrezco en mi alma un abrazo de amigos y pongo ante ti mi respeto y cariño. No mereces desprecio ni para ti, en mi corazón, hay pensamientos malos. Te recuerdo como a lo más pura y buena de las mujeres, porque así es como en mi corazón lo he querido y pido a Dios que te dé su bendición. Puede que todo haya sido un error por lo joven que eres y la poca experiencia que aun tienes de la vida y de las personas. Por eso pienso que, a lo mejor en tu corazón, tampoco estás satisfecha de que las cosas hayan salido de esta manera.

Me obsequiaron el otro día con un sencillo poema que he anotado en mi cuaderno. Te lo dejo también como regalo.

A eso de caer y volver a levantarte, de fracasar y volver a comenzar, de seguir un camino y tener que torcerlo, de encontrar el dolor y tener que afrontarlo. A eso..., no le llames fatalidad, llámale
Sabiduría

A eso de sentir la mano de Dios y saberte impotente, de fijarte una meta y tener que seguir otra, de huir de una prueba y tener que encararla, de planear un vuelo y tener que recortarlo, de aspirar y no poder, de querer y no saber, de avanzar y no llegar. A eso..., no le llames castigo, llámale Enseñanza

A eso de pasar juntos días radiantes, días felices y días tristes, días de soledad y días de compañía. A eso..., no le llames rutina, llámale Experiencia

A eso, de que tus ojos miren y tus oídos oigan, y tu cerebro funcione y tus manos trabajen, y tu alma irradie, y tu sensibilidad sienta, y tu corazón ame... A eso..., no le llames poder humano, llámale Milagro Divino

A eso, de que tus ojos estén leyendo este mensaje
y que tengas el tiempo para disfrutarlo,
que escuches esa melodía y tengas esa sensación de cariño...
A eso..., no le llames casualidad, llámale Amistad


26 de junio: Todos estamos desamparado -34

Tengo en mi interior como un vacío, como un amargor ácido que me achicharra. Me duele y me siento tan mal que ni siquiera me apetece hablar ni pasear ni comer. Es el sabor de la pena que me dejas y, cuanto más pienso en ti y el día final se acerca, más me quema y más vacío me noto el corazón.

Porque no lo entiendo. Y, ayer por la tarde, aun lo entendía menos. Te recordaba al caer el día y meditaba tu silencio cuando, dos personas que te conocen, también chicas y de tu misma tierra, se acercaron y me dijeron:
- Ya la piscina del Cortijo de la Viña está limpia y llena. Acompáñanos y, con la niña amiga, nos damos un baño y tomamos el sol. Necesitamos relajarnos.
Me di cuanta que ellas, también como yo, tenían necesidad de respirar vida. Porque algo les dolía o tenían, por algunos de los rincones de sus almas, heridas o ramas desgajadas.

Tú conoces bien el pequeño paraíso del Cortijo de la Viña. Te hablé mucho de él y, con la niña, la madre, Serafín y los que trabajan en las tierras de la huerta, te fuiste muchas veces en aquellos primeros días. Y disfrutaste a lo grande. Me lo decías y se te veía en tus ojos, en tu cara, en la alegría que irradiabas y en la sincera sonrisa que a todos nos regalabas. Por eso, más de una vez me dijiste:
- Este rincón de Danag parece un sueño. Con tanta agua, tantos árboles, tantas frutas, tantos manantiales, tantas flores y tantos colores y siempre el viento perfumado y fresco. Y, la niña, la madre, todos los del Cortijo de la Viña y yo nos llenábamos de orgullo, de sana satisfacción al verte tan feliz y amiga. Todos sentíamos que te ibas colando en el corazón como en dulce caricia de la fina lluvia cuando mansa cae y empapa a la tierra. Que nos iba transformando la vida con solo el calor de tu sincero abrazo. ¡Qué profundos y bellos fueron aquellos días! Tanto, que parecían como bendecidos por el cielo, como pequeños trozos de sueños, blandos como la brisa de las mañanas en primavera y llenos, muy llenos. Repletos de ti, de Dios, de libertad, de sueños, de juegos, de palabras amigas que transmitían corazón y amor llano. Todos te queríamos, todos te rodeábamos, todos nos embelesábamos en tu cara como si nos hicieras falta o como si de ti esperáramos la luz que salva. Como si ya, en aquellos momentos, fueras de la familia, como si fueras hermana de cada uno de nosotros, como si fueras una pequeña reina venida de algún lugar del cielo. Así nos regalabas en aquellos tan limpios días de luminiscencia plateada y perfecta armonía. ¡Qué grande te hiciste en tan poco tiempo y cuanto y, todo bueno, regalabas sin saberlo!

Pues a este Cortijo de la Viña, ayer por la tarde, me llevaron las chicas que te decía. No amigas tuyas porque me dijeron que no os habláis pero sí te conocen. Y ellas, con la niña y la madre, se fueron al agua de la piscina, se bañaron, se pusieron al sol en el césped y hablaron. Hablaron todo el rato y se contaron cosas. Sobre todo, las dos chicas rusas que te he dicho. No me bañé aunque me invitaron y sí me senté en la sombra del cerezo grande. El que tiene sus raíces clavadas en la tierra llana por el lado de arriba del césped. Y, mientras ellas se bañaban, tomaban el sol y charlaban, me dediqué a pensar y a meditarte. Para regalarte la sencilla tarde que nos ofrecía el cielo y ellas convertían en fantasía de un lejano y hermoso sueño. Me sentía triste, como si no estuviera allí presente ni tampoco en mí si no vagando por el mar de silencio que por todos estos lugares has ido dejando.

Y, no sé por qué pero de pronto, sentí mucha pena. Con mis ojos fijos en las muchachas empecé a caer en la cuenta de que están solas aquí en Ñapas, que buscan trabajo y ahora casa dónde vivir en estos meses de verano, que no tienen dinero y que a duras penas pueden comprarse alimentos. Y, además, se encuentran en un país extranjero, lejos de los suyos, de su entorno, raíces y tierras. Mirándolas recostadas en el verde césped, a sol de la tarde y acariciadas por el vientecillo, me puse triste. Se me fueron quitando las ganas, aun más, de hablar porque empezó a preocuparme lo mal que lo están pasado estas chicas y el incierto futuro que ante sí tienen. Y, sin dejar de pensar en ti, me dije: “Es la gran verdad de la vida, en el fondo, todos estamos desnudos y desvalidos en este mundo. Somos viajeros en busca de fortuna por tierras extranjeras. Y por eso todos necesitamos unos de los otros y, lo que más necesitamos, es cariño, respeto y apoyo. Así que fíjate qué duro y triste para estas muchachas y cuanta es la necesidad en cualquier persona”.

Y hoy, me levanto y miro al cielo. Pienso en ti y sigo triste. Con un gran vacío dentro y acusando, más que ayer, tu ausencia. Como si ahora mi espíritu solo se alimentara del silencio que por aquí dejas y de tu durísima ausencia. Y me digo que, si en el fondo tú también necesitas del cariño y apoyo de los otros, si la vida también es dura para ti y te preocupa el futuro, como a las dos chicas rusas que te vengo diciendo ¿por qué has levantado una muralla tan tremenda entre nosotros?

Sufro por las necesidades que he descubierto y creo que tienen las chicas que te conocen y sufro porque sé que tú llevas en ti la misma carencia que ellas, que yo, que todos los humanos. Y porque me doy cuenta de esto y, porque te conocemos y te siento trozo del alma, es por lo que me noto por dentro triste, seco y con un escozor que me abrasa mientras te recuerdo. Y me digo que no, de verdad que no merece la pena que los humanos tengamos, unos para con los otros, estos comportamientos. Todos estamos en la misma indigencia, todos buscamos la misma fortuna, todos vamos por la misma tierra recorriendo los caminos que los días nos presentan y todos, al final, nos encontraremos. Tendremos que darnos la mano, tendremos que ser amigos, tendremos que repartir las riquezas o las miserias porque esa será la última realidad. Nos miraremos a la cara y nos preguntaremos si mereció la pena odiarnos o levantar barreras entre nosotros cuando recorríamos los caminos de la tierra.

Me voy quedando sin fuerzas -35

Ya creo que no cuento los días. Sé los que han transcurrido y sé los que faltan pero las dos cosas, me parece que se han quedado sin sentido. Por eso me pregunto, si te has marchado ¿para qué quiero seguir pensando en el día ocho? Y si no te has marchado, como todo es silencio y una muralla inmensa ¿para qué quiero seguir ilusionado, esperando hasta el último día? Pero, aunque me digo esto, sigo esperando. Quizá no yo sino la fuerza con que tú estás dentro. Como si esperara un milagro por eso de que tengo fe en los sueños que en el corazón llevo y en el cielo.

Sin embargo, ya casi me he quedado sin fuerzas, sin aire para respirar, de tanto como le doy vueltas en mi mente y alma a tu silencio y ausencia. Cuando me levanto por la mañana, casi nunca voy a ningún sitio. Me siento en mi cuarto y me dedico solo a mirar por la ventana, siempre contigo en mi pensamiento. Y aquí y, de esta manera, me paso las horas muertas. Con mis ojos fijos en las ramas de los álamos, en el azul del cielo y en el vientecillo que pasa. Continuamente preguntándome por ti y esperando que hables, que diga algo, que des alguna señal de vida.

Y, según avanza el día, a veces me levanto, salgo de la casa que conoces y me voy por el jardincillo de las rosas. Sin ningún objetivo concreto. Solo para consumir las horas y esperar que pase el día. Tampoco espero nada al final del día pero esto es lo que hago. Ya no miro el teléfono ni miro el correo. Se ha quedado todo sin sentido. Como si tú lo hubieras inutilizado. Se han quedado sin sentido las rosas blancas, las amarillas, las rojas, las moradas… La fuente de los nenúfares, las ranas, las mariposas, los naranjos, el azul del cielo y hasta el airecillo fresco que tanto, en este rincón, te gustaba. Solo hay por aquí silencio y presencia tuya toda ausente y dolor doliendo. Y no cuento los días pero sigo esperando. Como si alguien o algo me dijera que puede ocurrir un milagro.
- ¿Será cierto?
Me pregunto y sigo en mí, dejando que pase el tiempo, pensando en ti y rezando.

¿Te has ido ya o todavía sigues por aquí? No sé ni siquiera dónde imaginarte. Si aun estás en Ñapas, en Danag, sé que te encuentras cerca. Pero si ya te has ido a tu país, fíjate qué desatino: yo imaginándote a dos pasos y tú perdida allá lejos, casi en el infinito. Pero de todas maneras me animo pensando que, estés donde estés, lo único que de ti tengo, es silencio, tu recuerdo, tu latido en mi alma. Y esto, aunque no es suficiente, puede bastarme. Es un sentimiento más grande que la realidad. Algo que pertenece solo al espíritu, a lo elevado, a lo eterno. Al fin y al cabo, un día, todos moriremos y entonces nada quedará de nosotros en este mundo. Nada que sea materia pero sí permanecerá para siempre lo bello, lo puro, los sueños…


27 de junio: ¿Estará todavía ahí tu bicicleta? -36

Ayer por la tarde, meditando las cosas, pensé en tu bicicleta. La que prometiste regalarme cuando te fueras. A lo largo de este año la has tenido justo en la entrada de tu residencia. Me la mostraste aquel día y, desde entonces, siempre que he pasado por ahí, he mirado para verla. Para saber de ella, traerte a mi mente y verte. Cada vez que he visto a tu bicicleta te he visto paseando con ella. Cosa que en la realidad ni una sola vez ha sucedido. Un día me dijiste:
- Todas las avenidas de este campus universitario las tengo recorridas, de un extremo a otro, en mis paseos con mi bicicleta. ¿No me has visto nunca?
- Nunca te he visto y me habría gustado. Verte pasear subida en tu bicicleta sin duda que me gustaría para guardar de ti otro recuerdo.
- Pues un día te aviso y nos damos juntos un paseo.
Y te dije que, ya desde aquel momento, lo comenzaba a esperarlo. Desde aquel día, tu bicicleta ha sido para mí como un símbolo, como una señal, como una bandera que me ha remitido siempre a ti, presente por estas tierras.

Por eso ayer por la tarde, mientras te meditaba y me preguntaba si aun estás en Ñapas, caí en la cuenta que tu bicicleta podía sacarme de dudas. Me dije que, si me daba una vuelta y pasaba por la puerta de tu residencia, podría comprobar si sigue ahí tu bicicleta. Si descubro que todavía está en el sitio donde la guardas, pensaré que aun no te has ido de Danag. Pero si veo que ya no se encuentra en este lugar, puede ser una señal de que te has marchado. Así de sencillo me imaginaba que podría ser para mí esta averiguación. Pero no fue tan simple.

Ayer por la tarde, antes de salir y pasar por la puerta de tu residencia, el edificio donde te has refugiado a lo largo del curso que se acaba, lo pensé mucho. Y me decía que, a pesar de que aquel día sí me dijiste cual era tu bicicleta, no me quedó claro del todo. Junto a la bicicleta tuya vi otra muy parecida. Casi igual y del mismo color. Y conté todas las que había y me salieron ocho. Si ahora paso y las vuelvo a contar y me salen seis ¿qué puedo pensar? Y, si entre estas seis, encuentro la que es muy parecida a la tuya ¿qué puedo imaginar? Podré pensar que es verdad que te has ido y no me has dicho ni adiós ni me has regalado tu bicicleta ni tu diccionario de ruso ni he compartido contigo el último momento en el aeropuerto. Podré pensar todo esto y, a partir de ahora ¿qué pienso o hago? ¿Que ya si que no tengo ninguna esperanza de verte más en la vida? ¿Y de qué me sirve saber esto?

Por eso despacio recapacité y convine que era mejor no pasar por la puerta de tu residencia. Para no fijarme en la bicicleta y averiguar si la tuya está o no. Para de este modo seguir imaginando que aun no te has marchado ni de Danag ni de Ñapas. Y, por eso, ilusionado en que, en cualquier momento, des señales o aparezcas y me digas algo. El límite lo tengo puesto en el día ocho del mes próximo, que es la fecha que me dijiste. Quiero seguir confiando en tu palabra y quiero seguir imaginando que aun no te has ido. Para no entristecerme más y, al mismo tiempo, seguir en la duda de en qué lugar del mundo te encuentras. Porque también pienso que tu bicicleta puedes regalársela a cualquier otra persona. Que, como no me hablas ni de mí quieres saber nada, tampoco te sentirás obligada a cumplir lo que me prometiste. Te sientes libre. Seguro que, tal como están las cosas, para ti, cumplir lo que me dijiste, no tiene ningún sentido. Que lo mismo que, de la noche a la mañana, decidiste irte de mí y guardar silencio, puedes ahora no cumplir tu palabra ni ninguna de las otras cosas que me dijiste. Y hasta creo que las cosas serán así. Y no sé si esto lo entenderían otras personas pero me sirve de poco.

Hoy ya es veintitrés de junio y no hay más que ayer. Al llegar el nuevo día te recuerdo. En algunos momentos, aquí cerca. Y, en otros momentos, en tu lejana tierra. Si estás ya en Tu país, tu remoto país ¿qué harás ahora? Ya allí también ha terminado el curso. Son fechas de verano como aquí. Y en verano, varias veces me has dicho, que te vas con tus padres a la casa de campo. A un pueblo pequeño cerca de Nakab y a tu casa de campo, que también está a las afueras del pueblo. Varias veces me has contado que, en este sitio, te aburres mucho. Porque no tienes por allí amigos y porque tu novio vive en la ciudad. Pero seguro que todavía, en estos días primeros de tu vuelta, no te irás a la casa de campo. Necesitarás tiempo para adaptarte y saludar a los tuyos y a tu novio y a los amigos. Por eso pienso que este verano, si has vuelto ya a Tu país, será especial para ti. Y, en estos primeros días, también pienso que te acordarás de lo que has dejado por Ñapas. Te acordarás y no podrás evitarlo. Hay muchas cosas en la vida que, ocurren como sin pensarlo pero que, a partir de ese momento, ya nos pertenecen para siempre. Como si fueran exclusivamente nuestras y de nosotros ya no pudiéramos apartarlas nunca. Ni siquiera después de la muerte. ¿Tendrás, en algún momento, un sencillo recuerdo para mí?


28 de junio: Cuando tú te marchas otras chicas vuelven -37

Ahora que tú te marchas de Ñapas, otras muchachas vuelven de tu país para quedarse en Danag todo el verano y el curso próximo. Conozco algunas. En concreto, una de ella, desde hace casi tres años. Es también de tu misma ciudad y, vino a tu residencia en Danag con beca erasmu, igual que tú, pero no el curso pasado sino el anterior. Fue una suerte para mí conocerla porque aprendí mucho de ella aquel año. Sobre todo, descubrí su gran inteligencia. Aquel año estudió traducción en Danag. Lo aprobó todo y, en verano, estuvo trabajando. Sin parar un solo día y en jornada de casi doce horas. Se volvió a tu país al comenzar el nuevo curso, se presentó a los exámenes, lo aprobó todo y terminó allí, en solo unos meses, el curso correspondiente al año que había estado en Ñapas y volvió a esta ciudad para Navidad. De nuevo se matriculó en la Universidad de Danag y lo aprobó todo. Hace solo unos meses volvió a tu ciudad, terminó su carrera, presentó y defendió su tesis y ahora ha vuelto otra vez a Danag. Solo hace cuatro días que ha llegado y ya ha buscado trabajo, tiene piso donde vivir y se ha matriculado para seguir estudiando en la Facultad de Traducción.

Es solo un año mayor que tú y habla perfectamente el español. Y no creas que estoy comparando. No lo pretendo. Pero sí me alegra que existan en el mundo muchachas como ésta y de que sea de tu mismo país. Esto me demuestra que en tu nación, hay chicas muy valiosas. Con un grado de inteligencia salido de lo común, muy responsables, bondadosas como ellas solas y con ganas, muchas ganas de enfrentarse a la vida y conquistar metas. Tú y ella sois muy luchadoras.

Y, con esta muchacha que te digo, hace pocos días, también han vuelto otras. Dos de la ciudad de Izhevsk y una de Nakab. También, como la primera, han buscando piso, buscan trabajo, se han matriculado para seguir estudiando el año próximo, viven enamoradas de Danag y de Ñapas y se acuerdan mucho de tu mundo. De vez en cuando me dicen que la echan de menos y que quieren volver pero necesitan trabajar y conocer mundo y enfrentarse a la vida. Como si su nación se les quedara pequeña o no pudiera darles lo que ellas necesitan, a pesar de ser el centro de sus corazones. Como te sucede a ti. Y, a mí, me anima mucho conocer y ver la fuerza de voluntad, la carencia y el sufrimiento que soportan estas jóvenes. Rusas como tú, guapas, inteligentes, cultas y muy bien preparadas. Mejor que muchas chicas españolas. Tres y hasta cuatro idiomas saben cada una.

Así que cuando te marchas de Ñapas, otras muchachas como tú, vuelven a esta ciudad. Porque ellas, en tu país, no encuentran lo que sueñan ni creen que puedan realizarse. Yo sé que puedes entenderlo. Leí el otro día, en un foro donde escriben cosas de tu país, un artículo donde se habla la emigración. Más de trescientas mil personas salen cada año de tu país a otros países del mundo. Y parece que este número será mayor en los próximos años. Encontré en este artículo lo que ya tanto he descubierto en ti y en otras chicas de tu país. Que allá en tu tierra hay un gran interés por Ñapas y todo lo español. Que Ñapas despierta en vosotros, sobre todo en los jóvenes, una gran fascinación. Y lo creo.

Pero fíjate: también cuando te marchas, en las cumbres de Sierra Nevada, empiezan a germinar las flores. La estrella de las nieves, las gencianas, las violetas… Un número grande de flores únicas en el Planeta Tierra y que brotan por estos días. De esto, una de las tardes que paseabas por el jardincillo de las rosas, hablando contigo, te dije:
- Si te apetece, un día te llevo a las cumbres de Sierra Nevada. Ya que estás en Ñapas y vives en Danag, no deberías desaprovechar la oportunidad de conocer estas montañas. Son bellas como pocas y tienen cosas muy curiosas que nunca encontrarás en ningún otro lugar del mundo.
Y recuerdo que me respondiste:
- Yo ya tengo bastante nieve en mi ciudad.
No te dije nada más pero me sentí algo decepcionado. Cuando otras muchachas viven a caballo entre tu país y Ñapas, dejándose la vida por aquí y por allá con el deseo de conocer y aprender, tú te marchas de este país y ni siquiera me dices adiós. Como si no tuvieras interés por las cosas y personas que por aquí has conocido. Te vas sin decirme adiós, sin conocer las flores de las cumbres de Sierra Nevada, sin haber disfrutado mucho de la puesta de sol de estas tierras y sin dejarnos un buen sabor de ti misma.

29 de junio: Los cerezos que conoces -38

Los cerezos que conoces, los que crecen junto al río entre romeros, ya han dado sus frutos. Hace un par de semanas que, de las ramas, cuelgan maduras las cerezas. Rojas como los atardeceres de Danag y brillantes como la luz que, al despertar, contemplo cada mañana. Como la de este nuevo día, ya casi pórtico de tu marcha.

Me levanto, miro por mi ventana, contemplo el cielo y, mientras me pregunto por ti, me voy diciendo que aun no te has ido. Aunque te hayas ido y por eso sigues guardado silencio. Porque a lo largo de los días pasado es tanto lo que en ti he pensado que esto si que no podrás llevártelo nunca contigo. Las horas que he perdido en averiguar dónde estabas, saber por qué calle ibas y qué hacías, esto lo guardo conmigo para siempre. En el jardincillo de las rosas blancas, en el airecillo que por aquí pasa, en el silencio de las tardes y hasta en la luz del alba que cada día contemplo desde mi ventana. No podrás llevarte contigo ni el vacío que por aquí dejas ni la tristeza que me regalas ni el futuro incierto que me dibuja el viento. Todo esto me pertenece de una forma especial y, por eso de la mejor manera que sé, lo medito, compongo con ello un ramo y lo guardo entre mis secretos.

De aquí que esta mañana, al levantarme y mirar al cielo y recordarte, viene a mi mente la imagen de aquel día entre los cerezos. Fue un día de primavera y tú ibas vestida de blanco. De lino puro, como cada vez que has paseado por el jardincillo de las rosas. Cruzaste el puente del río, te paraste a jugar con las aguas porque te parecían misteriosas de tan frescas y claras, luego subiste por la sendilla de los romeros y, al llegar a los cerezos, me dijiste:
- Son como los que tiene mi padre en mi casa de campo.
Y te pregunté:
- ¿En tu país hay cerezos?
- Sí, pero su fruta es más pequeña que la de estos. Le llamamos guindas.

Aquel día todavía las cerezas no estaban maduras. Por eso, al cogerlas con tus manos y enseñármelas, me decías:
- Cuando ya estas cerezas estén maduras, antes de que me vaya, tienes que traerme por aquí un día.
Y dije que sí.
- Será para mí como un sueño, porque así me quedará, cuando ya te vayas, otro buen recuerdo de ti.
Y, desde aquel día y momento, soñé muchas veces en la mañana en que las cerezas maduraran. Para ir al puentecillo de madera, el que da paso a las aguas del río, y llevarte a los cerezos a que cogieras cerezas. Cada día y cada noche acaricié el momento de verte paseando por entre las ramas verdes de los cerezos del río. Y te soñé feliz y como vestida de seda. Con traje más blanco y puro que el que has llevado siempre que has dado tus paseos por el jardincillo de las rosas. Y hasta más bella incluso que las puestas de sol de Danag.

Pero fíjate en qué fue quedando aquel sueño. En un pensamiento plácido, vacío de tu sonrisa y triste por dentro y hueco. Porque hoy ya los cerezos tienen sus ramas repletas de cerezas rojas y blandas. Pero ahí están: meciéndose al airecillo de las tardes y mañanas, silenciosas como tú, esperando como yo a que vengas a recogerlas y mirándose en las transparencias de las aguas del río donde lavabas tu manos cuando jugabas con la corriente. Se las van comiendo los pájaros y yo, de vez en cuando, cojo algunas y me digo:
- Te pertenecen porque me dijiste que te trajera por aquí cuando estuvieran maduras. Pero están sin ti, como mi corazón. Te has ido a la lejanía para esconderte en el silencio pero no has podido llevarte contigo ni estas cerezas ni la tristeza de la tarde ni mis pensamientos. Todo esto te lo has dejado por aquí y por eso lo medito. No sé qué hacer con ello ni ahora ni en el futuro pero hoy, aquí conmigo lo tengo.


30 de junio: Lo esencial lo tenemos junto a nosotros -39

Ahora ya sí ha llegado el verano. Las temperaturas son altas, el sol quema y hasta el aire que corre es caliente. Solo en el jardincillo de las rosas, por entre las higueras y cerezos, el airecillo es fresco. Como si la mano de Dios estuviera mimando este lugar que ha sido tuyo por un corto espacio de tiempo. Y creo que es cierto: el verano, por aquí, ni siquiera lo parece y, menos cuando al caer las tardes, de la ciudad sube este airecillo fresco que te digo.

Algunos días, a este rincón me vengo y, sentado en las mimas piedras en que lo hiciste tú aquellas tardes, me quedo mucho rato. Como si no tuviera prisa ni me importara el paso del tiempo. Dejo que se deslicen las horas y dejo que la tarde resbale sobre tu azul recuerdo. Al frente, bien lo sabes, queda la ciudad dormida sobre las tierras llanas de la gran vega. Y, por sus calles, te imagino caminando. ¿A dónde vas? ¿Qué buscas? ¿Con quién hablas? ¿Qué amigos comparten contigo el tiempo? No me respondes pero para mí me digo que, vayas a donde vayas, busques lo que quieras y hables con quien te apetezca, en este jardincillo de las rosas lo tienes todo. Todo y más de lo que nunca encontrarás en ningún lugar de la Tierra aunque te pases la vida buscando. Porque a veces, ya sabes, no es cuestión ni de tener las manos llenas ni de recorrer medio mundo ni de poseer mucho dinero u otras riquezas. Muchas personas, en este mundo, tienen abundancia de esto y ni son felices ni por dentro están llenas. Les falta todo sobrándoles tanto. Pero tú, en este jardincillo fresco, con olor a primavera blanca, sí que has tenido y tienes lo más valioso.

De aquí que en otros momentos de la tarde también te imagine en la residencia universitaria, acurrucada en tu silencio. Porque sé que te gusta mucho la soledad. Estar solo contigo y en tu habitación encerrada. ¿En qué piensas ahí tan solitaria mientras la tarde resbala? ¿Tienes suficiente con solo pensar en tu vuelta a casa? ¿No te duele o preocupa dejarte por aquí las cosas y personas que has conocido? Mientras corren las tardes de este comienzo del verano, sentado en el jardincillo que te pertenece, medito y escribo en mi cuaderno. Y, a veces, también llego a la conclusión que por la vida, por delante de ti, ha pasado algo maravilloso. Algo distinto que no has visto o no has querido o no has podido. No es nada grabe que sucedan estas cosas. Quizá tú has decidido que la realidad sea así. Porque no tienes ganas de engancharte a otras experiencias o porque crees que no las necesitas. Crees que con lo que tienes o eres, ya te sobra. Eres libre, estás en tu derecho de tomar de la vida lo que quieras. Tú, solo a ti te perteneces y, en lo más esencial, a Dios.

Pero como yo sí me doy cuanta de esto te lo digo por si, en el futuro, puede servirte para algo. Para que estés atenta y, cuando otra vez se acerque a ti o pase por tu la lo maravilloso, lo descubras. Que lo veas claramente para decidir, también como en esta ocasión, si de nuevo dejas que se vaya o lo atrapas en tu vida. Pero si lo ves y dejas, como ahora, que lo maravilloso pase de largo, no te lamentes luego en el futuro. Ten presente que los errores y los aciertos son siempre nuestros. Que la vida, aunque le pertenece a Dios, es casi toda nuestra. La vamos formando poco a poco con nuestras decisiones y comportamientos. Por eso, al final, solo nosotros somos responsables de lo que hayamos hecho y de lo que tengamos en nuestras manos. La libertad, ser libres para escoger y hacer lo bueno o lo malo, es lo más grande que poseemos los humanos.

Por eso te repito: en el rincón del jardincillo de las rosas, tú lo has tenido y lo tienes todo. Lo maravilloso, el airecillo de las tardes del verano, el color blanco de las rosas que tanto te gustan, el agua clara de la fuente de los nenúfares, la paz que cuelga de las ramas de los naranjos, las puestas de sol en la vega de Danag, el azul del cielo que siempre cubre, el amor, la libertad y el respeto. Todo y más de lo que el corazón necesita para sentirse lleno. Pero no has querido o no puedes verlo ni cogerlo y por eso te imagino, en estas tardes primeras de verano, caminando por las calles de la ciudad, buscando. ¿Qué es lo que quieres encontrar que no lo tengas dentro de ti? ¿Qué es lo que necesitas que no palpite en este jardín? ¿Detrás de qué sueño maravilloso vas y te dejas la vida si lo has tenido entre tus manos y no lo has visto? No te pases los días y la vida buscando en lejanos sitios o en países remotos. Lo esencial, lo grande, lo que llena y hondamente alimenta, lo tenemos junto a nosotros. En este jardincillo de las rosas a ti se te presentó un día y por aquí lo tienes esperando.


1 de julio: Espero un milagro -40

Hoy vuelve a ser domingo y ya es uno de julio. Justo quedan siete días para que te marches. Será el domingo próximo, si es cierto lo que me dijiste y ni no has cambiado las cosas. ¿Que cómo viviré este día? Desde luego que ya he perdido las esperanzas de ir a despedirte a aeropuerto, como hablamos la última vez que te vi. Si desde el dieciocho del mes pasado no he tenido noticias de ti. También ya he perdido la esperanza de poder verte y despedirte en el último momento. Paro aun así no me desanimo del todo. Sueño, sin llegar a creérmelo, que podría ocurrir un milagro.

¿Y sabes? a lo mejor tú piensas que después de tantos días sin dirigirme la palabra, debes darme una explicación de lo ocurrido. ¿Has llegado a creer yo no voy a recibirte con agrado? Imagino que a lo mejor tú has pensado esto. Pero no sería así. Si apareces o me dices algo puedes estar segura de que te saludaría con el mismo respeto de siempre. Ignorando lo ocurrido en los días pasado y viviendo el gozo de tu encuentro como en aquellos momentos de tus paseos por el jardincillo de las rosas. Pero tú ¿tienes miedo? Supongo que sí. Quizás temas que yo esté enfadado y por eso no te atrevas a presentarte. Sin embargo, por mi parte, no puedo concebir de ninguna manera, que te vayas de Ñapas sin decirme adiós. Por muy grande que sea lo que para ti ha ocurrido, no es posible que creas que debes irte sin despedirte. Por eso te decía que, en lo más hondo de mí, espero un milagro.

Lo espero cada hora, cada día, en la tarde de ayer sábado, y en la mañana de este domingo. Y meditando esto ayer por la tarde me fui al rinconcillo de las rosas. Te recordaba, echándote en falta, cuando alguien de tu residencia y que te conoce, me llamó y me dijo:
- Al entrar he mirado las bicicletas y he visto solo cinco. Hasta hoy, siempre han sido seis.
- ¿Conoces la suya?
- Creo que es o era la que siempre estaba pegada a la baranda de las madreselvas.
- ¿Y es la que falta?
- No estoy segura.

Le di las gracias y luego pensé que, en esta tarde del sábado, tú podrías haber salido a dar un paseo. Por Danag, por las avenidas del campus universitario, por algún barrio… Alguna vez, además de pasear con tu bicicleta por el campus, también fuiste a la Alhambra. A muchos sitios porque a ti te gusta montar en bicicleta. Y creo que es una afición que aprendiste de tu padre siendo aun pequeña.

Por eso, al saber que en la tarde del sábado, tu bicicleta falta de la puerta de la residencia, se me animó el alma. Porque es indicio de que todavía estas por Ñapas. Que no te has ido. Y, aunque es tan poca cosa, parece algo. Aun puedo mantener la esperanza de verte y oírte en cualquier momento, en algunos de los días de la semana próxima. Cuando ya he perdido tanto y tan lejos te has ido, cualquier cosa que venga u oiga de ti, es un alivio. Como un pequeño rayo de esperanza.

Pero me sigo preguntando, en esta mañana del penúltimo domingo, que tu silencio es por alguna razón. Yo no sé cual. Y sin dudarlo pienso que tu razón será importante. Pero creo que, antes de encerrarte en este silencio, habría sido bueno que me hubieras preguntado. Para estar más segura. Por eso me permito pedirte que, en el futuro, hables. Cuando tengas algún problema con las personas no les des las espaldas ni te alejes de ellos sin darle antes una explicación. No es bueno esto ni demuestra sabiduría ni madurez. Porque puede suceder lo que ocurre ahora conmigo. Que, sin quererlo tú ni merecerlo yo, me siento despreciado y tratado malamente. Me siento así sin saber si quiera cuales son las razones que tienes para proceder de esta manera. Y repito que seguro tienes razones buenas y, para ti, contundentes. Pero si se habla y se exponen las cosas seguro que se evitan sufrimientos a las personas. Todos, en la vida, necesitamos respeto, solicitamos cariño y tenemos necesidad de sentirnos buenos. Y esto no cuesta tanto. A veces, solo con sentarnos, hablar y exponer las razones, es suficiente. Y es humano hacerlo porque ello es signo de madurez y sabiduría.

Por eso te repito: procura siempre en tu vida no dar las espaldas y alejarte sin explicar las cosas. Esto es cobardía, humilla y crea dolor inútil. Sin embargo, si antes de irte, miras de frente, hablas y expones las razones de tus comportamientos, demuestras valentía, dignificarás a las personas y expresarás sabiduría. Dialogando, buscando la verdad con respeto y amor, es como las personas nos mejoramos entre sí y sembramos amor por el mundo.


Junto al río de las cumbres de Sierra Nevada
Tarde del penúltimo domingo antes de tu marcha -41


En la tarde del penúltimo domingo antes de tu marcha, me he venido a uno de los ríos que bajan de las cumbres de Sierra Nevada. El que tú no conoces aunque yo sí quise traerte. Y lo deseé mucho. Uno más de los mil sueños que proyecté compartir contigo. Tiene este río las aguas muy claras. Son aguas de la nieve derretida en las altas cumbres de las montañas y por eso en mí tanto interés en mostrártelo. En esta tarde, el azul del cielo y el verde de los campos, se reflejan en estas claras aguas. El río parece un fino espejo.

Me he sentado junto a la corriente, he metido mis pies en las frías aguas, porque vienen de la nieve y me he puesto a recordarte. Sé que todavía estás en Ñapas pero no sé, ahora mismo, en qué lugar. Quizá te encuentres encerrada en tu habitación como tantas veces o quizá andes con los amigos, por algunos rincones de Danag y por las playas del Mediterráneo. Miro sin prisa los dibujos que las aguas tranzan y me dejo arropar por las sombra de los árboles. A ratos, me acaricia el sol de este nuevo verano. Escucho el rumor de la corriente y dejo que mi mente se ocupe toda en ti. Como si no tuviera otro alimento. Te pienso y estoy triste.

No puedo apartar de mi espíritu tu extraña ausencia. Como si nunca nos hubiéramos conocido o como si no estuvieras en este suelo estando aun todavía tan cerca. Como si hubiéramos sido amigos solo por unos días. Para compartir dos tardes y una mañana y después herirnos. No estoy yo acostumbrado a estas cosas. Es la primera vez en mi vida que me ocurre esto. Y mira por donde me ha llegado de donde y de quién menos lo esperaba. ¡Qué mala suerte he tenido! Yo que me he pasado, casi todos los días de mi vida, haciéndome amigo de la libertad, sentado en la hierba de las praderas y contemplando, en las noches, el brillo de las estrellas, mira por donde tú has aparecido para quitarme la paz y marcharte luego dejándome solo y triste. ¿Qué mal te hice?

¿Te acuerdas cuando en aquellos días me hablaste de un famoso cantante ruso que ya ha muerto? Seguro que lo recuerdas. Me dijiste:
- Se llama Igor Talkov y hace casi quince años que lo mataron. Al terminar de dar un concierto en una ciudad de Rusia. Fue un gran cantante no solo por su voz si no por los sentimientos que ponía en lo que cantaba y el mensaje que trasmitía. Dentro llevaba una gran inquietud por mejorar a las personas y al país.
Te dije que nunca en mi vida había oído hablar de este cantante. Pero me pediste que buscara en Internet y que leyera porque iba a gustarme. Como era algo que me recomendabas busqué ilusionado y encontré muchos videos, textos y música. Clasifiqué lo mejor de todo y te lo grabé en el reproductor para que tú también lo disfrutara mientras lo compartíamos.

No ocurrió nunca este milagro. Nunca pude escuchar contigo la hermosa música de este cantante casi hermano tuyo. Pero recuerdo todavía que me dijiste, cuando me pedías que me interesara por él:
- Como tú no sabes ruso, conforme vayamos oyendo sus canciones, te las voy traduciendo. Ya verás como es verdad lo que te he dicho. Las canciones de este hombre son todas muy románticas, bellas y con un profundo mensaje.
Pero sí puedo decirte, porque por aquellos días aun éramos amigos, que, en cuanto oí por primera vez la música de este cantante, me quedé impresionado. Me gustó mucho y sentí un gran interés, más que antes, por la música rusa. Es muy bella la música del país al que perteneces. Muy bella y siempre trasmite sensaciones hermosas.

Y esta tarde de domingo sentado a orillas del río que baja de las cumbres de Sierra Nevada, como tengo conmigo, el reproductor de música y video, lo pongo. Escucho la música que bajé de Internet para compartir contigo y te medito ausente. Me embeleso en las aguas y dejo que mis pensamientos solo se ocupen en ti. Y me digo y te digo: “!Cuantos rincones hermosos te dejas por aquí sin conocer! Sin haber compartido, sin haber disfrutado, sin haber sacado de ellos la belleza, luz y armonía que transmiten. Cuantos ríos de estas montañas yo he querido enseñarte. No para que conozcas ríos, que esto tampoco es muy importante, si no porque las aguas que bajan por estos torrentes, las sombras, el fresco, el rumor, la música que desgranan, trasmiten grandes mensajes. Tan grandes y tan bellos como la música de tu país y como las canciones del cantante con el que tanto sueñas y quisiste compartir conmigo.

Y sé que, la bella música de tu mundo y la que tanto te gusta de Igor Talkoc, es ese algo universal y eterno que nos une en el alma. El lenguaje que todos entendemos sin necesidad de estudiarlo y la belleza por donde todos los humanos estamos unidos en lo que es único. Pero aquí me tienes, en esta silenciosa tarde de domingo, recordándote junto a las aguas de un claro río y estoy triste. Casi tengo ganas de llorar porque te recuerdo y ni sé dónde estás ni tengo esperanza de verte antes de que te vayas. Me has enseñado tantas cosas bellas que ahora me va a ser muy difícil acostumbrarme a vivir sin ti. Por eso me digo que, recordarte y dejar que mi alma te llore, no puede ser malo.


2 de julio: como si no tuvieras rostros aunque estés vestida de lino blanco -42

Hoy es el último lunes de tu estancia en Ñapas. Solo seis días te quedan. Y hoy amanece un día opaco, sin luz, como saturado de niebla a pesar de ser un día hermoso, porque el cielo es azul y claro.

Tú, aun duermes cerca y respiras el aire de estas tierras. Como escondida detrás de la luz de este día turbio para que no te vea. Como si algo no hubieras hecho bien y ahora no tuvieras valentía de aparecer, dar la cara y mirar de frente a la mañana. Quizás por esto, esta noche he tenido un sueño que no acabo de entender. Tú estabas en no sé qué lugar con flores, lujosos salones, muchas personas y rincones llenos de colores. Te vi y, como sabía que te ibas, quise hacerte una foto para el recuerdo.

Te pedí permiso, a través de una persona conocida, y le dijiste que sí. Cogí la cámara y la encendí para hacer la foto. Pero al mirar a la pantalla descubrí que no era la mía. Alguien de tu grupo me dijo:
- Es que esa cámara es de aquella muchacha.
Se la entregué y como la mía la llevaba en el bolso que siempre porto conmigo, la busqué. No estaba. Pregunté:
- ¿Alguien me la ha cogido prestada?
Y uno de tu grupo dijo:
- La han confundido y se la han llevado los de aquella mesa.
Me acerqué y la cogí. La encendí, miré a la pantalla y, como era de noche, puse el flash. No funcionó al disparar. Me extrañé. Volví a mirar a la pantalla y no te veía clara. Sí todo tu cuerpo y tu traje de lino blanco pero no tu cara. Seguía extrañado y de nuevo lo intenté. No conseguía ver tu rostro y seguía sin destellar el flash de la cámara. Me dije: “Algo se ha roto”. E intenté verte en directo, fuera de la pantalla de la máquina. Tampoco pude distinguir tu cara aunque sí tu sonrisa y el blanco de tu traje de lino. Resignado me alejé y me dije: “Es que te estás escondiendo detrás de ti y, como no quieres despedirme antes de tu marcha, tu imagen se ha desvirtuado. ¡Con lo hermosa que siempre ha brillado tu cara por estos lugares de Ñapas y que ahora te vayas de ellos sin rostro!”

Y luego me dije que, de nación, no dejas por aquí buen recuerdo. No has sembrado ni hermosura ni has trasmitido valores ni nos has enseñado buenos modales a los que en ti creíamos y nos hemos interesado por tus cosas. Mejor dicho, sí nos has transmitido pero para arruinarnos la ilusión y dejarnos desorientados. Menos mal que de tu país sí conozco a otras personas que me han regalado hermosos tesoros. De ellos mismos y de tu país y su cultura y sus gentes. Tanto, que me enamoraron de aquellos lugares, lo contrario de lo que has hecho tú.

Por eso te pido, en este último lunes de tu estancia en Ñapas, que en el futuro mires con amor al corazón de las personas mayores. En el alma de estas personas, de todas las personas mayores del mundo, hay grandes tesoros. Trátalos siempre con amor y no los desprecies nunca. Ellos pueden enseñarte cosas hermosas que te llenarán de belleza por dentro y te ayudarán a recorrer los ásperos caminos de la tierra. No deseches nunca los tesoros del corazón de los mayores. Porque si lo haces quizá pueda suceder lo que esta noche he visto en mi sueño. Que aunque tengas cuerpo y sonrías mucho y vayas vestida con traje de lino níveo, tu cara o más bien tu alma, pierda su forma y no sea bella. Como le pasa al día de hoy, aunque es hermoso, azul y transparente porque es un gran día de verano, se presenta opaco, carente de luz y como denso de niebla. Y es extraño pero quizá esta sea la realidad verdadera. El escenario que pertenece al corazón del tiempo y por eso es lo que siempre queda y no lo que ahora tocamos con las manos.

Y otra vez te pido perdón. Escribo las cosas y, aunque no quiero decir nada que te ofenda, sin darme cuenta, lo hago. Sin querer te daño y me daño y luego me arrepiento. Y sé bien que no es este el camino. Porque siempre ando proclamando que hay que respetar. Que el respeto a las personas es lo más grande y después la libertad. Y mi respeto para ti fue y quiero que siga siendo sincero. Sin embargo, estoy tan dañado, tan confuso, tan desorientado por lo que has hecho, que me salen las quejas sin quererlo. No me juzgues nunca por esto.


3 de julio: ¿Cómo será la despedida? -43

Llegará el día ocho, domingo próximo, y será tu marcha. Cinco días solo quedan y aquí me tienes, en la espera. Meditando el momento y tengo miedo. No deseo que llegue este día pero sé que se acerca y, ni mi deseo ni el tiempo, podrían hacer nada para impedir que se presente. No sé tú cómo estarás viviendo el momento. Me gustaría saberlo. ¿Estás ilusionada porque vuelves? ¿Te entristece la marcha? ¿Te gustaría quedarte un poco más en Ñapas?

Llegará el día ocho y seguirá la vida como si nada. Todo continuará su rumbo, lento pasando. Aunque pueda parecer que el domingo se acabará el mundo. Pero para mí, ni ayer ni hoy ni mañana ni el otro, cambia nada.

Amanece hoy día tres de julio y nada hay nuevo. Te sigo imaginando a solo dos pasos del corazón y tú toda silencio. Como el día dieciocho del mes pasado. Y, sin embargo, sigo esperando un milagro. Tengo cierta esperanza de que, antes del día ocho, aparezcas o digas algo. Porque, aunque ya nada podrá volver a la luz la oscuridad de los días de atrás, al menos podré despedirte y decirte algo.

Y, si fuera cierto que se hiciera real el milagro ¿cómo ocurriría? ¿Darías señales de vida llamando y diciendo que quieres despedirte de mí? ¿Pondrías un mensaje y me dirías adiós? ¿Le dejarás el encargo a tus amigas? En cualquier caso lo importante sería que aparecieras y pronunciaras unas palabras. Sé que no será, el momento de explicar nada ni de hacer un recuento. A veces, en la vida, tampoco es necesario explicar todas las cosas que pasan. Hay hechos que ocurren, hieren, crean belleza o le dan un vuelco al alma y así hay que aceptarlos. Hasta las cosas más complejas siempre son claras.

Pero ¿cuánto tiempo tendríamos para despedirnos y comentar lo más necesario? ¿Qué me dirías tú? ¿Qué podría decirte yo que sea bueno y te ayudara en este especial momento? Para que te fueras con un buen recuerdo de Ñapas y no tuvieras nunca en tu conciencia el peso de lo ocurrido. Me gustaría que pudiera darse este momento. Creo que, por mi parte, no iba a culparte de nada.

Pero también creo que sería necesario mucho tiempo para una despedida como ésta. Y no quiero soñar ni tampoco dejar de pensar que puede ocurrir un milagro. Ni una cosa ni la otra la tengo segura. Como sucede tantas veces en la vida. Luchamos, dejamos que pase el tiempo, avanzamos, nos despertamos cada día esperando un milagro para que las cosas mejoren o salgan como soñamos y, un día tras de otro, seguimos esperando.

Tú aun esperas mucho de la vida. Tienes lleno el corazón de grandes ilusiones y confías en tus fuerzas, en tu entrega y en tu inteligencia. También confías mucho en la fortuna que te ofrece la persona a la que quieres. Dinero, casas, viajes, coches, trajes, fiestas… Me dijiste un día que tu novio es rico. Por eso tienes apostada tu vida casi fundamentalmente en esto. Y por eso, en el fondo, te sientes medio segura. Crees que las cosas principales que vas a necesitar para vivir las tienes casi resultas.

Ojalá tu espera, tus sueños, el milagro que necesitas para que todo te salga en la vida como imaginas, sea cierto. Pero en la vida, siempre tenemos que recorrer caminos para llegar a los sitios, a las metas. Por eso no es bueno dejar los caminos rotos y, por ellos, las cosas tiradas de cualquier manera. Nunca estaremos seguros si tendremos que volver a pasar por ellos. Y Dios no aguarda para hacernos pagar los errores. Él siempre da la mano y nos lleva a buen puerto aunque nosotros no sepamos o no recurramos a su ayuda.

Pero es bueno hacer bien, cada día, las cosas. Aunque nos importe poco la felicidad de los otros, merece la pena que lo hagamos aunque solo sea por nosotros. Para que en corazón siempre tengamos armonía, paz con nosotros y el Universo y luz para seguir en la vida. Tener en paz nuestra alma con Dios, las personas y el Universo, creo que es mucho más importante que las más grandes fortunas. ¿Qué piensas tú de esto?

Me gustaría saberlo pero si estoy seguro que, como yo hoy, esperas milagros de la vida. Por mi parte y, en estos momentos, no puedo hacer nada para que se realice el milagro que necesitas. Tú sí. Lo tienes todo en tus manos. Porque yo no puedo ni llamarte ni ponerte un mensaje ni mandarte un correo. Nada. Es tu deseo que las cosas sean así y quiero respetarlo. Me cuesta mucho pero tienes tus derechos y eso sé que es sagrado. Nadie ni nada en la vida estamos legitimados para violentar la voluntad de las personas. Los derechos de cada un son sagrados.

Hagas lo que hagas y de la manera que sea, debo respetarte. Así que solo podré permitirme escribir las cosas en mi cuaderno, recordarte, rezar al cielo y esperar que ocurra un milagro. Si no hoy, mañana o pasado. Todavía quedan cuatro días para el domingo.


4 de julio: Otro de tus prometidos regalos -44

Una de las tardes que estuviste en el jardincillo de las rosas, en primavera y al poco de conocerte, me preguntaste:
- ¿Sabes tú lo que es una matriusca?
Te miré, me resultó interesante tu pregunta y por eso te contesté:
- Sí que lo sé. Una compatriota tuya, no de Nakab sino de otra ciudad, me regaló una el año pasado. Del tamaño del puño de la mano pero bonita como la más grande. ¿Por qué me has hecho esta pregunta?

No respondiste enseguida. Hablabas conmigo pero estabas distraída. Mirando a las rosas que, del rosal grande y recio, colgaban en las ramas mecidas por el viento. La tarde era preciosa. No hacía frío ninguno, en el cielo revoloteaban cuatro nubes negras con los bordes blancos y el vientecillo acariciaba con la suavidad del terciopelo. Era una tarde propia de las primaveras de Danag. Por eso, al fondo, la ciudad se veía iluminada por el sol de las horas cálidas. ¿Sabes? Ahora que te marchas y ya tu ausencia es tanta, cada día veo más que, el jardincillo de las rosas, si tú no lo hubieras visitado tantas veces, creo que él nunca hubiera tenido prestancia. Por eso, aquella tarde, todo era sencillamente bello, amable, sincero…

Respondiste a mi pregunta diciendo:
- Cuando en Navidad fui a mi casa, compré una matriusca. Quería traérmela conmigo a Ñapas para tener más cerca de mí las cosas y el aroma de mi país.
- Y si te la trajiste contigo ¿qué has hecho con ella?
- Me la traje conmigo y, en cuanto llegué a la habitación de mi residencia, la saqué de la maleta y la puse cerca de mi cama, en el lado de la cabecera.
- ¡Qué buen detalle para tener más unidas a ti las cosas de tu tierra!

De nuevo guardaste silencio. Sentado a tu lado no dejaba de mirarte y de imaginarme las escenas del relato que me contabas. Quise decirte que de las matriusca, a raíz del pequeño regalo que me hicieron el año pasado, sé algo. Me interesaron mucho las cosas de esta muñeca y busqué en Internet. Encontré abundante información y toda la leí con gran interés.

Y me resulto muy curioso saber el origen de esta muñeca de madera y cómo la fabrican, cómo la pintan a mano y cómo la valoran en allí. Descubrí que esta muñeca en tu país es todo un símbolo aunque se haya metido de lleno en el mundo de los turistas. Tanto que, por todos sitios me han dicho que ir a tu país de turismo y no comprar una matriusca, es como si no tuviera completa la visita.

De nuevo te pregunté:
- ¿Y qué harás con esta muñeca cuando te vayas de Ñapas?
- Ya lo tengo pensado. Quiero regalártela para que siempre guardes de mí un grato recuerdo.
Me mantuve en silencio unos segundos y luego te dije:
- Si lo haces me alegraré mucho y me dejarás muy satisfecho.
- ¿Sabes cuantas muñecas tiene dentro esta matriusca mía?
- Sé que algunas son muchas.
- La que te estoy diciendo, de color rosa, blanco y negro, son en total diez muñecas. Toda una gran familia rusa.
- ¡Mejor! Así será para mí todo un señor recuerdo.

Y, después de estas palabras, aquella tarde, mientras el vientecillo de la primavera nos regalaba con el aroma de las rosas, hablamos de otras cosas. De muchas cosas que me fuiste contando de ti, de los tuyos, de tu tierra… Hasta que viniste a los libros. Siempre me hablas mucho de libros, de escritores, de poetas, de músicos… Y, aproveché la oportunidad y te dije:
- Cada persona en este mundo somos un libro. No uno sino todos los libros de todas las bibliotecas del mundo. Y tú ya sabes, lo mismo que hay libros buenos y malos, regulares y sin ningún valor, sucede en las personas.

Me miraste con gran interés y, como si de pronto tuvieras claro en tu mente no sé qué, me preguntaste:
- ¿Y qué libro soy yo?
No respondí a esta pregunta tuya. No sabía de qué modo hacerlo. Pero sí te dije:
- Cuando te vayas, regálame tu bicicleta, regálame tu diccionario de ruso, regálame tu muñeca y regálame la despedida más sincera que nadie me haya regalado nunca. Quizás entonces, cuando ya no estés en este jardincillo de las rosas ni respires el aire de estas tierras, sí pueda comprender qué libro eres. Me pondré y, poco a poco, iré escribiendo un libro para ti y así de este modo te responderé a la pregunta que me haces ahora.

No hablamos más aquella tarde. Todo se quedó como suspendido en el aire pero con una muy grata sensación. Y hoy, esta mañana del día cuatro de julio, ya solo a tres días de tu marcha de Ñapas, recuerdo la escena del jardincillo de las rosas y la mucha rusa. Todo me sigue pareciendo un sueño pero me duele no saber nada de ti desde hace tanto tiempo. ¿Te estás olvidando también de este otro prometido regalo? ¿O lo tienes todo bien anotado para darme la sorpresa el día último?

Ojalá se hiciera real este deseo mío y ojalá yo pueda seguir anotando en mi cuaderno las cosas que necesito para explicarte el libro que eres. Sé que te gustará saberlo. Y yo de esto si que no me he olvidado.


5 de julio: Te he visto esta noche en un sueño -45

Una de las cosas que más voy a echar de menos, a partir del momento en que te vayas, es tu compañía y tus largas charlas. Lo que has compartido conmigo en las tardes relajadas. Lo que yo he compartido contigo en estas tardes placenteras. Quizá no te dabas cuenta pero para mí, que me escucharas o que me dieras tu opinión o que solamente sonrieras, ha sido el regalo más hermoso que de ti he recibido. Lo mejor que nunca he me ha ofrecido nadie.

Ahora me quedo tan solo que, lo único que conmigo tengo, es miedo. ¿Con quien voy a compartir, a partir de tu marcha, mis ilusiones, mis sueños, mis cosas? Lo estoy haciendo con las páginas de mi cuaderno, hasta el domingo próximo, pero no es lo mismo. Tú me escuchabas, me mirabas, me dabas tu opinión, me preguntabas… Y, en algún momento de la conversación, te animabas y comenzabas a hablar y comentabas y disertabas sin encontrar cómo o dónde parar. ¡Qué bien conversas tú, a pesar de la dificultad con el español y, con cuanto gusto sacabas las cosas de tu corazón, de tu alma, de tu vida… Como si tu única necesidad solo hubiera sido hacerme partícipe, confidente tuyo.

Cuando ahora te vayas ¿de dónde y cómo voy a llenar yo los vacíos que dejas? Y, sobre todo ¿quién me hablará y compartirá conmigo sus ratos de charla? Por eso te repito: lo que más voy a echar de menos, desde este momento, es quedarme sin ti para compartir los sueños, el corazón, el alma. En esto también has sido única.

Hoy, mientras el día se abre, medito la soledad que me dejas y te doy las gracias a la vez que me compadezco. Hoy se presenta un día un tanto rato. A las siete de la mañana ya se ve naranja el cielo, no se mueve ni una pizca de viento y cantan las chicharras. Tiene pinta, la mañana, de un caluroso día de verano. Ayer llegaron las temperaturas a casi treinta y siete grados. En tu cuidad rusa también hizo mucho calor. Subieron los termómetros a casi treinta grados. Así que cuando por fin el domingo aterrices en mi nación y pises las tierras que te conocen, en cuanto a temperaturas, no vas a encontrar mucha diferencia. Hace calor aquí en Danag y hace calor donde tienes tu casa, la tierra que tanto amas.

Y hoy, entre otras cosas, te sigo recordando a solo unos metros del alma y me pregunto si, en tu pequeña habitación, duermes bien con este calor. La tienes en la planta baja, casi a ras de tierra y por eso pienso que por las noches te faltará el aire. No se ha movido ni una pizca esta noche y las temperaturas nocturnas también han sido altas. Tanto que ha sido una noche casi de insomnio. Muy calurosa y como parada en el color rojo naranja que muestra el cielo a primera hora de la mañana. ¿Puedes dormir bien y descansar lo suficiente en tu habitación pequeña de la residencia?

Hazlo, por favor. Se acerca el momento de tu marcha y, allá, te estarán esperando, no solo para darte millones de abrazos y comerte a besos, sino también para ver si vuelves más guapa de estas tierras lejanas. Seguro que muchos, lo primero que harán, es fijarse en tu cara. Ellos esperan verte mucho más guapa, con el alma henchida de gozo y con tus manos y maletas llenas. Seguro que ellos quieren ver en ti a otra distinta a la que hace unos meses salió de allí. Seguro que sí. Yo no puedo hacer nada, para ayudarte en esto, porque ni me lo permites pero sí te recuerdo y no dejo de preguntarme lo que ya te he dicho.

Y quiero que sepas también, lo voy a dejar recogido en las páginas de mi cuaderno, que esta noche te he visto. No en vivo y en directo y si no en sueño. En el banco donde te has sentado cada tarde, cuando venías a pasear por el jardincillo de las rosas, me encontraba yo ordenando las cosas en mi cuaderno. Te recordaba cuando, al alzar mis ojos y mirar para los granados de la fuente de las ranas, te vi por entre ellos. No me lo podía creer y por eso restregué mis ojos. Y eras tú. Sencillamente guapa, vestida con tu traje de lino blanco, la luz del día resbalando por tu cara, tu sonrisa azul y tus blancas manos. Te pregunté:
- ¿Qué haces por este jardincillo de las rosas si desde hace veinte días no me hablas?
Pero no me daba cuenta que, lo que tenía ante mis ojos, era solo un sueño. Así que me seguí sorprendiendo y, como tu aparición fue tan de repente, no supe qué hacer. No sabía si levantarme, irme a tu encuentro y saludarte o quedarme quieto sentado donde estaba. No sabía si guardar silencio o decirte algo. No sabía si darte las gracias por haber venido, antes de irte, al jardincillo de las rosas. Me quedé quieto, tal como estaba sentado en el banco y con mi cuaderno entre las manos. Sin dejar de mirarte para ver qué hacías.

Vi que en tus manos traías, en una, el diccionario ruso y, en la otra, un pequeño olivo. Recordé que me dijiste un día:
- Antes de que me vaya a quiero que me lleves a un vivero importante.
- ¿Quieres llevarte de recuerdo alguna planta especial de Ñapas?
- Sí, un olivo y una parra. Mi padre me lo ha pedido. Pero deben ser pequeños porque desde Ñapas a donde vivo… Mi padre tiene empeño en sembrar en aquellas tierras un olivo de estos vuestros. ¿Crees tú que se adaptará y vivirá con los fríos de aquellos duros inviernos?
- No lo sé pero todo es cuestión de probar. Y si tu padre tiene interés, ahora que puedes, colabora con él. Puede que el olivo que te lleves de Ñapas sea el primero de los cien millones que después nazcan.

Guardaste silencio. Te dije de nuevo:
- Antes de irte, un día, te llevaré a un vivero que conozco. Buscamos un olivo chico y una parra que dé uvas moscatel y te los regalo. Le decimos que nos lo preparen porque vas a viajar con ellos desde Danag a tierras muy lejanas y así realizamos tu sueño y damos cumplimiento al capricho de tu padre.
Y estuviste conforme. Siempre has estado conforme con muchas cosas que luego no se han realizado.

Por eso ahora, al verte por entre el jardincillo de las rosas, con tu diccionario de ruso y el pequeño olivo, me sorprendo. Te miro mudo y espero. Descubro que, sobre la hierba, sueltas el diccionario, buscas y coges la pequeña azada que usa el jardinero para labrar las plantas y te pones a cavar un hoyo. No me has visto y por eso te dedicas solo a lo tuyo. En el pequeño agujero metes el olivo, le echas tierras, vas a la fuente, llenas tus manos de agua clara, vuelves y la derramas sobre el arbolito recién plantado. Me pregunto: “¿Para qué haces esto? Nunca me dijiste que, en el jardincillo de las rosas, quisieras plantar un árbol antes de irte. Lo haces ahora. ¿A caso has pensado que, antes de marcharte, debes dejar por aquí algo que te recuerde siempre? ¿Y has decidido que sea un olivo para que, Danag y tu nación, a partir de ahora siempre estén unidas por este árbol mágico?”

Y quiero decirte que, desde que te conocí, en mi alma yo tengo un sueño escondido. No sé cómo expresarlo ni tampoco sé de qué modo realizarlo. Pero tú, desde el primer momento, me has parecido tan importante y portadora de tantas cosas valiosas y bellas, que muchas veces he sentido el deseo de unir más, del modo que sea, aquel mundo con Ñapas y Nakab con Danag. Como una gran necesidad de hacerte saber los sentimientos tan bellos que en mi alma despiertas. Como si de esta manera se rompieran todas las fronteras que tanto odias.

Pero no puedes oírme. Si veo que, junto a la fuente, con el diccionario en las manos, te sientas. Sacas un bolígrafo, despliegas un papel en blanco y te pones a escribir. Sin levantar la cabezas, escribes mucho y durante largo rato. Sigo sin comprender pero espero, cada vez con más deseo de levantarme y ponerme ante ti para que me veas. Tengo miedo. Sé que no quieres nada conmigo. Te has distanciando y guardas silencio porque algo en mí te molesta. No confías o no soy lo que sueñas. O puede que temas, que piensas que te haré daño. Por eso temo que puedas asustarte o que me digas que no quieres nada conmigo. Te hago caso.

Pasa un rato, abres tu diccionario, el papel que has escrito lo pones dentro, cierras el libro, te mueves hacia el olivo que has sembrado y, junto a él y sobre la tierra, dejas el libro con el papel que has escrito. Te vas luego para los granados de la fuente de las ranas y, por entre ellos y los rosales de las rosas blancas, desapareces. Me siento triste porque otra vez te pierdo sin haberte dicho nada. Sin haber oído de ti una palabra, una explicación que me sirva para conocer qué es lo que he hecho mal contigo. Y tengo mucho que decirte. Pero me gustaría oírte a ti primero.

Me levanto, me voy hacia la hierba donde has plantado el olivo y, al acercarme, despierto. Me doy cuenta que estoy en la cama, no lejos de donde tú todavía descansas. Me doy cuenta que acabo de tener un sueño. Y, tal como despierto, miro por mi ventana y veo el día que empieza a levantarse. Con el cielo color rojo naranja y con el aire quieto. Cantan ya las chicharras y hace calor. El calor asfixiante de los veranos en Danag.

Recuerdo, con toda claridad, el sueño que acabo de tener contigo. Me digo: “Ahora mismo me levanto, lavo mi cara y salgo corriendo al jardincillo de las rosas. ¿Será cierto que ella ha venido por aquí a plantar un olivo y a traerme su diccionario de ruso? ¿Será cierto que me ha dejado una larga carta para explicarme lo que en estos días ha sucedido? ¿Será cierto que quiere despedirse de mi con un sincero abrazo?”


6 de julio: ¿Me regalas por fin tu bicicleta? -46

Es curioso: ahora que ya quedan menos de tres días para que te alejes del alma, después de veinte sin saber de ti, es cuando más te recuerdo. Y, aunque estoy triste, no es tristeza sin esperanza. Vivo confiado porque mi conciencia está llena. Como si en el fondo pensara que las cosas debe ser de esta manera porque es mejor para ti. No pueden ser de otra forma puesto que mi corazón, alma y sangre, pretende para ti lo mejor.

Y es curioso que, aunque pasan los días y tengo cada vez más claro que te vas, debes irte, al otro lado del Planeta, no te olvido. Ni siquiera cuando duermo. Por eso esta noche he vuelto a verte en sueño. También curioso porque, al despertar, me noto con mucha paz y una grata sensación de consuelo. ¿Te acuerdas tú de los almendros que hay al lado de arriba de tu residencia? Sí, los que llenaron sus ramas de flores en los días de primavera y tú rozabas y olías cada mañana al ir a tus clases de lengua. ¿No te acuerdas que alguna vez me decías?:
- En mi tierra, nunca vi yo flores como éstas. Son tantas y todas parecen tan finas que, además de ser un gozo verlas, entran ganas de cogerlas, de abrazarlas y de comérselas.

Pues en la colina de los almendros, por la parte alta de tu residencia, me he visto esta noche en mi sueño. A ratos sentado frente al edificio que te cobija y a ratos mirando a la gran ciudad, al fondo extendida. También a ratos, avizor mirando por si por algún lado aparecías, mientras recogía la tarde en mi cuaderno. Contigo siempre en mi mente y escudriñando el cielo por donde, dentro de unas horas, surcarás el aire dirección al mundo blanco. ¡Qué lejos vas a marcharte ahora que ya eres parte de nuestros paisajes, de las tardes de verano de Danag, del jardincillo de las rosas, de las flores y hojas de los almendros de la colina y hasta del aire de esta ciudad y de las blancas nieves de Sierra Nevada! ¡Qué lejos vas a marcharte justo cuando el alma te pasea y dibuja por y en cada una de las horas que nacen a cada instante!

Pues mirando, escribiendo, intentando saber de ti, esperándote y bebiendo el silencio de la tarde, me recojo por entre los almendros. No es cierto porque lo estoy soñando pero no lo sé y por eso lo tomo como verdadero. Soy conciente de que no tengo ningunas posibilidad de verte. Pero sí me noto muy satisfecho de gastar mi tiempo solo en ti y de esta manera. Y te vi. Cuando menos lo esperaba te vi salir de tu residencia. Vestida con tu traje de lino blanco, irradiando, tu cara, esa luz especial y única que siempre regalas y tus pelos ondeados por el vientecillo de la tarde cálida. Traías en las manos tu bicicleta y, a diez metros de la puerta, te paraste. Te subiste en ella y empezaste a pedalear para remontar la cuesta. Porque no tomaste, como haces siempre, dirección a Danag sino para el centro del campus. Hacia el jardincillo de los rosales.

Dejé, sobre la reseca tierra que hace unos días se cubría de hierba, mi cuaderno y me puse a observarte. Y vi que despacio subiste decidida. Como muy segura de lo que hacías. Y, a unos doscientos metros, te paraste. Bajaste de la bicicleta, la empujaste un poco y, cerca de los arrayanes que a lo largo del año has acariciando tanto, la dejaste. Te volviste para atrás y, también caminando despacio, llegaste a la puerta de tu residencia. Entraste y te perdí. Como si de nuevo te escondieras en los mismos pliegues del viento y tras los rayos de la luz de la tarde.

Asombrado, muy asombrado, desde la colina de los almendros, seguí mirando. Ahora, frente a la avenida del negro asfalto, por completa solitaria y frente al jardincillo de los arrayanes. Entre los tallos verdes de estas plantas, típica de Ñapas, estaba tu bicicleta. Empecé a guardar mi cuaderno y, mientras me preparaba para acercarme a ella, te preguntaba y me decía: “¿Por fin me la regalas? Haces bien, amiga buena. Ahora que te marchas y sin ti se queda también tu bicicleta, nadie mejor que yo, va a cuidar de ella. No puedes dejarla en mejores manos. Ella no va a echarte de menos porque la materia, los hierros y el plástico, no sienten. Pero, a partir de este momento, cada vez que la vea y la toque y me monte en ella sentiré como si todavía por aquí estuvieras. Se me hará más llevadera tu sincera ausencia y se me hará un poco menos cuesta arriba recorrer las avenidas que rodean a tu residencia. ¡Se quedarán ahora tan vacías y viejas…!

Ya solo hay que restar día y medio para que te marches. Seguro que todo lo tienes bien preparado. Pero te quedaba tu bicicleta y no te has olvidado que me la tenías prometida. Si me hubieras llamado habría salido a recibirte como te mereces. Y, en vivo y como buenos amigos, te hubiera dado las gracias. ¿De qué tienes miedo? Si yo nunca te hice daño. Solo he querido mostrarme contigo agradecido y, por eso ahora, me habría gustado darte las gracias en vivo. Como en estos casos lo hacen las personas. Pero de todos modos, gracias por haber cumplido tu palabra regalándome la bicicleta.

Sin embargo, en cuanto el día de hoy se ha abierto, he salido rápido de donde vivo y me he ido corriendo al jardincillo de los arrayanes. He mirado, ilusionado y asustado y no he visto lo que sí veía en mi sueño hace un rato. De nuevo me engaña mi consciente. No has venido por aquí ni yo te he visto ni me has regalado tu bicicleta. ¡Qué mala suerte! Pero voy a seguir esperando. Aun hoy es viernes y mañana sábado. Hasta el domingo por la mañana no partes desde Danag para el aeropuerto de Málaga. Aun hay tiempo para que, lo que esta noche he soñado, pueda convertirse en realidad y, dentro de unos días, sea cierto.


7 de julio: ¿Es este el último de mis sueños? -47

Esta noche te he vuelo a ver en mi sueño. Pero primero, a media noche y en la dimensión real, he sentido el jaleo de los del botellón. Porque la noche pasada ha sido viernes. Y, en Danag y desde hace tiempo, todos los viernes y a lo largo del curso, hay botellón. Los estudiantes universitarios os juntáis y, en una gran explanada preparada por el Ayuntamiento para tal evento, montáis el jolgorio. Con bebidas y comidas raras y casi todos acabáis borrachos. Gritando y tirando cosas por las calles y rompiendo papeleras, coches y farolas. Sobre todo, ya de madrugada.

Y esta noche pasada, desde donde duermo, he sentido los gritos de este loco botellón. Me he acordado de ti y he refrescado, en mi mente, tu marcha. Es ya mañana por la mañana. Sigo sin saber nada de ti. Ni un mensaje ni una palabra ninguna señal de tu presencia por aquí. Pero todavía queda el día de hoy sábado y parte del día de mañana. Hasta las cinco de la tarde no parte tu avión desde Málaga. Ahora mismo, a las nueve de la mañana, te recuerdo y pienso que duermes en la habitación de tu residencia. Seguro que relajada, aprovechando el fresco de este amanecer. Porque, aunque ayer, en Danag, las temperaturas llegaron a cuarenta grados, por las noches refresca mucho. Por eso el amanecer de hoy es tan agradable y por eso creo que duermes aprovechando la paz y el fresco que regala la mañana.

Sé que tú anoche no estuviste en el botellón. Un día me dijiste:
- Sólo una vez he ido para saber qué es eso. Después, ya nunca más he vuelto. No me gustan a mí los borrachos ni me gusta perder el tiempo en cosas tan sin sentido. No entiendo que provecho sacan de este botellón los jóvenes.

Pensé en los hombres de tu país. Allí muchos se emborrachan y, a vosotras las mujeres, no os gusta esto. No os gusta ni siquiera que os digan que en aquellas tierras hay muchos alcohólicos. Y tú eres una de esas mujeres. No te gusta que en tu país los hombres beban tanto y no te gusta oír que un gran número de los hombres de tu país son borrachos. Pero esa es la realidad. Sin embargo, tú no lo compartes ni formas pare de ella. En tu país, ahora ya sé algo, hay muchas cosas buenas. Pero también hay otras que dan pena. Y tú, aunque no lo quieras, perteneces a estas tierras, a esta civilización y por eso eres parte de las cosas buenas y no tanto, de tu país. De aquí que tantas veces me lamento que no hayas cogido lo bastante, de las cosas buenas que por Ñapas has encontrado. Lamento que mi amistad haya sido del modo en que ya conocemos.

Pero esta noche, pensando en ti, te he vuelto a ver en mi sueño. Como si mi alma pretendiera presentarme de ti una verdad distinta a lo que está ocurriendo. Como si mi corazón se esforzara en mostrarme de ti la bondad que en la realidad no encuentra. Como si todo yo quisiera convencerme de que lo que sucede, en estos últimos días tuyos en Ñapas, no es cierto. Como si mismo cielo se esforzara en darme lo que regateas.

En mi sueño era por la tarde. Creo que era en la tarde de ayer sábado. Porque hacía mucho calor. Tanto que casi no se podía vivir. Salí del rincón de las rosas con la intención de dar un paseo por algunas de las calles de Danag. Para aliviarme un poco y verte y recordarte en los últimos momentos de tu presencia por aquí. Por eso iba solo. Meditando tu recuerdo, repasando lo sucedido y acostumbrándome a tu silencio.

Ya sabes: sin ti desde hace más de veinte días, busco la forma de ir viviendo, no sentí mucho tu vacío y, al mismo tiempo, no culparte de nada. Para que nunca, en mi alma, pierdas la belleza y frescura con la que me obsequiaste el primer día. Porque sé que aquello fue sincero y puro y así quiero, eternamente, conservarlo. Y lucharé para que nunca se me borre esta imagen de ti. Pase lo que pase y sea el futuro lejano y opaco, lo que mis ojos vieron un día, debe permanecer. Porque, si una vez existió, ni siquiera la muerte o el fin del mundo, puede ya borrarlo.

No fui a ningún sitio concreto. Solo recorrí algunas calles. La que han inaugurado hace unos meses y por eso está llena de flores, de árboles verdes, de fuentes, de personas… Y la gran plaza de los jardines que tanto conoces. Donde, en los primeros días de tu presencia en Danag, te sentabas a tomar el sol de Ñapas. Crucé esta plaza y me volví para atrás. Ya sin ganas de ir a ninguna parte. Vas tanto conmigo en mi mente y al mismo tiempo voy siempre tan solitario, que me dispuse para volver a mi rincón. Comencé a subir por la cuesta y, para mí, me decía: “Al pasar ahora por la puerta de su residencia, voy a fijarme a ver si está su bicicleta. No me va a servir de nada pero entro en el juego de esta despedida tan rara”.

Crucé la calle adoquinada, la que conoces hasta con los ojos cerrados. Y, con la cabeza agachada, me dispuse a subir la gran cuesta. La que trae directo a tu residencia. Tan bien la conoces de memoria. A lo largo del año la has recorrido todos los días, por lo menos, un par de veces.

Pues nada más comenzar a caminar por la cuesta, alcé mi cabeza por si te veía bajar. Y te vi claramente. Bajabas desde tu residencia, por la acera de la izquierda, y muy rápida. Yo subía por la acera de la derecha y lo hacía lento. Venía cansado y el sol de la tarde quemaba mucho.

Al verte, el corazón me dio un vuelco. Seguí remontando. Con mis ojos puestos en tu persona sin que me vieras. Quise comprobar cómo te comportabas en caso de que adivinaras mi presencia. Pero también quería mantenerme tranquilo no fueras a tener miedo. No quería asustarte ni tampoco obligarte a que me saludara si no era este tu deseo. Siempre para ti y ante ti, mi respeto sincero. Te acercabas bajando por la acera de la izquierda. Me aproximaba subiendo por la acera de la derecha. A unos diez metros, por el paso de cebra, cruzaste la calle. Y, unos metros antes de cruzarnos, comenzaste a bajar por mi acera. Te estaba viendo y creo que tú también ya me habías visto pero disimulabas. Dos metros antes de encontrarnos, te miré a la cara. No mirabas y pasabas de largo, casi rozándome. Sin abrir los ojos ni pronunciar palabra. Pero creo que me habías visto.

Te dije, mostrando mi afecto por ti y tranquilo:
- ¡Hola!
Seguiste en ti, sin mirarme y pasabas ya unos metros de mí. Pero, de pronto, algo te empujó y me miraste. Vi que en tu rostro había tensión. Como si estuvieras molesta porque te había saludado. Te volví a decir:
- He salido a dar una vuelta y ya regreso. No te esperaba y ha sido una sorpresa verte. ¿Cómo te encuentras?
Secamente me dijiste:
- Estoy bien. No te preocupes por mí.
- Te veo más guapa que nunca. ¿Estás ilusionada por la vuelta?
No me respondiste pero sí enseguida me dijiste:
- Tengo prisa, voy a la piscina, no puedo pararme.

Quise decirte que necesitaba contarte lo que en estos días me preocupa pero no lo creí oportuno. Me frenaba, como tantas veces cuando he estado a tu lado, el respeto que siento por ti. Siempre tengo la sensación que debo tratarte con el mejor cariño y la más fina educación. Por eso mido mis palabras y gestos y busco ofrecerte solo paz y consideración. Y, en este momento, sabía que por nada del mundo debía violentarte, obligándote a oír algo que a lo mejor no querías. Y, además, me di cuenta que no querías hablarme. Te pregunté:
- ¿Nos veremos algún día antes de que te marches?
- Seguro que no. Y ya te he dicho que tengo prisa.
Te pedí disculpas y, ofreciéndote un limpio beso, te dije:
- Pues si no nos vemos, adiós y que seas feliz en tu vida.
- Lo mismo te digo.
Y en tu cara y en la mía dejamos solo un beso pequeño, frío, distante, seco… Como si no fuera ni beso ni despedida de amigos. Pero fue tu despedida y la mía. Sin más palabras, sin más miradas, sin una sonrisa, sin una lágrima, sin un gesto amable…

Seguiste bajando y yo seguí subiendo. Sudando porque era mucho el calor que regalaba la tarde y es muy larga la cuesta. Me decía: “Ha sido un encuentro extraño, pero la he visto. Ya puedo guardarla en mi recuerdo. Si no la vuelvo a ver nunca más, antes de que se vaya, al menos me queda de ella esta imagen. Para que no se me borre jamás”. Y luego me decía que te había encontrado muy seria, que parecía como si las palabras no te salieran, y esto me extrañaba mucho. Nunca antes he visto en tu cara una expresión tan fría y seca. Pero aun así tu hermosura era la misma.

Pasé por delante de la puerta de tu residencia. Me paré a observar las bicicletas. Las conté y me salieron seis. Las mismas que he visto todos los días desde que te conozco. Ahora sabía que la tuya estaba y tú también. Las dos seguís aun en Ñapas.

Y aquí se acabó mi sueño. De nuevo esta mañana de sábado, me despierto y te recuerdo. Es cierto que aun estás en Ñapas. Y por eso ya sí creo que es mañana cuando te marchas. ¿Darás señales de vida y me dirás algo? ¿Será o no, mi sueño, la despedida? ¿No te veré en vivo ni oiré tu voz nunca más en esta vida? Quiero creer, debo creer, que no es cierto lo que esta noche he soñado.

La mañana de este sábado es fresca. La voy gozando mientras escribo las cosas en mi cuaderno. Miro mi reloj y cuanto las horas que faltan para tu marcha definitiva. Queda menos de un día y medio. Pero aun así, sigo esperando un milagro. Creo que quizá hoy me digas algo. Es el último día. Mañana, ya temprano, te marchas para Málaga. Aunque tu avión no sale hasta las cinco de la tarde.

Por lo que no te he dicho esta noche en mi sueño y por lo que te dije y por permitirme verte, te pido perdón y te doy las gracias. Al fin y al cabo, me has dejado verte. Estás en tu derecho si no quieres oír de mí nada. Ni preguntas ni explicaciones. Te pido perdón y te sigo ofreciendo mi respeto.

Yo nunca te he hablado de Dios -48

Por respeto a tu persona y creencias yo nunca te he hablado de Dios. Me dijiste un día:
- Yo no soy cristina ni ortodoxa ni musulmana. Solo creo.
Y me alegré saberlo. También me alegré que fueras tan sincera. Solo te dije:
- Cada persona somos libres de hacer, pensar o creer aquello que más nos convenza. La verdad es tan grande que nunca nadie la tiene completa. Solo vislumbramos o tenemos en las manos, trozos. Tú nunca tengas preocupación por no ser cristiana ni ortodoxa ni musulmana. Dios es muy grande.
Y me aclaraste:
- Pero sí creo en Dios.

A partir de este día tuve siempre mucho cuidado de no herirte nunca en tus creencias. Tienes derecho a ser respetada y, por mí, más. Creo que es lo primero que hay que procurar para con los demás. Por eso, directamente, nunca te he hablado de Dios. Pero tú sabes que yo sí creo. De aquí que siempre intente matizarte las cosas desde mi creencia religiosa. Respetándote pero sin mostrarme otro distinto al que soy. De ti, en todo momento, me ha entusiasmado tu gran interés por cualquier cosa que te ayude a crecer. Eres valiente y valiosa. Me gusta como piensas, te expresas, sientes y buscas el mejor trozo de la verdad entre todas las cosas.

Y, de Dios, según lo que creo y espero, te digo ahora que Él no va a estar enfadado contigo por lo que conmigo has hecho. No es tan pequeño ni juzga o condena por estas cosas. Pero yo sí creo que ninguno hemos puesto mucho de nuestra parte para que en el mundo haya más amor y sea un poco más bello. No hemos actuado según lo que le hubiera gustado a Dios.

Por eso te he dicho, en más de una ocasión, que no dejo de mirar al cielo cada día, por las tardes y por las noches. Tengo claro, lo creo desde mi fe, que nada de lo que hagamos en este suelo, se olvidará o perderá. Creo que todo queda, en algún lugar del Universo y en Dios, para siempre. No somos seres aislados sino trozos de Dios. En Él nos movemos, existimos y respiramos. Así que fíjate qué consuelo más grande tengo: mi corazón y Dios saben quién has sido tú, quién eres y quién serás en mi alma y en estos momentos. Él sí lo sabe y por eso tengo fuerzas para resistir tu comportamiento y tu pérdida. Todo en mí, para ti, es sincero, transparente, noble, grande…Lo puedo poner en presencia de Dios sin avergonzarme. Para que Él lo avale con su firma. Para que se sepa, aunque tú no lo sepas nunca, que he sido sincero contigo al decirte que eres y serás siempre especial.


8 de julio: Hoy ya es tu marcha -49

A las once de la mañana sales de Danag y, a las cinco de la tarde, partes desde Málaga. Ayer tampoco tuve noticias tuyas. Esperé todo el día y nada supe de ti. Ni por la mañana ni por la tarde ni por la noche. Pero ayer por la tarde se nubló el cielo y, al final, estalló la tormenta. Solo llovió un poco pero se mojó la tierra y el aire se llenó de perfume a humedad fresca. Luego por la noche, en Danag capital y también en Lisboa, fue el fallo de las siete maravillas del mundo. Entre ellas se encontraba la Alhambra y el Kremlin. La ciudad de donde partes hoy y la ciudad a donde llegarás dentro de unas horas. Ninguna de las dos fueron incluidas dentro del grupo de las siete maravillas del mundo.

Hoy me he levantado temprano. Como es domingo y te pertenece entero, quiero vivirlo trozo a trozo y en todos sus momentos. Antes de salir el sol hace fresco. Un fresco bueno que levanta el ánimo. Y, como estás en mi pensamiento, creo que este buen fresco de tu último día en Danag, te vendrá muy bien. ¿Qué haces ahora, todavía cerca del alma? ¿Tienes ya las maletas dispuestas? ¿Has metido dentro los libros que te regalé? ¿Y también la Biblia con el beso que le suplico a Dios para tu alma? ¿Te has despedido ya de tus amigos de la residencia? ¿Y de las demás personas que, a lo largo del año, has conocido en Danag? Seguro que sí porque eres cortés y atenta. Por eso siento envidia de ellos.

Supongo que, a todos y cada uno, le has dado tus abrazos y besos. Seguro que les ha regalado una despedida como corresponde a personas civilizadas. A todos menos a mí. Quizá el único que a estas horas de la mañana se despierta contigo para dejar tu despedida escrita en el cuaderno. Quizá el único que realmente sí necesita de un abrazo amigo. Más que nada, para sembrarlo en el jardincillo de las rosas y que desde ahí pase a los jardines del cielo. Pero no importa, sino recibo de ti un abrazo. Sí me siento honrado de ser el único que a estas horas de la mañana, piensa en ti, te escribe y despide, de rodillas frente a la luz del alba y dando gracias al cielo. Es lo que en mi corazón, para ti, tengo.

¿Cómo irás desde Danag a Málaga? Me pediste que fuera a llevarte pero también abandonaste, en tu mente y alma, esta idea. ¡Cuánto, delante de mí, has ido abandonando, en los últimos veinte días! ¿Cuántas otras cosas, que yo no sepa, abandonas por aquí en Danag? Como cuando una madre deja abandonados a sus hijos en cualquier rincón de la vida. Y tú eres una mujer culta, muy culta. No se entiende. A las personas, al menos algunas, nos cuesta mucho acepta que cosas así ocurran. Pero suceden. Y claro que me pregunto: ¿Cómo es posible que una madre pueda abandonar a sus hijos y no sentir, al menos, miedo o cierto temblor en el alma? Aunque no se tenga corazón ni se crea en el cielo. ¿Qué clases de sentimientos puede haber en el corazón de personas así? Pero es cierto: de ti me siento abandonado. Y hasta me asombro que no te conmuevas.

Y, cuando llegues a Málaga, ¿Cómo irás al aeropuerto? Y una vez allí ¿Qué harás hasta las cinco de la tarde que es cuando sale tu avión rumbo al mundo que perteneces? ¿Aprovecharás y me llamarás en ese tiempo? ¿Para decirme a adiós, ya desde la distancia pero todavía desde Ñapas? Yo no pierdo la esperanza. Sigo imaginando que puede ocurrir un milagro. Porque sé que, una vez que te subas en el avión, ya si que no recibiré ninguna noticia tuya. Ni mientras te marches ni luego mañana ni en los días que sigan hasta el final de los tiempos. Y pienso que serán las cosas así según he ido viendo en los últimos días. Si estando tan cerca, te has situado tan lejos, cuando ya vivas en tan distante ¿qué puedo esperar de ti?

Quiero que sepas que hoy voy a estar todo el día pendiente de tu persona. Desde estas primeras horas de la mañana. Regalándote el fresco del nuevo día, en tus últimas horas en Danag y escribiéndote en mi cuaderno. Para que a mí sí me quede de ti el mejor recuerdo. Y quiero que sepas que, hasta el último minuto, voy a estar esperando una señal tuya. Sea como sea, creo en ti y creo que tu corazón es bueno. Creo que no serás capaz de irte de Danag, Andalucía, Ñapas, sin decirme adiós y regalarme un abrazo. Aunque sea cierto, siempre pensaré que algo te lo ha impedido y no porque en tu corazón anide lo malo.

Un poco antes de la cinco de la tarde ¿sabes lo que haré? Me iré al asiento del jardincillo de las rosas y ahí me pondré a mirar al cielo. Para imaginar a tu avión y, a ti dentro, pasando por encima de estas tierras. Tampoco me servirá de nada pero sé que lo verá el cielo. Y sé que así hago honor al respeto que por ti siento. Hasta el último momento de rodillas ante ti y ofreciéndote saludos de sincero amigo. Te diré adiós, mientras te imagino dentro del avión que te aleja del alma y de Ñapas, y me quedaré vacío pero repleto. Sabiendo que soy el único en el mundo que por ti hace esto.

Y, quizá no sea el momento, como tampoco puede ser ahora ni cuando estés en aeropuerto, pero te regalaré algunas de las cosas que para ti tengo escritas en mi cuaderno. Puntos concretos con mensajes especiales para ti que no pongo aquí. Los tengo escritos, te los descubriré en el momento de alejarte de Ñapas y luego los romperé. Para que nunca nadie los sepa excepto tú el cielo y yo. Y, después de esto, te mandaré un beso y te diré adiós. Hasta que nos veamos en el cielo.

Luego, me quedaré rezando en el mismo asiento del jardincillo de las rosas y pensaré que, a pesar de todo, haberte conocido ha sido lo más bello. Cuando te conocí, los días primeros, eras toda inocencia clara. Brillabas pura en el color de tu cara, en la elegancia de tus palabras, en la alegría limpia de cada sonrisa que regalabas. Y esta imagen primera, la de tu inocencia niña, es la que siempre quiero guardar de ti. Para recordarte siempre del mismo modo que en mi corazón te he soñado. Así que nunca estés preocupada. Lo que ha sido lejanía en tus últimos días en Ñapas, yo lo he purificado en mi soledad hora tras hora esperando. Porque no quiero que en mi mente nunca haya de ti nada turbio. Todo, como en aquellos primeros días de tu inocencia clara.

Sé que y, a pesar de haberme ido acostumbrando a vivir sin ti, a partir de ahora lo voy a pasar mal. No me va a ser fácil acostumbrarme a tu ausencia. Porque no voy a permitirme olvidarte nunca. Pero la soledad que me dejas solo me va a servir para acentuar más tu pérdida. Me va a doler el corazón, el alma, el aire que respire, los sitios por donde vaya o pise y el verde de las montañas y el azul del cielo de Danag. Pero haré un esfuerzo, regalándote cada día este dolor y pensando en ti, allá en tus tierras. ¿Me escribirás algún día? ¿Me dirás algo, alguna vez?

Y ya me despido. A partir de este momento también voy a poner punto y final en las hojas de mi cuaderno. Dejo mi teléfono abierto por si decides llamarme para decirnos adiós. Cierro mi cuaderno para no escribir ni un solo renglón más. Lo mismo que tú te marchas y por aquí, nos dejas a todos y a todo sin ti, lo mismo quiero hacer yo. Lo que necesitaba decirte, para que sepas qué ha sido, ya está escrito. Lo que he sentido y lo que he soñado. No hay más sino decirte adiós. Me queda de ti el mejor de todos los regalos: tu imagen grabada en el alma, en la soledad de los días y el silencio y tu perfume recogido en los renglones de mi cuaderno. Esto es tan cierto como el sol que nos alumbra.

Quedan todavía unas horas para que te vayas de Ñapas. Sigo esperando una señal tuya. Sigo esperando un milagro. Pero por si no se hace real, te despido: Que Dios siempre te de su beso y que en la vida tengas mucha suerte. Te suplico perdón y te doy las gracias. Te llevaré siempre en el alma y, a todas horas, pensaré en ti. Y, desde mi silencio y tu lejanía, rezaré cada día una oración por los dos y por tus sueños.

Buen vieja y feliz encuentro con tu mundo.
Te espero en el cielo.
Necesito hablar contigo muchas cosas.
Un abrazo grande y un sincero beso.